Pascuala.

Mientras Misthos surca con suave parsimonia las azuladas costas de Kérkyra, atontados por el calor de julio y la belleza del entorno, solo una voz dirige a los indómitos visitantes, al encuentro de rincones, leyendas y mitos que durante siglos viven por doquier en estas aguas del mar Jónico.


Esta golondrina con capacidad para no más de una veintena de pasajeros, está comandada por Homero y su hijo Aristo hace las veces de auxiliar, ambos compensan en los veranos, los rigores de una economía familiar inestable y demasiado ajustada. Padre e hijo son marinos curtidos, elegantes y de saber estar. Son conscientes de la responsabilidad que contraen al transportar pasajeros por estas aguas.

Pero sobre todo destaca la guía local, Pascuala, una joven atrapada en kilos de grasa, desbordante de simpatía y humanidad. A caballo entre la cabina y la cubierta, controlando la nave, instruyendo a Homero en los giros y paradas adecuadas. Pascuala argumentaba en torno al lugar en el que nos encontrábamos: su historia, sus ilustres visitantes, sus hermosos rincones, terminando con referencias más o menos acertadas que hablaban de “nuestro señor Jesucristo”, sin duda alguna, indicaban que aquella mujer era cuándo menos creyente y tal vez entendía que ese aspecto le acercaba aún más al grupo al que exhortaba por el mero hecho de ser españoles, una cuestión que por cuestiones obvias no pasa de ser una mera anécdota, aun así, Pascuala tenía licencia para comunicarse como quisiera.

Se la veía feliz siendo por unas horas guía y alma máter de aquel paseo. Sencilla en sus formas, afable, cercana, generosa, sonriente, humilde en el vestir. Pascuala se prestaba a la burla por sus formas y era consciente de que en nada coincidía con los mitos Griegos que tanto cuidaban y enaltecían al cuerpo humano, -sobre todo el de los varones- pero se aceptaba así, con sus kilos, con su cintura –si alguna vez la tuvo- con su práctico gusto en el vestir. No tenía porqué competir con Afrodita, no era necesario, es más que seguro que sus enormes pechos habrán cobijado placeres y sueños extenuadores.

Pascuala hablaba un castellano claro y resuelto. Determinante y organizada, conducía la expedición con rasgos de líder, que para todo hay que servir.

Nos enseñó su rincón preferido, la isla de Vido, nos invitó a sus aguas de cristal, a su placidez, a esa exclusividad que solo es de los sencillos. La retina guarda y conserva las luces de aquel día, y la hermosura incontenible de aquellas aguas, a 39º38’19”N 19º55’27” mitad Griegas, mitad Albanesas. Como una sirena –gorda eso si- en un lugar destacado estará por siempre Pascuala.

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