Hotel Granada X. El casting.



El casting de la calle Mora Claros o Botica según se diga.



Un rasgo típico de mi personalidad es la independencia con la que me enfrento a cualquier experiencia, soy capaz de formar parte de cualquier grupo siempre y cuando este factor de autonomía no tenga que ser defendido.


Esta facultad posibilitó mezclarme en muy diversos ambientes, conocer a gente de diferente pellejo, y no encontrar nunca mi lugar exacto.


Bien podría entenderse que era una forma de no dejar al descubierto las sombras que me acompañaban, por aquello de la debacle familiar, aunque si he de ser sincero, no había nada de lo que avergonzarme y mucho de lo que enorgullecerme, y en honor a la verdad, no creo que me faltase nunca de nada, aunque si hay que decir, que faltó todo aquello que representase cantidad, calidad, equilibrio, bienestar o nivel social, por lo demás, el pero lo ponían los demás, con su modo de mirar, de adjetivar o de curiosear sobre aquel escándalo -para la época lo fue- por el que una familia se rompía y una mujer se veía en la obligación moral y física de trabajar como nunca lo había hecho, con tal de sacar adelante a sus hijos, sacrificando a partir de entonces toda una vida de nuevas oportunidades. ............

Nunca habrá manera de agradecerle a mi madre, el coraje con el que se enfrentó a aquella situación, tantos días de desesperación, tantos días de lágrimas mezclados con canciones que tarareaba al hacer el almuerzo y que el tiempo fue amortiguando y sellando para un día dejar de hacerlo.

Días que pasaron factura de muy diversa forma, en los que sobre todo se mantuvo el honor, la mirada limpia, alta y el enorme cariño que nos tuvo.

Era curioso por no decir ridículo, como tenías que oír una y otra vez, referencias sobre quienes eran mis padres.

Digamos que la "estabilidad familiar" de la que los otros hacían gala de puertas afuera, les otorgaba la arrogancia de sentirse diferentes, o de estar en una posición mejor.

Que miserables somos los seres humanos y que ruines, por no decir que ingenuos.

Esta actitud de los adultos, me hizo comprender y reaccionar cada vez con más soltura, ante envites de esa clase, y fue otro punto de inflexión en la madurez de aquel niño "Adolfito", el "hijo de Morales, Tailor Shop", o de "Pepita la modista".


Quienes sí supieron guardar para ellos la curiosidad y abstenerse de preguntar en primera instancia fueron los vecinos de la calle en la que vivíamos, con los que manteníamos una prudencial distancia o una afable cordialidad según el caso.


La calle en su esquina más cercana a la Iglesia de la Concepción, la comandaban la tienda de tejidos de Toribio, junto a ella el refino atendido por los hermanos Simón y Pepe, que tenía un larguísimo mostrador de madera.


En frente los Mascaros, con sus rudimentarias novedades eléctricas, como los primeros tubos fluorescentes, o las bombillas Philips y Osram. Muy cerca, la tienda-taller de las máquinas de escribir Hispano Olivetti, y más tarde solo llamadas Olivetti, con su equipo de mecánicos, que siempre tenían las manos llenas de grasa o manchadas de tinta.


Aquellas rudimentarias máquinas, tenían un complicado conjunto de brazos mecánicos, que dejaban impresa las palabras al presionar sobre las teclas y éstas golpeaban sobre una cinta entintada. Las cintas por lo general de color negro, tuvieron también su evolución y surgieron unas que eran mitad negras mitad rojas, eran un auténtico esnobismo, un signo de distinción, que permitía escribir con dos colores y no era frecuente verlas, el mal uso o un reciclaje inadecuado, terminaban dejando unas letras impresas de dos colores a la vez o una mezcla un tanto extraña. Esto mismo sería lo que las avocaría a desaparecer tiempo después.


Las articulaciones de metal, del constante golpeo, terminaban con lesiones, y los tipos solían salir disparados y había que soldarlos, así como ajustar el conjunto compuesto por multitud de piezas y cuyo engarce y engranaje solo era posible coordinar, en las manos de aquellos minuciosos obreros, cuyos servicios se demandaba en ocasiones para ajustar otras marcas, a saber, Olympia, Hammond, Royal, Underwood, Continental, o Remington, que venían del extranjero y que no disponían en Huelva de apoyo técnico.


No hace mucho me cruce con uno de aquellos hombres, posiblemente aprendiz por entonces, iba acompañado por la que bien podría ser una hija suya, y parecía haber perdido la cabeza, quien sabe si enajenado por los misteriosos secretos de aquellos ¡tic!, ¡tac! que tuvieron que serle familiares durante tanto tiempo. Ya nadie recuerda aquel ¡clíng! anunciando que la línea en la que escribíamos se estaba acabando, pero aquel sonido metálico al igual que el común claqueteo de las máquinas al escribir invitaba a inventar historias o escribir poemas.


Siempre fueron algo estirados en la Olivetti, y no dejaban que los niños como yo fisgoneáramos mucho por allí, siempre acababan echándonos, aunque alguna vez conseguí algún rollo de cinta con el que diseñe alguna maldad infantil, como colocar amarrada la cinta de extremo a extremo de la calle, impidiendo el paso, y esperar. Era cuestión de tiempo, ver como al llegar a la altura de la cinta, los más se decantaban por asirla con la mano y levantarla para pasar, encontrándose con la ingrata sorpresa de embadurnarse los dedos de tinta, al mismo tiempo que escudriñaban con la mirada al autor de aquel invento, contener la respiración y la risa te salvaban de más de un tirón de orejas.


En la misma acera y frente a mi casa, residía la "misteriosa familia de Dombido". El padre de Luis Dombido, fue el precursor de los autobuses urbanos en Huelva, dirigía a los llamados "amarillos", un giro linguistico para denominar a aquellos "autobuses" pintados de ese alegre color, y que al parecer, por carecer de paradas obligatorias, montaban a cualquiera que se cruzara en su camino si así se lo demandaban. Parece ser que este negocio lo vendió y fue el origen de su decadencia. Una familia muy discreta, de vida interior, salvo excepciones. En la casa vivían su esposa, ya viuda, su hijo, el famoso Luis Dombido y su hermana, la mujer rubia que tocaba el piano.
Conocido el gusto por el sexo femenino del joven Dombido, de profesión ninguna, fue durante toda su vida un fiel Don Juan, siempre cortejando o diciendo alguna frase a las jóvenes y más tardes señoras a las que con sus maneras trataba de ganar en simpatía, como primera fase para ganarlas en confianza y así sucesivamente. No desaprovechó ocasión que incluso piropeó a mi madre, y ella reía de la cara que echaba, cuando le decía.. “siempre solita, siempre solita” a modo de saludo cariñoso, adivinando sus intenciones.


Su hermana, una mujer madura, con la que me cruzaba en ocasiones, siempre resultaba extraordinariamente misteriosa. De piel muy blanca y siempre muy empolvada, en su cara destacaban sus labios pintados de un color carmín intenso, y su cabello teñido de un rubio muy brillante, y todo el conjunto envuelto en trajes negros o muy oscuros, lo que producía un fuerte contraste, a pesar de su pretendida discrección.


De tarde en tarde, compitiendo con el campanario de la iglesia, tocaba el piano, retumbando en toda la calle, momento que solía dejar abierto el balcón. Alguna vez la vi cómo me miraba, cuándo me descubría escondido espiandola. También recuerdo salir despavorido absolutamente abochornado.


Frente por frente como queda dicho, vivíamos nosotros en aquel ático de realquiler, teniendo como vecinos en el piso principal y casero al médico Don Daniel García Carbonell, del que ya tendré ocasión de hablar.
Pared con pared, la finca lindába con el Palacio Arzobispal que en septiembre de 1955 y con carácter provisional fue residencia del primer obispo de la ciudad, Pedro Cantero Cuadrado. En más de una ocasión, aprovechando la cercanía de la terraza. Mi padre y el obispo hablaban al sol del mediodía y nadie sabe de qué a ciencia cierta, lo cierto es que a uno casi lo lleva al cielo de los altares y al otro al cielo de París.


En mitad de la calle se situaba la sastrería de mi padre, y junto a ella, La Casa de los Alpresa.
Un santuario del cante y de las peleas de gallos, el conocido BAR ALPRESA, una taberna andaluza como los Álvarez Quintero jamás pudieran haber dibujado mejor. Si bien disponía de un pequeño mostrador de barra a pié de calle, en donde tomar olorosos, finos y mistelas, su interior se dividía en varios salones, repletos de mesas y sillas de énea.
Pero la perla de aquella casa, era su formidable patio, sobre el que se construían gradas, y en el que predominaba su platea central, un pequeño círculo, donde se llevaban a cabo peleas de gallos, y en el que las apuestas significaron un motivo de vida social, muy a la usanza de la época, donde los varones de la ciudad se pavoneaban de sus éxitos personales y profesionales, donde la supuesta hombría se mezclaba con interminables copas, y donde caldos del Condado o de Jerez, aceitunas, chocos, gambas blancas y jamón de Jabugo, fueron en muchas ocasiones banquetes habituales de aquellos hombres, que terminaban ebrios y perdiendo la compostura, con la billetera escocida, el orgullo por los suelos, y guardando en la retina la pelea de gallos que les llevó a la gloria o a los infiernos esa mañana de domingo.


Toda una liturgia envolvía aquel ambiente solo para adultos, aunque en ocasiones, te escurrías en el patio.
Así de primera mano, se observaba como llegaban los "domadores" con sus alumnos en brazos, y como llevaban enfundadas la cabeza y el cuello, para que estas aves, no atacasen ni se pusiesen nerviosas hasta el momento mismo de la pelea, instante en que ambos contrincantes se verán por primera vez. Su misma naturaleza les dice que solo uno de los dos saldrá vivo de aquel letal encuentro. Unos esplendidos machos de colores muy vistosos y alas atrofiadas, ligeramente recortadas, para que solo puedan dar saltos durante la pelea a muerte. La pelea comienza y llegar con el pico al cuello del oponente es la clave, incluso afectarle los ojos, con un golpe certero ayudaría a hacerlo más vulnerable.


Mientras, a su alrededor las apuestas, los vapores del vino, los comentarios harán felices a aquellos hombre que en los inicios de los años sesenta, vivían las Peleas de Gallos como un acto lúdico-festivo sin la menor sombra de crueldad tal y como hoy la interpretamos.


Justo enfrente de la Casa Alpresa, se situaba la Peluquería de señoras de los Fortes, el olor de la laca cuándo al pasar coincidías con algúna cliente, era lo que hacía tan peculiar ese espacio reservado solo a señoras.
Más adelante, La Barbería. Aquellos dos personajes, el maestro y su ayudante, ambos barberos de los de brocha y navaja eran extraordinariamente afables y curiosos.
Por allí pasaba toda Huelva, y al igual que ocurriera en la peluquería, estaban al tanto de cuanto ocurría en la vida social no ya de la propia calle, pues los hombres, entre hombres se contaban sus cosas al mismo tiempo que sondeaban y oían lo que se decía de ellos.
El maestro, un hombre regordete, ajustado a su corta estatura, casi calvo, de amplia sonrisa y de una cordialidad muy acorde con su posición social, por cuanto era conocedor de que profesionalidad y discreción iban de la mano, siempre te recibía de buen grado y con un gesto que te invitaba a dejarte llevar.
En el extremo opuesto, lindando a la calle Puerto, quedaba de un lado la Botica de los Figueroa, una farmacia que llegó a competir con su vecino de enfrente el Conde de Mora Claros, en la denominación popular de la calle.
En un referéndum improvisado, siguiendo las reglas de Ferdinand de Saussure, la gente redenominó coloquialmente a la calle como Botica, aunque desde Septiembre de 1922 se rotuló con el nombre de su vecino el Alcalde además de ilustre prócer Antonio de Mora Claros.
Mucho tiempo antes, Eduardo Figueroa, fue quien instalase la primera botica de Huelva, dando origen a aquel reconocimiento, popularidad y denominación.


Por poco tiempo también se llamó Tetuán, es de suponer que para dar gloria a la toma de esta ciudad africana, por las tropas españolas comandadas por el General O'donell andando el 1860, un breve espacio que la gente se encargó de resarcir y mantener el lance entre las dos populares denominaciones en disputa.


Como homenaje, ante la repentina muerte de Antonio de Mora y Claros, ex-alcalde de la ciudad, que tenía aquí su vivienda palacio, la calle paso a denominarse Alcalde Antonio de Mora Claros.


Fue el arquitecto José María Pérez Carasa, muy vinculado a Huelva, y cuyo sello sigue presente en los escasos edificios que se han salvado de la especulación, quien diseñó una soberbia vivienda a finales del siglo XIX junto a Moisés Serrano, con marcado carácter historicista o neoclásico y muy sobrio en el interior pero con diferentes elementos modernistas. Por entonces su viuda era su única inquilina, una mujer muy discreta que apenas se dejaba ver y muy ligada a la iglesia.


Un ala de los bajos del Palacio, se habilitó como Biblioteca Pública, con patrocinio del Ministerio de Educación Nacional que dirigía el catedrático D. Antonio Palma Chaguaceda.


La calle y sus personajes donde todos teníamos un papel, un drama o una comedía según los días, nos invitaba a ver el mundo con ángulos muy diversos, pero todos con una raíz común, la calle que nos acogía.



Una veces Botica y otras Mora Claros, servía tanto para ser actor como espectador, de fondo las señales horarias marcadas por el campanario o las armoniosas notas del piano de la hermana de Luis Dombido, ponían la banda sonora, al mismo tiempo que éste se ajustaba la chaqueta, la corbata y el sombrero, con una elegante y estudiada pose, dispuesto una vez más a descubrir la ciudad.



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13 comentarios:

  1. Genial querido Adolfo, te aplaudo en la soledad de mi salón en el que navego al otro lado, pero en el mismo barco que tú!!!! Me ha encantado tu relato, la forma de describir esos años, esa vida desde la mirada autobiográfica del que fuera un niño sensible que sufría por la soledad de una madre luchadora, una MUJER CON MAYÚSCULAS, como muchas que sacan solas a su hijos...
    Un beso enorme.

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  2. Un beso Ginebra. Siempre estaré por aquí, solo tienes que llamar para compartir. Eres muy amable y generosa, además de una mujer estupenda. A las 14:00 a ver a Alonsito, pasión por la F1. Un beso. ¿Cuando compartimos mesa y mantel?.

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  3. Es la 1ª vez que te leo, aunque no que te veo. Vengo de casa de kike y seguí tus huellas. Ya anteriormente supe de ti en la página de Merce -filoabpuewrto-. Ha sido un gusto leer "tu" historia. En alguna manera muchos, no sé si todos, nos hemos sentido "diferentes". Yo misma, hace 2 años, escribí y publiqué en mi blog "mi historia", su título: Diferente.
    Hasta otro momneto. PAQUITA

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  4. Amigo Adolfo, es la intrahistoria que decía Unamuno un reflejo más cierto de la vida que aquello que nos presenta los grandes cronicones. La mía tiene cierto paralelismo con la tuya, aun cuando yo era un chico de las afueras de la capital. El tiempo es lo que tiene que pasa. En casa de los amigos nos vamos juntando amigos.

    Un abrazo.

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  5. Hola Paquita, alias "Loc@", ¿qué tal?, es un honor tu visita y tus palabras, parece que tenemos playas comunes dónde dejarnos caer para disfrutar de esos paisajes, aunque con desigual suerte. También he tenido la oportunidad de leer "tus comentarios" en ocasiones. A diferencia de los blogs que nombras, el mío es algo más sencillo, depresivo y confuso. A eso te expones si vuelves a visitarme. Un honor, Adolfo.

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  6. Amigo Enrique, brindo por tí y contigo. Adolfo.

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  7. Ya no se que me gusta más si ver como pintas imágenes con tu cámara, o leer pinturas de tu alma. Un beso
    Marisa

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  8. Hola ARTISTA, un saludo desde el Norte. Me encanta leer lo que escribes, mientras me acompañan la música y las imagenes.Tu blog es estupendo.
    Amparo CB

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  9. ¿Como estamos Marisa?, preparando tu curso anual de VACACIONES Y SALUD, supongo. Pintar, pintar lo que se dice pintar, la verdad pinto bastante poco. Un pobre diablo aprendiz de todo. Un beso. Gracias por tus amables palabras.

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  10. Amparo, mi editora preferida, el espíritu de esa FUENTE DE LETRAS VIVAS de Ponferrada. Te digo lo mismo, que la generosidad no os ciegue. Por cierto, yo venía a hablar de mi libro....jajaja, espero que el amigo Umbral no se parta de risa con mi desmedida pretensión. Un beso. Genial en esas fotos. Saludos, Adolfo.

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  11. Me encanta cómo escribes.Haces que vea y me sitúe en tu calle y en tu vida. Después de tantos años de amistad ... ¡qué poco conocemos o creemos conocer unos de otros!
    ¡Estoy intrigada con el resto!
    Besazos

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  12. Intrigada? y quién eres tú?, bueno te dejo mirar a hurtadillas, no me importa. Eres bienvenida. Oye y gracias por ese piropo. Para mí todo esto es un ejercicio, para nada pretendo emular a ningún escritor, eso es cuestión de años. Trataré de hacerlo lo mejor que sepa. Si por un instante compartimos calle, esquina o aires de aquellos años sea bienvenido. Un afectuoso saludo.

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  13. Qué bonito lo cuentas.

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Mi nombre es Adolfo Morales, este Blog es una especie de caja de zapatos en la que voy dejando cualquier cosa que despierte mi interés: fotografías, opiniones, relatos y algún que otro desvarío. Todo desde la más absoluta originalidad y autoría. Si bien me apoyo mucho en imágenes para uso no comercial colgadas en diferentes comunidades, como LA PETITE ECOLE. Llevo desarrollando la plataforma Blogger desde sus inicios, una experiencia que desde el principio me ha deparado muchas satisfacciones y el encuentro personal y virtual con gente muy interesante.
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