Hotel Granada. IX.

De los juegos que nos condujeron a Kennedy.

Podría ser que la protusión discal tenga su origen en aquellos juegos, alguno de los cuales se me antojaban algo salvajes.


Cualquier actividad física asociada como tal al deporte, si llevaba aparejada la competitividad per se y si adicionalmente tratase de ocupar el centro de todas las cuestiones de interés, arrogándose el derecho de anular cualquier otro asunto, junto a la incipiente lesión de espalda y al rechazo frontal del esquema del chico-tipo, me hicieron observar este fenómeno, el lúdico-deportivo con otros ojos más cercanos a la observación sociológica.
Bien es cierto, que aun hoy, siguen siendo otros los motores que me conmueven y me hacen reaccionar, no obstante a pesar de ello también creo, que esta incipiente lesión de un modo u otro fue argumentando los contras frente a los pros, por cuanto en algún grado, esa lesión marcaba una predisposición de reserva ante cualquier actividad ludico-física.

Para cuando el Real Madrid, el Recreativo o el Atlético de Bilbao eran referentes culturales, en mi caso, por estas u otras prioridades, la actividad física o deportiva, si no era para divertirme no correrían de la mano de mis preferencias. Las inquietudes de aquel chico pasaban por otras experiencias, no necesariamente mejores o más sanas.
Bien es cierto, que la capacidad física de muchos de aquellos chicos, más bravos, atléticos y ágiles que yo, representaba además un hándicap añadido.
Lo cierto es que además de subir los cuarenta y cuatro escalones que me conducían desde la calle a mí casa en un santiamén o bajarlos primero de dos en dos, después de tres en tres y al final casi volando, pues agarrado a la baranda saltaba de descansillo en descansillo y alguno de ellos podía llegar a tener hasta 8 o 9 peldaños. Resuelto este digamos hito deportivo, el resto fue mucho más ceñido y lo que practicaba era por una cuestión de subsistencia social en espera de mejores oportunidades.

El patio de recreos del Colegio San Casiano, se organizaba alrededor de su otrora fuente y .... hoy lejano recuerdo de lo que pudo haber sido en otra época, ordenaba en torno al mismo, unos jardines muy abandonados, que a duras penas dibujaban la simetría de un intento fallido de distribución racional. La superficie en su conjunto no mantenía el mismo nivel en altura, pues era ligeramente ascendente en sentido este-oeste, quedando la fuente aproximadamente en la mediatriz del conjunto. De todo aquel espacio destacaba en la parte más alta y junto a los guardamuebles, una hermosa y enorme jacaranda, tan grande que elevaba su copa por encima de los 15 metros, y que además de ser cobijo de pájaros de muy diversa procedencia, nos proveía de una enorme sombra que hacía de aquel rincón, el lugar preferido para jugar.

En este pequeño círculo social, se suscitaron los primeros escarceos propios de la personalidad, aquellos juegos iniciáticos de inocentes mozalbetes se mezclaban con otros que te introducían en nuevos y más rudos, propios de incipientes chicos o proyectos de serlo.


Y es que hasta en los juegos, hay influencias, así el liderazgo en algunos casos, lo determina el más bestia, digamos sobre los más tímidos. Unas veces por serlo y otras por no estar en condiciones físicas equivalentes como para contrarrestar este tipo de presiones. A estas alturas ya supondréis en qué equipo jugaba yo. Exacto, en el de los endebles, los perdedores o los fracasados en estas lides, dicho sea con total honestidad y sin el menor asomo de envidia.


Chicharito la Haba, pronunciado de manera que “haba” sonase “java” y que fuese la parte de la frase en la que dominase el acento, como su nombre indica, y su silabeo ya lo dejaba intuir, era un juego, uno de aquellos especialmente bravos y algo cruel, a los que todos jugamos alguna vez y que todos temíamos, sobre todo si eras del bando de los débiles.

Si tratásemos de dibujar una imagen, podría querer simular a una vaina de habas. Si la abrimos vemos como en su interior los granos se distribuyen pegados unos a otros, formando un fila casi recta. Pues el juego se representa más o menos así, el equipo perdedor y que tiene el reto de la partida –si gana, se invierten los términos- lo forma un primer chico que se sitúa de pie, apoyado sobre la pared, un árbol o cualquier superficie vertical, que actúa como amortiguador del primer jugador. A él se agarra a la altura de la cintura un primer chaval, por lo que debe bajar la cabeza y dejar que su espalda, sea lo que quede dispuesta para recibir a los contrincantes. Tras este primer jugador, se apostan de la misma manera tres, cuatro y hasta cinco jugadores más.

El equipo contrario debe ahora coger carrerilla y saltar, como si se tratase de saltar al potro, es decir, apoyando las manos sobre la espalda del último jugador del equipo contrario y trata de elevarse para tratar de llegar lo más cerca de “la madre” –el jugador que queda en pié-, tras él los demás saltan con la misma intención, una vez arriba todos, el juego consiste en contar hasta veinte para ver quien aguanta más, si los que están abajo o si los que están arriba.

Los de abajo deben solventar el problema de que un mal salto haga que sobre un mismo jugador se acumule el peso de dos o más del equipo saltador, y los de arriba, deben a su vez, solventar que se haya producido una agrupación atípica o no hayan caído en la mejor de las posturas, quedando escorados de un lado, propiciando que no haya el adecuado equilibrio.
El juego llegaba a ser muy duro, si frente a ti, estaba el equipo de los chicos más fuertes, gordos o brutos, que no tenían ningún miramiento al saltar sin pensar en ninguna consecuencia, dejando caer todo el peso sobre los chicos de abajo. La cuestión era pasar un buen rato, y el disfrute era total cuando sobre todo se producía este sometimiento, esta exaltación de la rudeza, algo que se asociaba a una confundida masculinidad. Gastar unas risas, a sabiendas de estar a buen recaudo en el equipo mejor asociado, era una garantía para salir bien parado y ahí estaba el quid de la cuestión, había que trabajarse al líder y a sus simpatizantes para ser uno más o pasar por serlo.

Esta fórmula de poder, que dejaba al equipo de los débiles “tocado” a veces, pudo haber tenido consecuencias sobre las enclenques columnas, y vete a saber si ya desde entonces, me viene este incomodo, aunque leve sin dejar de ser constante dolor en esta zona, vete a saber si en alguna de aquellas recibidas, la envuelta fibrosa del disco se escapó un poco, tal vez sometida a aquellas sacudidas.

Ser observador tiene sus ventajas y sus riesgos, pues no puedes solo asomarte a curiosear, admirando cómplice al líder del juego, con el único ánimo de “ser colega sumiso”, para pasar desapercibido y no participar en el juego. El líder para probar su poder, suele tratar de dominar a todos sus oponentes, lo sean o no, farolear, lucirse o pavonearse son sinónimo de líder, tomados en el término más hosco de su significado, y tarde o temprano pierdes la gracia y eres uno más, traté de alargar todo lo que pude la coyuntura, a sabiendas que sería descubierto. Y así es que un día, quién sabe si por cuestiones climatológicas, ambientales u hormonales, el líder me hizo ser uno más, perdiendo aquella gracia que me mantuvo al margen y experimenté en carne propia aquellos sobresaltos, que más bien definiría como bajosaltos, por cuestiones obvias.


No solo “disfrutábamos” del placer de aquel juego, el más destacado entre todos, debido como ya habréis acertado a la mezcla de dominación/liberación que el mismo promovía, pues no siempre ejercías de receptor y no voy a ocultar que mimetizados, sentías la misma o parecida satisfacción, cuándo eras tú quien caía con todas tus ganas sobre las espaldas de los que habitualmente mandaban, al fin y al cabo, seguíamos siendo niños, y el juego predispone a la alternancia en los roles.

Calmada, ausente, iluminada, casi privada, con la constante música de las gotas al caer, la fuente proponía otras alternativas, éstas más naturales podríamos decir.

Si te arrodillabas junto a ella, tu cuello quedaba justo a la altura del pequeño muro hexagonal del estanque, por lo que podías contemplar con absoluta claridad lo que dentro de aquella pila ocurría.

Así el fondo se mecía levemente con una vegetación escasa y parda que parecía más bien suciedad, aunque no lo era. La lamina de agua reflejaba el cielo y jugando con la palma de la mano distorsionabas la imagen que iba y venía, se deformaba y volvía a recomponerse, pero el mejor secreto eran las sanguijuelas que allí tenían su hábitat natural, pequeñas lombrices rosadas de aproximadamente 5 centímetros, que viajan de una pared a otra dibujando “eses” que se contraían y estiraban para viajar en aquel inmenso aunque diminuto océano.

Si dejabas tus dedos dentro del agua algún rato, alguna terminaba acercándose y pegándose. No resultaba difícil jugar con ellas, provocándolas remolinos que las hacían dar vueltas y más vueltas, o engañarlas cuando estaban a punto de tocar la yema del dedo, tampoco era difícil despegártelas, un poco de zumo de limón bastaba, aunque al principio tenías que superar los miedos, -una prueba más de madurez- de cuantas leyendas corrían de boca en boca, sobre los beneficios o perjuicios que tenía que aquellos pequeños monstruos marinos terminasen adheridos a tus manos.


Para terminar de completar el cuadro, otros grupos se disponían a hacer bailar al trompo, aquellas peonzas de madera con punta de acero, el cordel de no más de un metro y la moneda de dos reales, las que tenían un pequeño agujerito en el centro, y que servían como tope de la cuerda, así se entrelaza entre los dedos, por fuera de la palma de la mano, y al lanzar la peonza quedaba perfectamente enganchado a la mano.


Los más resueltos mecánicamente lo bailaban con suma destreza, incluso los mejores eran capaces de hacerlos saltar por el aire para terminar recibiéndolos en la palma de la mano. Más adelante vendría personalizarlos con colores y chinchetas, con diversa suerte como corresponde y para culminar aquella progresión y control sobre el juego, aparecieron, como no aquellos trompos ”asesinos”, cuya punta se afilaba tanto que si cuando lo tirabas, impactaba sobre algún otro, éste quedaba quebrado, roto, partido en dos de la misma manera como terminaba tu pequeño corazón contemplando la escena que nunca hubieras imaginado que ibas a presenciar.


En una esquina, muy a resguardo del paso, con más sosiego, se establecía la pista del “juego de las canicas o de las bolas”, aquellas esferas de cerámica de fresco y suave tacto, cuyo objetivo era alcanzar un pequeño hoyo, lanzado hacia él la bola en juego, construyendo una figura con las dos manos, ganando distancia al apoyarte primero con el dedo pulgar y después con el meñique y de ahí su sustantivo, mediante una maña que compartían los dedos pulgar y índice, realizabas el lanzamiento de la bola.

Una vez alcanzado el hoyo, tenías derecho a realizar la misma maniobra y acercarte hacia alguna bola oponente y lanzar la tuya con el objetivo de golpearla, y así ganar el tanto. Más tarde vendrían las partidas de “la aposta”, que no dejaba de ser un reto, pero que como todos los juegos en los que medie el interés, se recrudece y se tensa. Así si aceptabas el reto de jugar a “la aposta”, aceptabas que quién golpease la bola contraria, la ganaba en propiedad.

Creo que en 5 minutos llegué a perder no menos de siete bolas, aun lo recuerdo y creo que todavía no lo he superado del todo.

Aparte de otros juegos muy populares, en Huelva se solía jugar mucho al “pañuelo”, aquello de decir un número y entre dos oponentes, arrebatar un pañuelo situado en un punto intermedio, y tratar de regresar a “tu casa” sin que el otro te tocase, o el “pincho”, más peligroso y que precisaba de ciertas dosis de habilidad, pues consistía en lanzar una especie de navaja o navaja, sobre un circulo dibujado en la tierra. Una vez lanzado y si se quedaba clavado, te daba derecho a dibujar una línea, haciendo coincidir las paredes de la circunferencia con el punto que señalaba el lugar donde se había clavado, ganando territorio con cada tirada que acertabas, así hasta llegar a hacer que toda la superficie fuese tuya.

Pero a mí, el juego que más me gustaba era “la bombilla”, en él podían participar todos los que quisieran, y era una mezcla de habilidad, algo de misterio y cierta capacidad intelectual a los que se le añadían algunas dosis de expectación en el desenlace, además de no ser violento y de no basarse en la dominación del oponente.

Para jugar a “la bombilla”, había que dibujar con una tiza en el suelo una especie de eso, de bombilla, una gran circunferencia y una especie de cuadrado a modo de casquillo, que era donde se situaba “la madre”, él era el que determinaba el tema, y la palabra secreta, así por ejemplo sin que nadie más le escuchase decía al oído del primer jugador, “nombres de ríos que tengan la vocal “e”, y a continuación la palabra que ningún jugador podía nombrar o perdería de modo directo, así por ejemplo añadiría el Ebro.
A continuación los participantes, saltando a piola, irían cantando nombres de ríos que cumpliesen la condición y que al mismo tiempo no coincidiera con la palabra secreta.
Cantábamos el nombre elegido, y entrando al interior de la bombilla, quedábamos quietos, sin movernos en absoluto, esperando que el siguiente jugador, hiciera lo mismo en su turno, momento que aprovechabas para dando un salto a la vez, buscar un punto más distante de la “madre”, teniendo en cuenta una condición adicional, la de que ningún jugador del interior de la bombilla podía tocar o rozar a otro jugador. De este modo repasabas asuntos de los más variopintos, incluso servía para tomar conciencia de alguno de ellos de los que al principio no tenías ni puñetera idea. Los nombres de los accidentes geográficos, futbolistas o cosas que pudiera haber en la casa, solían ser los más habituales.

Una vez todos los jugadores dentro de la bombilla, quietos según hayan quedado tras el último salto, “la madre”, tenía que decir la palabra “bombilla” de una vez o con trampa y todos los jugadores debían salir del interior, si alguno era prendido por él, sería la próxima madre, ocuparía su lugar, elegiría el tema y la palabra secreta.

Respecto al deporte propiamente dicho, por aquel entonces, los campos de fútbol –el deporte rey- se situaban en cualquier sitio, no existían establecimientos o centros dedicados de modo profesional, los más aficionados iban a las marismas del “Titán”, un lugar bastante distante y algo complicado para llegar, por cuanto tenías que pasar las vías del tren de la línea Huelva-Sevilla.

No había mejor sitio para jugar al “fútbol” que hacerlo en la Plaza de las Monjas, este rincón de la ciudad, debe su nombre al convento de monjas agustinas de Santa María de Gracia que se encuentra en una de sus esquinas. Es la plaza principal de la ciudad , donde en la antigüedad se hacían corridas de toros y que andando el tiempo y tras diversas reformas cambiaron su aspecto y la dotaron de un templete para la Banda municipal. En uno de aquellos conciertos mis padres dieron ese paso que más tarde les consagro como pareja y algo más adelante como marido y mujer. Cosas de la música.
Allí, en esa plaza, jugábamos al futbol. Casi siempre confeccionábamos las pelotas con papel de periódico bien envuelto y apretado, y finalmente amarrábamos con alguna guita.
Aunque no era una esfera perfecta, daba lo justo como para echar 10 o 15 minutos, hasta que en un despeje, saltaba por los aires toda aquella obra de arte. Las farolas fueron las primeras porterías.
Mucho después, jugando y haciendo centro de nuestra infantil vida social aquella plaza, reconocí en aquella niña de piel morena y ojos negros, una simpatía especial, aunque estuviese vetada para mi, a Emilia como se llamaba, llegué a caerle bien, incluso alguna vez la acompañé a su casa, pero eso ocurrió más adelante.

A Emilia le brillaban los ojos y cuando sonreía sus dientes blanqueaban su cara. Hasta entonces, no digo que no tratase a otras niñas, pero creo que hasta aquel día no deparé en ninguna de ellas.

Por entonces era habitual oír hablar de Vietnam y de los americanos, la radio en sus boletines no dejaban de pasar noticias, y solía ser con la que abrían las crónicas del resto del mundo, pero lo que resulto realmente impactante, fue aquel aciago anuncio que dejo paralizado a todo el país.

El 22 de Noviembre de 1963, fue asesinado el Presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy.

Todos los boletines, en sus emisiones horarias y multitud de especiales, no dejaban de hablar de otra cosa. Todo el país se heló, y aún hoy, muchos de aquellos corazones siguen haciendose preguntas.

La radio informaba... A las 11.40 el AIr Force One aterrizó en el aeropuerto Dallas Lovefield, después de un corto vuelo que ha realizado desde Fort Worth. La comitiva presidencial se pone en marcha hacia el centro de la ciudad de Dallas. Durante el trayecto la comitiva tiene que realizar varias paradas para que el presidente salude a la gente.

A las 12.30 entra en la Plaza Dealey y avanza por la calle Houston, en ese momento lleva 6 minutos de retraso. En la esquina de Houston Street con Elm Street la comitiva debe realizar un giro de 120º a la izquierda, lo que obliga a la reducción de la velocidad de la limusina.

Tras pasar Elm Street queda frente al edificio del Almacén de Libros Escolares de Texas, a una distancia de 20 metros nada más.


Al pasar el almacén se escucharon disparos, el primer disparo de tres que supuestamente haría Lee Harvey Oswald, impactó en el craneo del Presidente destrozándole la cabeza con pérdida de masa encefálica, las lesiones eran tan graves que no se pudo hacer nada por su vida.

La Comision Warren fue un eco constante en aquella investigación, no paso ni un dia, sin conocer algún dato más de aquel magnicido.

Aquella tragedia internacional, nos dejó atónitos, parecía que nos ocurría a nosotros mismos, tal era el apego con el que el Régimen trataba a su mejor "aliado", los Estados Unidos. No salíamos de aquel sobresalto cuando dos días despues, el presunto asesino Oswald, fue a su vez asesinado por un policia, Jack Ruby cuando era trasladado.

Aquello si que fue pegar un estiron. Por meses, toda la sociedad tenía un punto común ajeno a nuestra tragedia nacional, y ese momento fue como abrir una puerta que hasta entonces habia estado cerrada, y es que vivíamos dentro de un mundo lleno de tragedias y posibilidades.


5 comentarios:

  1. Joé qué recuerdos, no sé si te lo creerás pero todavía guardo mi "butre" y mi tirachinas. Aunque parte de mi infancia la pasé en la Plaza de las Monjas que, por cierto, mi casa aparece justo detrás del "templete" de la música, entre el Banco de España y la panaderia de "Rosarito", mi anterior "residencia" un patio de vecinos en la misma "piterillas", los amigos de esa zona y los lugares que compartíamos, además de los juegos que describes, nos incitaba a las "cacerías", de ahí el uso del "arma" tirachinas. Un abrazo monstruo. Me tienes totalmente enrrollao con tus historias. Isidoro

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  2. Mi madre siempre me decía: hijo, no juegues a eso que te harás daño, y cuantas veces subí con sangre en la cara, la rodilla o las manos.

    Juegos de chicos, algo brutos y sin tecnologías, salvo los patientes de rodamientos.

    Un abrazo.

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  3. sempre bello il tuo blog

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  4. Hola Enrique o Kike como te dice "seño". Ya sabía yo que tú también eras de los buenos. Que grande es poder recordar como dice Isidoro "sin acritud". Gracias por venir a esta casa.

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  5. Saluti di SaPa, il nostra italiana preferita del più bello di gioco di Blog Il di pulito? e di resto del il di tutto. Un'adulazione le vostre parole. Qui ogni volta che desiderate. Un saluto affectionate, Adolfo. Gracias por tus palabras.

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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