Hotel Granada VIII.




EL BURDA, los aires de Europa .


Para cuándo me di verdaderamente cuenta de qué estaba pasando, mi madre funcionaba como modista a pleno rendimiento, así entre carboncillos, reglas, tijeras, y las costureras que formaban este pequeño team con ella: Manoli, Torres, Teresa, y algunas más que estuvieron de paso por allí. La cuestión de la ropa, y su peculiar argot pasó a formar parte de mi peculiar modo de entender el trabajo, entiéndase la idea de distribución o de especialización.


¡Qué buenas tertulias mantuvieron, entre puntada y puntada, a costa de este o aquel asunto traídos a colación por cualquiera de ellas¡. Había un clima familiar, cercano, sin perder el ritmo que los compromisos para entregar “las prendas” en determinada fecha exigían.

El equipo de Pepita la modista, como sinónimo que desde entonces la identificara en sociedad, lo formaban esencialmente muchachas que se precipitaban en el mundo de la costura (coser para otros de un modo profesional) para ganarse unas perrillas al mismo tiempo que aprendían los trucos y procedimientos de la jefe de equipo, en este caso, mi madre, que ya venía en este sentido bendecida por algún don divino y la necesidad.


Así es que, entre detalles técnicos al uso como: “…primero le haces un pespunte y al final rematas los hilos con cuidado de que no se te doble hacía arriba, ves...”, “no fuerces el hilván que hay que hacerle una prueba a Dª Margarita” o “ el dobladillo debe quedar más cerrado, más recto…”, y el ir y venir del jaboncillo( una especie de tiza, más fina, más precisa y fácil de quitar), la tijeras, los alfileres y el acerico, fui retomando mi sitio en el mundo que me había tocado vivir.
Resultaba que al retorno del Colegio, a la hora de merendar, después de subir los 44 escalones como un torbellino lleno de energía, lo usual era contemplar la estampa de “las niñas” escuchando la radio, la novela al uso, algo de música, o comentando lo sucedido en la ciudad, de este o aquel conocido o lamentando abiertamente la suerte que le había tocado con la claudicación a la vida conyugal que mi padre había tomado al marcharse a trabajar al extranjero, o la viudez de Torres, o de aquel chico que pretendía a Manoli y que ella se negaba a conocer.




Pero allí había luz, una luminosidad que regaba el largo pasillo de amplios ventanales de aquel piso pintado de un tono amarillo pastel, a juego con la plástica de la pared también de un color amarillo más atenuado, al fondo rematado con un cuadro de flores. Un pasillo cuyas baldosas semejaban teclas de un piano imaginario, y que por entonces ya emitían armoniosas notas musicales al discurrir sobre ellas, notas que duraron para siempre, pues no hubo manera de hacer encajar aquellas losas sin que al pisarlas dejaran de tintinear.


Aquel pasillo en su nivel, daba cumplida cuenta de tres estancias de la casa, al fondo la cocina, a su vez dividida en dos espacios uno más pequeño donde al final se situaría la cocina, y otro bastante grande donde estaba el fregadero, la alacena, y la mesa del almuerzo, le seguía el cuarto de costura y a continuación el dormitorio de mis hermanas y mío, aunque hasta poco antes dormía en la cama de mi madre, una mezcla de sobre-protección y cariño que solo algunas madres son capaces de sentir con esta intensidad, pero que aun así, no recuerdo especialmente.


Al otro extremo de este pasillo, la puerta que daba a la terraza del patio lavadero, donde algunas alpilistras y geranios daban tonos verdes al marcado encalado blanco, en aquel lugar se situaba una gran pila circular, que con el tiempo fuese sustituida por una del mismo tamaño cuadrada y más tarde se acompañaría por la primera lavadora BRU -de tambor vertical- que entró en aquella casa. Formando parte y junto a ella, un pequeñísimo cuarto de aseo, un pequeño water de los de cadena en la vertical, en dónde pasara tantas horas leyendo, viendo revistas o incluso oyendo la radio, y es que ante la cuestión escatológica en la dimensión fisiológica, puede y debe ser un tiempo compartido con otras artes.

La cuestión es que en aquella España, en la que la incipiente Ley de Prensa del 66, quitaba paja al asunto de la censura previa y la bajaba de nivel coactivo, aún así, dictaba mucho de que los periodistas y contrarios al Régimen pudieran expresarse con libertad, pero era un pasito a favor de la corriente que trataba de normalizar la vida social dentro de aquella Dictadura de Franco.

En Huelva era el ODIEL, -el diario dirigido por Antonio Gallardo, afín al estado de bienestar existente, y que por 2 pesetas era la voz de la sociedad local, nacional e internacional, disponiendo en 10 páginas por ejemplar, todas las noticias y el pulso a aquellos días de extraña calma y abnegado equilibrio.


Era obvio que no iba a ser la fuente más objetiva para conocer lo que estaba realmente ocurriendo en la ciudad, en España y en el Mundo, lo era entre otras cosas porque en su logotipo y cabecera de portada junto a su nombre, exhibía el símbolo del yugo y las flecha además de inscribir con total descaro que la editora pertenecía a la red de Prensa y Radio del Movimiento con sede en Madrid, sita en la Avenida del Generalísimo, como no podía ser de otro modo-, mientras que en el resto de España, con el mismo talante, otros diarios de tirada nacional, como: ¡Arriba!, la Hoja del Lunes, El Alcázar, Diario Ya, Pueblo, La Vanguardia, ABC o el Diario Madrid que sería el que tuviese la fatal decisión de desafiar al Régimen, aprovechando la incipiente bonanza de la indicada nueva Ley de Prensa.
Hay que hacer especial mención de este peródico, pues marcado desde entonces, el Diario Madrid sería varias veces sancionado, sus periodistas perseguidos, y años más tarde sería clausurado y teatralmente su edificio sería demolido con una espectacular voladura. Eran las reglas.


En otra dimensión Pueblo, próximo al sindicato vertical en su fase final pasó a ser considerado de alguna manera "obrerista", dirigido en esa última época por Emilio Romero, que coqueteaba con ambientes de la oposición de izquierdas sin abandonar el falangismo. Fue el periódico más leído de España después de La Vanguardia y ABC.

Esto era lo que había, una España yacente, callada, abrumada por el siniestro sistema de vencedores que dirigían a todo un país, con un sentido ridículo de las normas, la educación o las creencias, que se fundó en el temor de dios, de un dios extraño, que no sabía distinguir lo que se decía dentro a lo que se hacía fuera de los templos.
En este estado de cosas, yo fui un privilegiado, pues gracias a la desgracia que vivimos en el piso de realquiler de la calle Mora Claros, al inesperado oficio de modista de mi madre, hasta allí comenzó a llegar con exquisita regularidad una revista técnica, de edición alemana que más adelante dada la profusión que tuvo entre el sector femenino, comenzó a traducirse al español, aquella revista en color, no era otra que el “BURDA”, páginas dedicadas al mundo de la moda y sus tendencias, que incrustaban planos de corte de prendas: unas veces faldas, otras blusas, pantalones, etc.



Así mientras todos los chicos disfrutábamos de las aventuras de Tintín, en su Vuelo 714 para Sídney en la biblioteca municipal, los obreros de su bocadillo de sardinas en aceite, los industriales del Odiel de “las noticias” y avatares sociales de la ciudad, yo además tenía una ventana a la Europa demócrata de aquellos días, Burda incorporaba pequeños trabajos periodísticos, o hablaba de lugares donde sobre todo había color, mucho color frente al tenebrismo que aquí disfrutábamos, y sexo, sexo con mentalidad alemana, o lo más parecido a lo que pudiera parecerse, así chicas ligeras de ropa, por aquello de la moda de verano, o mostrando las nuevas tendencias en ropa interior escapaban a la censura, ¿quién iba a controlar una revista de moda para mujeres?, y esa ventana, mes a mes, fue facilitando tics de un mundo que corría paralelo al nuestro. Las imágenes de estas mujeres con la constancia de la suscripción a la que estábamos abonados se hizo algo común, natural y mes a mes,esperadas.



De un modo u otro, esto acentuó e hizo ordinaria la visión que tuve de la mujer: de los cuidados que dedicaban a su cuerpo, un culto ya emergente, del gusto por según que telas en función de la temporada, ya fueran: gasas, lino, moaré, organdí o muselinas…, de cómo acentuaban su feminidad, con polvos, cremas y lápiz de labio de variados colores, y junto a ellas, pequeños artículos con escenarios europeos o americanos, actores, actrices, diplomáticos,etc.. todo aquello hablaba de algo más, aparte de aquellas leyendas que institucionalmente hablaban de lo que oficialmente ocurría tras las fronteras, de un modo ingenuo aquella ventana me acercó a la Europa real y sin duda también fraguó el compendió de fuentes de información que constituirían mi cultura social.


Mientras en aquel Abril de 1967, en Huelva se anunciaba a bombo y platillo que el Consejo de Ministros ordenaba la confección del proyecto del puente sobre el río Odiel, y que Rafael por segunda vez, representando a España en Eurovisión con su canción “Hablemos del amor” quedaba en sexto lugar, una noticia que no lo era por cuanto toda España vivía la noche de Eurovisión como un solo hombre. ¡Habría algo más interesante que Eurovisión!. Ya por entonces, Gibraltar mantenía su ritmo y era un recurso habitual en la prensa "nacional" del pulso al imperio Británico y a su graciosa majestad, por la roca.


Efectivamente el BURDA como ahora internet, abrió una ventana al mundo, a un mundo que en aquella España de sermones y boinas rojas, facilitó que la conspiración, las aspiración o la ansiedad por el cambio, también se impulsase desde la visión ingenua de aquella revista de moda.



*


1 comentario:

  1. Casi sin darme cuenta he vuelto a esas tardes de verano donde mi abuela y mis tias cosian en un taller (el pasillo de la casa) para Ribera y pueblos colindantes.Si Adolfo,mi abuela Cándida
    en aquellos tiempos era una gran modista.
    Yo me sentaba entre ellas con un libro a deleitarles con alguna lectura,mientras una de mis tias me decia:"esta niña si sigue así,nunca aprendrá a coser",como así ha sido.
    En cambio,desarrollé un gran amor por la literartura.
    Gracias por traerme tan buenos recuerdos con el burda.
    Lupe

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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