Hotel Granada. VI.

Mi amigo Pepe.



Pepe, mi entrañable amigo Pepe Batanero, posiblemente el primer “amigo” que se precie, era/es ajustado de cuerpo, ni muy delgado ni gordo, justo de peso, como justo y discreto en su actitud social, siempre supo ocupar un discreto segundo plano muy inteligentemente diseñado, en eso era más astuto que yo, aunque el que suscribe era/es más arriesgado, expuesto y decidido en aquellas cosas de niños propias de la edad, sin ser un niño alocado. Bien es cierto que siempre tuve predilección por el riesgo,el debate o la confrontación, en definitiva por el pulso a todo lo establecido y que pareciera inamovible. ¿Qué es vivir sin sentir el precipicio al borde de tus pies en alguna ocasión?. "La vida es una aventura atrevida… o no es nada" tal y como diría Helen Keller. Es verdad que Pepe tenía una capacidad intelectual indudablemente mayor que la mía, entre otras cosas por su status familiar y el equilibrio del que “a dios gracia” disfrutaba. Aquel niño, para que lo podáis visualizar era como os decía, justo de proporciones, y si algo le caracterizaba eran sus ojos que marcaban especialmente su rostro, y que sin ser demasiado grandes, delataban un segundo lenguaje de signos, un modo de comunicación gestual cuando no le acompañaban los argumentos.


El transito del San Casiano a su casa de Méndez Núñez, pasaba inexorablemente por discurrir a través de la Calle Mora Claros, y de una y otra vez, surgiría la complicidad que hace que las personas se conozcan, se comuniquen, compartan y terminen o no siendo amigos. Nuestro caso, pasó por una situación más o menos equivalente a la descrita. Lo cierto es que mi amigo Pepe, desde aquellos días y por muchos años formaría parte del circulo más preciado de colegas más próximos, con los que compartí infinidad de aventuras.

Pepe tenía la suerte de vivir, frente por frente a la puerta lateral de la Iglesia de la Concepción, tan justa que en la Semana Santa, entre puerta y puerta se construía una especie de entarimado para que los "pasos" pudieran salir y alcanzar la calle, pero tan justa que el paso media justamente aquel ancho de calle, por lo que desde el balcón de Pepe, el ángel de la Oración en el Huerto, casi llegaba a poner su mano –la que tiene elevada- sobre el mismo balcón, por lo que aquel momento –entre otros muchos- era esencialmente extraordinario, mágico y casi místico. De esta cercanía extrema con la Iglesia, vendrían después los momentos singulares que vivimos a la sombra de aquellas estructuras de madera, bordados y cirios que en su momento os relataré.

A la casa de Pepe, se llegaba subiendo una oscura escalera de veinte peldaños, atravesando un gran portalón. En el bajo vivía una familia cuya hija se hablaba con un tal Vito, un muchacho por lo general muy repeinado, de unos bellísimos ojos azules -tan escaso en aquella época y por consiguiente tan especiales para las mujeres- serio, de carácter familiar que ya me había bautizado como “fito”, diminutivo de Adol-fito como no podría ser de otro modo. Una vez que alcanzabas la puerta de la casa, alta, oscura, de madera repintada, con mirilla de bronce como se estilaba entonces y llamador de metal, de esos que simulan una mano que sujetan una bola de hierro. Normalmente era su madre la que abría, una mujer entrañable que siempre nos trató con cariño tanto a mí como a mi madre. Pues bien, el piso era sencillamente enorme, tras dejar atrás –la habitación del balcón- la consulta de su padre (dentista de profesión con agridulces seguidores, pues se comentaba que no era especialmente delicado, y es que aunque fuera natural de Valverde del Camino, no necesariamente debía ser tal vez más rudo que otros colegas, pero salvando esta premisa, lo cierto es que no era demasiado fino en su trabajo y esa imagen se la colocó su propia clientela y ningún otro fantasma), avanzabas por un largo pasillo en donde se distribuían las habitaciones de él y sus dos hermanos, ambos mayores. Casi antes de llegar a la cocina, dejabas a la derecha un salón enorme, tan grande que parecía vacío, en el que en una zona central había una camilla con varias sillas, y al fondo, muy lejos, la habitación de sus padres. Sería en este salón donde supiese por primera vez que el ingenio, la técnica o los avances aplicados a la vida doméstica, serían una constante en la vida, de los que no nos podremos escapar. Y esta avanzadilla por los adelantos domésticos fue una constante durante algunos años.

Allí estaba, de un pálido color hueso, una especie de pequeño armario, que mantenía fresca la comida o las bebidas, decía ser “una nevera” y era una estrella en aquella casa y en aquella sociedad, o al menos a mí me lo parecía. ¿Qué haríamos ahora sin nevera?, no alcanzamos ni siquiera a imaginarlo, esta es la dependencia que tenemos de las cosas. Aquella nevera, era un lujo, un avance técnico, cuándo no era más que un recipiente recubierto de paredes acolchadas que protegían los grandes trozos de hielo que en él se depositaban, del calor a veces sofocante que vivíamos por aquellas latitudes, sobre todo en verano. Aquel salón también disponía de un par de balcones, -justamente a ambos laterales del eje central que la mesa dibujaba dada su ubicación-, que soleaban y refrescaban con su brisa el espacio. Aquellas vistas te conectaban por un lado con los vecinos del piso bajo, y del otro con el tendedero y azoteas del piso. Para alcanzar estas estancias, habría que pasar por la cocina, que es lo que casi nos falta por describir. En ella, en primera instancia, una amplia mesa, junto a una ventana/ventanuco que daba una luz clara que incidía directamente sobre la mesa, iluminando los almuerzos y a las meriendas.

La imagen más nítida que tengo de mi amigo Pepe, es verlo leer tebeos -que devoraba con un ansia y una atención casi científica- mientras merendaba un cola-cao. Ya en aquellos momentos, su pasión por la lectura, por las aventuras o por los inventos del TBO le capacitaba con un punto de vista “intelectual” para cuando diseñábamos alguna trastada. Pepe vivía aquí, en una amplia casa, con TBO’s, y con su nevera.

Pero todo lo que nos confiere a un status social, aún era algo que no formaba parte de nuestro círculo de vanidades, ni el Recreativo, el equipo señero de la ciudad, que en aquel 1965 iniciara su Torneo Colombino, una cita anual en dónde equipos de renombre tanto nacionales como extranjeros, recalaban en la primera semana de Agosto coincidiendo con las Fiestas Colombinas, dando lustre y nivel a las fiestas.

De aquella calle, de su estrechez, no queda nada, hoy es una arteria amplia de la ciudad, y lo que fuera antes nido de sueños, hoy es una amplia avenida, por la que discurren turismos a todas horas, de aquel solar solo queda la memoria de los que la guardamos como algo que solo a nosotros pertenece, aunque su nueva orientación nos descubrió que bajo aquel suelo, otras culturas como las Griegas, Fenicias o Romanas ya trabajaron el pescado y el salazón. Solo la Iglesia de la Concepción que se levantara en 1515 en terrenos donados por Cristóbal Dorantes, sigue observando el devenir de los no tan niños ya, que hoy siguen circundando sus limites, observando sus enormes paramentos o escuchando el repicar del campanario, tan rejuvenecido como mal herido por los avatares climatológicos o físicos, como el terremoto de 1744. Aunque las iglesias deben ser lugares de paz, no siempre fue así, y durante la guerra civil, muchos fueron ajusticiados sin más en los escalones de su puerta principal. La calle Méndez Núñez, como es conocida coloquialmente, debe su nombre al Almirante Casto Méndez Núñez, al que la ciudad recuerda por su actuación el 2 de mayo de 1866 en el combate del Callao (Lima). La calle se rotuló así el 12 de agosto de 1866.
Aunque yo le llame Pepe, siempre le llame Pepe, no así mi madre o amigos, que lo llamaban cariñosamente Pepito y que aún hoy, cuando van a su Farmacia, le siguen diciendo Pepito, un diminutivo que él recibe de buen gusto.

Pepe y yo vivimos travesuras de todos los calibres, formamos un tándem donde el equilibrio se producía por los caracteres tan opuestos, y también por la diferencia social, entre sobriedad y creatividad siempre hay una atracción, donde al final casi siempre se impone el sentido práctico en la resolución de los conflictos. Algo así era la mezcla. A Pepe le debo muchas cosas, el apoyo de muchos días, la solidaridad de muchos Sugus, el ánimo de muchas tardes, su grata compañía y como no, su hermosa nevera.


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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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