Hotel Granada XII.

Entre Fantomas y Hard Day's Night.

Tras la firme decisión de mi padre de salir de Huelva, dejando detrás de sí una familia en plena madurez, rota y sin un horizonte firme hacia el que dirigirse. Las horas, unos tras otras, iban modificando y acomodando el paisaje a la nueva situación.

Cada cual iba imaginando un escenario en el que encontrar el sosiego necesario, la paz que había desaparecido de un modo tan inesperado.
Si algo tiene el minutero, es facilitarte acomodo, y darte la oportunidad de nuevas expectativas.

Mi padre ya estaba situado en la Francia de Charles de Gaulle, mi madre ejercía a toda máquina de modista, y mis hermanas cumpliendo años para convertirse en guapas chicas a las que el vecindario lanzaba piropos. Yo mientras tanto, no dejaba de observar el constante ir y venir de las estrellas y como sucumbían al amanecer con la presencia del astro rey, de la misma manera más aturdido que consciente trataba de encajar cuantos acontecimientos se producían en mi diminuto mundo.
Ya era un hecho que semana si, semana no, emulando a Foucault, con una frecuencia constante, el correo trajese postales de Paris, que mi padre solía usar como medio de comunicación con nosotros, en especial conmigo por ser el más pequeño y por el que supongo tenía más predilección o simplemente era consciente de la desventaja, que su ausencia me había deparado.
Ese espacio entrañable cuyo rastro dejamos en ocasiones ver en nuestras manifestaciones, nunca lo advertí en aquellas palabras que me/nos dedicaba, y el tiempo hizo que solo fuera un modo de decir …me acuerdo de vosotros, pero la vida es así, y esta ha sido mi opción. También la casa se abstuvo de más implicaciones, de segundas lecturas, de más explicaciones.
Así es que las postales poco a poco se volvieron frías, distantes y parecían cumplir solo un propósito más cercano a la formalidad que a un espíritu paternal. No sé si ser tan independiente es más un efecto que parte de mi propia personalidad. Lo que si tengo claro, es que una vez que disfruto de ella, no sabría renunciar a este modo de ser. A veces los padres, sin querer también te protegen.

Para aquella ciudad provinciana en lo esencial, que tuvieses a un familiar en el extranjero, y más aún en Paris, no dejaba de ser ciertamente algo exótico, y tener este "contacto" en el exterior, tenía también su lado bueno. Ya fuese Notre Dame de Paris, les Champs-Élysees, o el Louvre, aquella ciudad fue formando parte de las instantáneas que la retina era capaz de sintetizar y conocer palmo a palmo esa ciudad, fue una cuestión de tiempo.
Superado el instante de la buena nueva, volvías a la misma velocidad al compás de tu nuevo espacio.

Los nuevos hábitos se habían impuesto, y el ajuste de responsabilidades entre mi madre y mis hermanas, habían hecho la casa más amplia y desahogada, y sin lugar a dudas más espontanea e independiente.
No tengo constancia de dependencia alguna, pues una vez roto el corazón en aquella primera y desatinada despedida, éste no se recuperó jamás y tan siquiera la admiración natural por la figura paterna se recobró ni con postales ni con galletas de chocolate y frambuesas venidas del extranjero. Era obvio que así sucediese pues el tiempo que compartí con él, ejerciendo como tal, se acercaba más al papel de progenitor. Debió ser así pues de eso sabe muy bien el corazón y no te adaptas a cualquier cosa a la primera de cambio.

Lo que si era un hecho, es que hasta entonces, le rendía una exclusiva admiración y curiosidad, aunque a veces no entendía ese especial interés por salir a la calle elegantemente vestido y perfumado, una cuestión de la que adolezco y por la que no siento el más mínimo interés.Solo los veranos, por vacaciones y durante una veintena de días al principio, el ámbito familiar quedaba completo, aunque no exento de tensión y discusiones. Reproches y desaires, hacían que el clima estuviese enrarecido, y la dependencia por cuestiones de índole formal se tenía que ajustar por algunas horas al día.

Aparte de esto, no hubo más coincidencias. Ni cumpleaños, ni santos, ni navidades, ni año nuevo, ni final de curso, ni ninguna otra festividad o circunstancia personal propia de cumplir años e ir haciéndote mayor. Mi padre se quedó preso de unas letras escritas en una postal y de allí jamás volvió a salir.

Cuando llegaba navidad, la casa a pesar de todo, cumplía el ritual familiar, y su ausencia en verdad no se hacía notar.
Todo dibujado, en el punto exacto dónde se sitúa una economía no dada a excesos ni a gastos superfluos, era una circunstancia condicional que por aquellos días, no andábamos sino más bien cortos. El ingenio de mis hermanas, su fidelidad y comprensión hacía que los cuatro pudiéramos llevar aquel entorno, con resolutiva dignidad y optimismo, aunque de puertas afuera éramos conscientes de nuestras ausencias y carencias.

El invierno solía coincidir con crisis de crecimiento, y raro era el año que no cayese enfermo de anginas. Así el practicante, a la antigua usanza, llegaba por las tardes-noches, con su diminuto maletín de cuero y en un plis-plas, montaba su oficina. Una caja de aluminio que contenía una jeringuilla de cristal. Otra caja más cuadrada y casi plana, donde estaban aquellas enormes agujas de acero con cabezal de bronce por donde se ajustaba a la jeringuilla, algodón y un bote de alcohol. El procedimiento solía ser, pedir un plato de loza, donde depositaba algunas agujas, después vertía un poco de alcohol y le prendía fuego. Unos segundos bastaban para desinfectar las agujas. Inmediatamente después encajaba aguja y jeringuilla, para clavarla sobre el bote con la penicilina y extraer la cantidad exacta. Expulsar el aire sobrante era la cuestión más importante, por cuanto se decía que si se escapaba una burbuja de aire en las venas, morirías en minutos entre grandes convulsiones, y además de no ser descabellado parecía posible que así fuera, por lo que solo había ojos para ese momento. Finalmente aplicaba un poco de alcohol sobre la zona a lidiar y después de unos galetes con los pulgares a modo de engaño, pinchaba e inoculaba la medicina en tu interior. Esta escena debido a aquella debilidad natural, de pillar catarros que luego desviaban a neumonías, fueron usuales y muy frecuentes, casi siempre en el mes de Diciembre una semana antes de la Navidad.
El reloj genético tenía esa manía.Durante los Inviernos, solía llover con fuerza, y anegarse las calles y amplias zonas cercanas al puerto era algo muy frecuente y una cuestión que solo se pudo corregir mucho tiempo después.

Así es, que si la noche anterior estuvo lloviendo y coincidía con la marea alta, lo normal era que a pocos metros de mi casa, ya aparecían las calles simulando una Venecia de temporada.

A pesar de los inconvenientes y los destrozos que la humedad causaba, en esta zona de la ciudad todo se reducía a su aspecto más bien estético, no así en los barrios más humildes, situados a las afueras, que si que vivían un auténtico drama, aumentando las diferencias y su nivel de penurias.
Esta cuestión del agua, resultaba muy dañina según en qué clase social te encontraras, a la vez que divertida para los niños.

En mi caso disfrutaba de una situación privilegiada y cuarenta y cuatro escalones me separaban de la calle y algunos metros más del nivel del mar. Aunque esa misma altura, también hacía que el cielo con sus nubes estuviesen más cerca, de modo que tener "goteras" en nuestro caso, fue un accidente climatológico que terminó en caos con los años y la falta de mantenimiento en los tejados.
Una especie de maldición que apega a los más humildes a tener una relación de parentesco con el agua venga por arriba o por abajo.
Si los inviernos eran así de peliagudos, atmosféricamente hablando, los veranos solían ser tórridos y muy calurosos, a la vez que festivos y alegres, al mismo tiempo que lentos, tediosos y sugerentes. Una estación abocada a la calma durante el día y a la vida social con la puesta de sol.La ciudad a mediados de junio se preparaba en parte, para el gran despliegue hacía las playas.
La clase social dominante, industriales, funcionarios y adscritos al Régimen, ya habían descubierto que pasar los veranos en la costa, era además de saludable una manera de marcar el territorio, como cuándo lo hacen los perros orinando de esquina en esquina.

Solo una parte de aquella sociedad era continuadora de la tradición que en Huelva, iniciasen por otras cuestiones, los doctores Mackay y Macdonald a comienzos del pasado siglo. Tío y sobrino, oriundos de Escocia, estos médicos reclamados por la Rio Tinto Company Limited , vinieron para atender a la población inglesa residente en la provincia de Huelva. Se instalaron en la zona alta de la ciudad, en las denominadas Viñas San Pedro más tarde conocida como calle Montrocal.
El arquitecto municipal Luis Monteiro diseña, en 1911, las casas para estos doctores siguiendo el canon británico. Más adelante y junto a estas se levantó la que fue la clínica de ambos, que gozó de gran prestigio y consideración.
Inexplicablemente ambos edificios han desaparecido en tiempo reciente, aplicando la máxima de que Huelva no tiene pasado ni a nadie importa, o al menos eso parece.
Lo cierto es que aquellos doctores, descubrieron la costa y las vírgenes playas de La Bota o Punta Umbría, instalando allí las primeras edificaciones, que al principio se utilizaban como balnearios a los que enviar a los afectados por asmas o enfermedades relacionadas con los pulmones.
No tardó en establecerse una vía de navegación que con pequeñas barcazas y finalmente con grandes canoas trasladaban a la gente desde el Puerto de Huelva a la misma Punta Umbría. Esta embarcación de tipo medio, con capacidad para 150 personas, fueron y son muy populares, y sus nombres son recordados en una alegoría entrañable, por aquellos viajes de treinta minutos entre marismas, que nos hicieron descubrir un espacio natural tan sorprendente como lo fuera Punta Umbría, sus inmensas playas, sus dunas o la ría. Así el más famoso de todos fue el Chimbito, y junto a él, el Ángela-Maria, La Pineda, Belleza de Alicante, Gloria, el María Luísa que ardiera en medio de la ría, o los precursores: Montenegro, el Vapor Isla de Saltes, o la canoa “el Rápido”.
La ausencia de infraestructuras hacía difícil que aquella zona fuese emergiendo, como así lo hizo en la misma medida que los avances en las comunicaciones, dispusieron de otras vías que facilitaron su desarrollo. Una sociedad que paralelamente corría la misma suerte y aquellos que mantenían un nivel adquisitivo alto, fueron adquiriendo grandes parcelas donde más adelante se construían enormes chalets en primera línea de playa en dura competencia con los que ya estaban allí establecidos de origen inglés y que hoy son un modelo y referente de arquitectura civil en la costa.
Mientras esa sociedad, despertaba del letargo de la dura posguerra y desviaban sus bienes en la compra de estas tierras, el resto era ajeno a tales beneficios y a tales estímulos.

Así el grueso de la ciudad, veraneaba en el Balneario de la Cinta situado en la Punta del Sebo.
El rio Odiel junto con el Tinto desembocan en Huelva, dibujando una especie de pirámide invertida. Y es de los dos, el Odiel, el más cercano a la ciudad, quién a lo largo de los años, propició que en su recorrido, la ciudad tuviese un fluido contacto con el agua como elemento.
Primero como ría, estableciendo en él, zonas de baños y de esparcimiento y después como vía de comunicación con el cercano Atlántico, siendo un motor generador de riqueza, mientras que el Tinto deambula entre esteros y marismas más abruptas y salvajes, como lo sigue siendo en la actualidad.
Una hermosa carretera discurría entre la ciudad y el punto más equidistante que culminaba con el Monumento a la Fe Descubridora, más conocido como "El Colon", entre enormes eucaliptos de más de 20 metros, cuyas copas convergían entre los árboles dispuestos en paralelo, a ambos lados de la carretera, y que cuándo soplaba el viento ya fuera de poniente o de levante, sus hojas se mecían y al hacerlo emitían un agradable bisbiseo. Llegaron a ser tan tupidos aquellos arboles compuestos de cientos de ramas cuajadas de miles de hojas, que en verano pasar bajo su enorme sombra junto a la fresca ría, a la vez que sonaba aquel concierto te proponía mil y una sugerencias en medio del estío.
Un tren y más tarde una línea regular de autobuses municipales, te acercaba al Balneario o poco más adelante a la playa de la Punta del Sebo, mucho antes, otra “playita” la de la “Gilda” en honor al personaje de la pelicula de su mismo nombre, un film interpretado por los exclusivos: Glenn Ford y Rita Hayworth, cuyo término quiso aceptar la voz popular, en donde no había parada.
Ir al Balneario a pasar el día, aprender a nadar, jugar con la arena, tomar una gaseosa "blanca" sin colorante de La Pitiusa , o coger cangrejos de los que tienen “bocas”, unos cangrejos, que desarrollan enormemente sus patas anteriores a modo de pinzas como elemento de defensa, y que nos limitábamos a quitárselas devolviéndolo al lodo, a sabiendas que este miembro vuelve a desarrollárseles, o participar en aquellos concursos de castillos de arena, en los que solo por concursar tenías derecho a tomar uno o dos refrescos, y así los días, como las horas, unas tras otras iban dando cabida a toda clase de descubrimientos.

Mientras, en la Avenida Francisco Montenegro, como jugando al escondite, entre las ramas, los rayos de sol se escapaban y a saltos iluminaban con desigual dimensión el camino. Una delicia sentenciada a desaparecer por aquellos días, con la aprobación del Plan de Desarrollo.El Gobierno de Franco aprobó el Decreto de 30 de junio de 1964, que apostaba por la construcción del Polo de Promoción Industrial, un proyecto que cambiaría el perfil de la ciudad en términos absolutos. Entre 1964 y 1972 se crearon once polos. Durante el primer plan, siete: Burgos, Huelva, La Coruña, Sevilla, Valladolid, Vigo y Zaragoza; y durante el segundo, cinco: Córdoba, Granada, Logroño, Oviedo y Villa García de Arosa. Despega el sector químico, despega la construcción, sobre todo en zonas turísticas, y despega la industria automovilística con el Seat 600 y la empresa de camiones y tractores Ebro a la cabeza. España se convierte en uno de los 15 países más desarrollados del mundo.
Todavía está por valorar qué de bueno aportó a Huelva el denostado Polo, pues para cuándo se desarrolló y comenzó a funcionar, fueron sobre todo contratados empleados que vinieron de otras provincias, debido a la escuálida formación universitaria de los locales. Por lo que su impacto solo se hizo notar con el tiempo, mientras que de la misma mano el absoluto descontrol sobre los vertidos industriales y contaminantes, hicieron desaparecer la vida de su entorno, volviendo árida y estéril su fértil y admirada ría.
Pero aquella revolución era un mastodonte de difícil comprensión, por lo que la industria que ocupó la avenida Francisco Montenegro con la aquiescencia de las autoridades y prohombres de la ciudad, engulló cual dragón de un solo bocado a la Huelva que hasta entonces existió.
Pero los veranos de este sur, están llenos sobre todo de calor, brisas, granizadas de limón, helados de turrón, contemplar las estrellas de madrugada en las terrazas, oír el silencio de las calles, la radio y los cines de verano.

Mi casa distaba tan solo una manzana del Terraza Palacio, un cine de verano céntrico y muy popular,un eslabón más de la voluntad de un hombre que de la nada, que a base de inteligencia, sacrificios y tesón, supo crear un imperio económico: Sánchez Ramade. Desde mi terraza, podía ver un trozo de pantalla y sobre todo oír los diálogos. A veces el viento era del sur, y las ondas transportaban con más claridad las voces y si cerrabas los ojos podías casi ver la película. Así es que tenía sesión de cine todos los días del verano, a partir de las nueve y media de la noche. Pero fué Fantomas, un personaje francés, quién se haría dueño del cielo, de uno de aquellos veranos. Una estética absurda y provocadora, que lucía una espantosa máscara de escaso gusto para venir de Francia. Aunque descubriéramos tarde, que aquellas historias tenían su origen en Argentina. De Fantomas se hicieron series en televisión y varias películas. Fue tal la repercusión, que en los veranos siguientes, esperaba que, en cualquier momento, Fantomas apareciese por aquel trocito de pantalla con el que los dioses me habían regalado. Jean Marais y Louis de Funes, se hicieron sin pretenderlo entrañables.

El verano de 1965, llegó a Madrid una auténtica revolución. Era además el año de El Cordobés, un torero ajeno a la ortodoxia que llenaba las plazas. Manolo Santana, gana el trofeo de Wimbledon abriéndonos puertas al mundo exterior. Mientras que Franco, ordena que José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván, Mariano Aguilar, Montero Díaz y García Calvo fueran apartados de sus puestos docentes en las Universidades de Madrid y Barcelona acusados de incitar a actividades subversivas. Además muere el celebrado Nat King Cole y es asesinado el desconocido Malcolm X.

Pero aquel verano del 65, pasará a la historia por ser el año en el que la plaza de toros de Las Ventas, vibraba en directo con aquellos melenudos venidos de Liverpool. El 2 de julio, los Beatles nos inundaron de sensaciones hasta entonces desconocidas. La revolución Pop por fin estaba en España y aquella marea de emociones ya sería imparable. Los Beatles componían e interpretaban canciones suaves si se comparaban con el furor de los Rolling Stones. Lennon, McCartney, Starr y Harrison, a fin de cuentas, habían sido reconocidos hasta por la corte británica como emblemas. Personas sensatas y admirables como para ser incluidas en la Orden del Imperio Británico. Pero en España todo se limitaba a llamarles “melenudos”.
Se alojaron en el Hotel Fénix, Situado en el Paseo de la Castellana de Madrid, hoy El Gran Meliá Fénix, en las habitaciones 122, 123 y 124.
Al son de las melodías del Hard Day's Night, los jóvenes y los incipientes proyectos como yo, sintieron la necesidad de saltar y agitarse, aquello sí que fue una revolución, ¿quién necesitaba nada más?.

Los veranos con sus sonidos son una mezcla de sensaciones, y además del calor, la brisa al atardecer, las granizadas de limón de La Ibense, los primeros helados de turrón, contemplar las estrellas de madrugada en las terrazas, oír el silencio de las calles, la radio y los cines de verano, tienen algo, que hace que los sueños sean posibles.

4 comentarios:

  1. No es fácil, nada fácil, Adolfo, esto de abrir la caja de Pandora de tu biografía, y navegar (aunque se que gusta) entre emociones, sin embargo me parece valiente y te estoy agradecida porque es algo íntimo que compartes con nosotros. Te leo muy interesada e intento sentir lo que sientes. Marisa

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  2. Es más un relato, con matices autobiográficos y registros documentales al hilo de la historia, aunque descrito en primera persona, no se trata de hacer-me ningún tipo de terapia ni nada parecido, es un ejercicio de memoria, de análisis y de reflexión en voz alta. Si en algo esta aventura te conmueve habrá servido para algo. Un besote Marisa. Adolfo.

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  3. Aquí sigo, enganchada al Hotel Granada, conociendo aquella Huelva que en la actualidad, ya sea por haber nacido o por haber llegado a ella después del Polo, es una gran desconocida para muchos de los onubenses.
    ¡Qué pena, Adolfo! ya no hay balneario, ni playa; nos han condenado a vivir vueltos hacia tierra.
    Gracias por tu relato.

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  4. Querido Adolfo, gracias por compartir todas estas vivencias.
    Te regalo uno de aquellos maravillosos días de playa en nuestra querida ría, que jamás volveran.

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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