¿El muerto tenía móvil?.

Y ocurrió que estando el ataúd en la fosa, cubierto por las primeras paladas de tierra, en aquel silencio de Las Rosas (México), en el que solo una ligera brisa era capaz de suavizar el calor del mediodía, en eso estábamos cuando de pronto sonó un móvil, y todo parecía indicar que viniera de allí abajo.

Atónitos, el sonido incesante no dejaba de martillearnos, para desesperación de unos, sorpresa de otros, y lipotímias de no menos tres.

Aturdidos no sabíamos exactamente que hacer, y en el aire se entremezclaban todo tipo de pensamientos.

-¿Felipe está llamando?.
-¡Sigue vivo¡.

Una fosa estrecha, -a la medida del ataúd modelo inglés estándar, de 190 x 63 cm., con su interior forrado exquisitamente de seda blanca y sudario- sobre el que los enterradores habían comenzado a verter tierra, la hacían impracticable.



El ataúd quedo perfectamente prisionero del espacio, y mientras el móvil no dejaba de sonar.


Sería Francisco –el hijo del enterrador, joven aprendiz de un negocio que pasaba de padres a hijos- quien se lanzara al hueco, y tratara con sus manos de limpiar la arena-polvo, que se deshacía en sus manos o se espolvoreaba en el aire, cuándo como arcadas trataba de lanzar fuera del nicho pequeños puñados-.


En esa desesperación, el móvil dejo de sonar.


De nuevo el silencio, esta vez, un silencio sepulcral invadió aquel desierto.


Aprovechó para acercar su oído al ataúd, y se clavó a él tratando de oír más allá, tratando de atravesar las paredes de aquel mueble de roble de primera calidad, duro dónde los haya, de 30 cm. de grosor, imposible de romper, con la garantía de sus fabricantes de qué una vez cerrado, el mecanismo haría inviolable el mismo.


Pidió silencio, gestualizando con su brazo derecho.


Visto desde abajo, el cuadro no podía ser más teatral, la mayoría de los familiares y “amigos” asistentes, estaban teñidos por el polvo, se había perdido la compostura, el ánimo, el sosiego y la cordura.


Francisco de cuándo en cuándo, no le perdía la vista a Gabriela, la esposa del fallecido, y ésta a duras penas se recuperaba del primer desmayo, aún con la mirada perdida por el "susto”.


De pronto, se oyó un “bip”, el móvil volvió a emitir, pero esta vez solo fue eso, un “bip”.


Quietos y en silencio quedaron por unos minutos.


Francisco instintivamente, se llevó su mano al bolsillo trasero derecho y lo palpó -en aquel instante se percató de lo que había sucedido- se puso en pié sobre el ataúd, untado de polvo completamente, se sacudió la camisa y el pantalón torpemente, les miró, los demás le miraron expectantes, y les dijo.


-Quedaos tranquilos. El móvil era el mío, se habrá caído sin darme cuenta en los trabajos de enterramiento, acabo de darme cuenta, lamento todo esto.


Gabriela y “otros” parecieron recuperar el color.


El Sacerdote trato de recomponerse como los demás a tan inaudita situación.


El funeral prosiguió.


No obstante, aún hoy, hay quién dice que no era el móvil de Francisco, que era el del muerto –pues nunca se encontró el suyo-, y aún más, dicen que algunas noches sobre todo si hay brisa, suena en el descampado lo que bien pudiera ser el sonido de un móvil.
Desde entonces, la leyenda no dejó de circular ni de acumular misterio y en todo México se dice que, los "amantes" cuando embelesados se aprestan a sus juegos de amor, suelen por lo general, recibir una llamada en el móvil, se dice que es Anselmo, "el muerto", el marido de Gabriela,la que hoy vive con Francisco "el enterrador”.

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