Hotel Granada XI. La Calle Palacio.


De cómo Sir Arthur Ignatius Conan Doyle descubre a Luisa de Guzmán, Reina de Portugal.


Para cuando quise darme cuenta, había caminado bastante rato ensimismado, más allá de las fronteras hasta entonces conocidas, y aunque no tenía certeza de andar perdido, si era consciente de que ese riesgo no andaba muy lejos, por lo que tuve que agudizar el incipiente sentido de la orientación por entonces en franco desarrollo.

Superar los límites de las calles Puerto y Concepción, y adentrarse en aquella propuesta a modo de laberinto de esquinas, balcones, y calles interminables hasta entonces desconocidas, supuso un gran descubrimiento. La ciudad se pintaba con diferentes colores y distancias, a pesar de tan solo escudriñar en las calles más próximas a las habituales. De cualquier modo, me pareció encontrarme emulando una aventura al mejor estilo londinense.
Por un instante se me antojó que Huelva y Gloucester fuesen una misma ciudad y que Sherlock Holmes podría aparecer tras cualquier esquina, observando como yo tantos detalles, tan complejos como sencillos y que a partir de este momento serían nuevos referentes, o nuevas pistas según sea el caso.

Creo que algo tuvo que ver, en el interés por saber algo más de la ciudad, el formidable edificio llamado de “La Bola” y que en parte alojase al desaparecido Hotel París –en aquellos días ya eclipsado y reconvertido en viviendas-, situado en la esquina suroeste de la Plaza de las Monjas, y que desde la primera vez que lo vi, siempre llamó mi atención.
Su aspecto global recuerda sin pretenderlo, algún tipo de fortaleza medieval, una especie de palacio del que podías esperar que alguna dama se asomase por aquellos balcones y cuya abstracción me obligaba a mirar si ocurría cada vez que pasaba por allí.
En honor a la verdad, sigo esperando que siquiera alguien se asome, sea caballero, padre de la dama o dama de honor, porque no entiendo muy bien, como suele aparecer tan despejado por norma a lo largo de tantos años.
Su diseño (1907) se debe a Francisco Monís y Morales, su fachada conjuga el ladrillo visto y los azulejos en tonos grises, y rematando el edificio en una esquina, una cúpula esférica, que la voz popular bautizó como “la Bola” y desde entonces a nuestros días.

Este notable edificio civil resalta por su estilismo y limpieza en los trazados, siendo además una de las atalayas singulares que fortifican a la susodicha Plaza de las Monjas, junto al soberbio Banco de España de factura neoclásica que fue diseñado por José Yarnoz Larrosa, el propio Convento de las Agustinas ( a quién se debe el nombre de la plaza) cuyo nombre en realidad es el de Iglesia de Santa maría de Gracia del Convento de las Madres Agustinas, que es el único convento religioso que se conserva de los cuatro que tenía la ciudad en el siglo XVI y que fuera fundado por Dª Elvira de Guzmán y Maldonado, junto a otros menos catalogados.
Pues bien, si todas estas construcciones por su volumen y estado de conservación han marcado la fisonomía de esta parte del “centro” de la ciudad, como trasera y formando manzana con el viejo Hotel París, discurre la calle Palacio, siendo calle principal junto a la denominada Concepción, ambas dibujan el bulevar comercial por excelencia, y guarda un secreto que ha pasado muy desapercibido y del que únicamente queda –si es que sigue ahí- un escudo con inscripciones nobiliarias que sitúa en esa finca la que fuese residencia de los Condes de Niebla, el también llamado Palacio del Duque de Medina-Sidonia, tras dejar su residencia del castillo situado en el cabezo de San Pedro.

Huelva ha sido siempre tan abúlica como apática en todo lo que suponga divulgación o mecenazgo, un provincianismo de litoral como así denomino a este fenómeno, que marca el ritmo de la ciudad en función de las estaciones, siendo tan efectivo este reloj, que la ciudad es otra cuando llegan los meses estivales y otra bien diferente en cualquier otra estación y es que la meteorología una veces por el calor, otras por las continuas lluvias y su lucha con las mareas, y otras por su agradable primavera, no dan tregua a más comportamientos que hacer de estos fenómenos atmosféricos eje en el modo de vivir.

Una absoluta dejadez en cuestiones de historia, han concluido al mayor desconocimiento a nivel popular de cuantos personajes nacieron, vivieron o dibujaron en la ciudad algún hecho de singular relevancia.

Es tal este desasosiego que la figura de Alonso Sánchez, denominado y reconocido como pre-descubridor de América, y que tenía al parecer una casa en la zona del Barrio de San Sebastián, una popular tasca-mesón denominada Las Jangarillas que en vez de conservarla fue derruida sin más debate.
La propia y confusa historia de este marinero no es de común uso incluso en estos días, resultando todavía un perfecto desconocido. Solo Cristóbal Colón y su relación con Huelva a través de La Rábida, y la repercusión del “Descubrimiento” han marcado un compás constante, bajo el que han perecido como si no hubiese sido de interés otros muchos. Esta simpleza ha reducido en mucho la natural historia de la ciudad y sigue siendo una asignatura pendiente.
De siempre, pero sin chicha ni consistencia, se hablaba de una Reina de Portugal, que habría vivido en Huelva, aún hoy dudo mucho que en la asignatura de historia, se conozca y mucho menos siquiera se recorra de puntillas éste como otros personajes ilustres, que activa o pasivamente, de algún modo han marcado el carácter genético de la ciudad.

La hija mayor de la Princesa de Éboli, Ana de Silva y Mendoza, - casualmente la que da nombre al Coto de Doñana- se casó con Alonso Pérez de Guzmán, séptimo Duque de Medina-Sidonia. Ana y Alonso fueron padres de Juan Manuel Pérez de Guzmán (el octavo Duque de Medina-Sidonia), cuya hija (y por tanto bisnieta de la princesa) Luisa María Francisca de Guzmán se casó con el Duque de Braganza (Portugal) al que incitó a rebelarse en 1640 contra Felipe IV, llegando él a ser el Rey Juan IV de Portugal, y ella primero Reina y luego regente en la minoría de su hijo.

Pues bien, Luisa María Francisca de Guzmán, es hija natural de Huelva, y así consta su bautismo en el índice onomástico, en su llibro 1º, folio 284, de La Iglesia Mayor de San Pedro de Huelva y con esta reseña que certifica tal hecho.

“En la Villa de Guelva (sic) jueves veinte y cuatro días del mes de octubre año de nuestro Salvador Jesu Cristo de mil y seiscientos y trece años yo el licenciado Diego Muñiz de León visitador General del Arzobispado de Sevilla baptizé a Doña Luisa Francisca hija del señor don Alonso de Guzmán el bueno y de la señora Doña Juana de Sandoval condes de niebla: Fue su padrino el señor don Gaspar Alonso de Guzmán el bueno marqués de Casaza y le advertí de la cognación espiritual y lo firmé fecha tu supra. Diego Muñiz de León=(rubricado))



Los condes de Niebla y duques de Medina-Sidonia eran también Los Señores de Huelva. La idea era que los herederos de los duques (los condes de Niebla) antes de acceder al ducado y a todas las posesiones aprendiesen “el oficio” en Huelva, donde sus decisiones no tendrían tanta repercusión y así podrían prepararse para sus funciones futuras. Este es el modo de cómo, Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga residió en Huelva durante varios años y aquí tuvo la mayor parte de su descendencia: Ana Francisca, Baltasar Enrique, Juana Francisca, Francisco Antonio y Luisa Francisca. Todos ellos bautizados en la iglesia de San Pedro y enterrados (excepto Luisa Francisca) en la cripta de la iglesia del Convento de la Merced, hoy catedral.

Los niños de Huelva siempre hemos corrido con la sombra de que ésta era una ciudad de segunda, sin historia, o al menos sin más de una, sin apenas monumentos, todo ese enfoque promovía que los administradores e industriales carecieran del orgullo necesario y mediasen sin demasiada capacidad de decisión o de gestión ante la vecina y capital de la región, Sevilla. Esto es a lo que nuestros ilustres gobernantes, alcaldes y prohombres por su ignorancia e inercia nos avocaron, y sus prioridades muestran el diseño de la ciudad, sus fiestas y su ritmo, todos ellos pasan casi siempre por lo perecedero y temporal. El provincianismo industrial, que solo buscaba el beneficio personal, fue una clave tanto en el desarrollo industrial como en el social o cultural.

Haber olvidado el circunstancial papel que la historia resolvió a favor de Luisa de Guzmán no tiene excusa. Esta mujer fue precursora de la independencia de Portugal del Reino de España que comandaba Felipe IV. Tales eran las turbulencias en las cortes de España y Portugal, que Felipe IV trató en vano, utilizar la política matrimonial como lo hicieran sus antecesores, para trazar lazos de sangre que aseguraran la Monarquía como cabeza de España.

Ante la falta de infantas reales para casar, por costumbre, se solía acudir a hijas casaderas de la alta nobleza. Una de las uniones que sus consejeros consideraron más importantes fue la de la hija mayor del VIII Duque de Medina Sidonia con Juan, Duque de Braganza. Pensaba Felipe IV que las raíces enlazadas de los linajes de Braganza y de Guzmán servirían para disipar los peligros de hipotética segregación. No era de extrañar que el Duque de Braganza casase con la ambiciosa Luisa de Guzmán y que la propia madre del Duque fuese una española, Doña Ana Fernández de Velasco, hija de los Duques de Frías, nada menos que Condestable de Castilla.

Tal y como certifica entre otros, el también historiador Carlos Núñez Jimenez en su tratado sobre “El Linaje de los Guzmanes”, ” Heredó su hijo Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Sandoval, 9º Duque de Medina Sidonia y 12º Conde de Niebla, era éste hermano de Luisa Pérez de Guzmán, nació ésta en Huelva donde se bautizó el 24 de octubre de 1613, y se casó con Juan de Braganza, el 19 de diciembre de 1632, este matrimonio trajo para España, la separación de Portugal”.
Sólo unos años después de casados, El Rey Juan IV y su esposa Luisa de Guzmán, promovieron la rebelión, dando comienzo con ellos la Dinastía de Braganza y siendo el final del reinando en Portugal de la Dinastía de los Habsburgo.

Esto que cuento en breve, no tiene ni más ni menos importancia, solo la justa, y para mí como niño en aquellos días, hubiese sido importante también percibir que hubo gente muy cerca de donde jugábamos, que tuvieron un papel primordial en la historia de España, alguien que como nosotros éramos de esa ciudad o naturales como se suele decir, en cambio casi siempre todos los referentes eran Colón y los Ingleses, cuando hay muchas otras cosas que deberían compartir ese primer plano, cosas de las que enorgullecerse o avergonzarse según se mire, pero reflejos de un modo de ser.
Siempre pensé que ante el empeño de “otros vecinos” de vernos como “inferiores” había algo que en los genes nos decía que podíamos ser diferentes pero nunca inferiores. Pero estos asuntos, al igual que ahora, no eran de interés preferente y así muchos hijos de esta ciudad, desconocen muchos hechos que en este rincón discurrieron, y tanto esta historia como la mía más pedestre confluyen en los mismos lugares.
La calle Palacio de un modo silencioso da fe de que en sus límites, vivieron estos ilustres huéspedes y que como no puede ser de otro modo, y como en tantos casos, aquella finca, El Palacio de los Duques, el terremoto de 1755, el llamado terremoto de Lisboa hizo desaparecer.

… Las Calles Mora Claros o Botica, Méndez Núñez y Puerto en sus esquinas adyacentes dibujaban un triángulo perfecto, y acceder a la plaza de las Monjas solo era cuestión de andar un par de minutos más en sentido norte.
Ese era el territorio y los caminos permitidos bajo el control de mi madre, no podías salir de estas fronteras virtuales, pero vas creciendo y ganando en confianza y aumentando la curiosidad y gracias a ella ampliando percepciones, ganando en seguridad y orientación.
Así que descubrir la calle Palacio y Concepción como camino alternativo para volver a Mora Claros, no sólo supuso tropezar intuitivamente con la historia de la ciudad sino un modo diferente de escapar de la amenazadora mirada, de alguno de aquellos dulces tontos que tan diezmada tenían las calles con su sola presencia.

De todos es conocido que en la corte, tontos y damas eran comunes y nosotros no íbamos a ser menos.


1 comentario:

  1. Caramba. Me ha parecido muy interesante. Y ese negrote cantando...

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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