Hotel Granada XIII.

Mincemeat, el engaño.
A veces ocurre que tienes la sensación, de que ese escenario en el que te encuentras, crees reconocerlo de otra ocasión, tienes tanta familiaridad con él que te impulsa a pensar que ya estuviste allí, incluso puedes anticipar la acción que se va a desarrollar. Te induce a pensar que no solo vivimos lo que percibimos como real en el instante justo en que ocurre, sino que hay otros niveles de comunicación o de percepción de las cosas.

La magia de la confusión, el aturdimiento de los sentidos, o lo abstracto del pensamiento es lo que de algún modo también nos define como seres humanos. La tendencia a imaginar situaciones irreales como posibles, nos induce a crear nuevos escenarios, que contienen aunque inexistentes todos los argumentos dramatizables de un posible final.
La imaginación así, elabora unos guiones exquisitos cuyo director son unas veces el miedo, el odio, la pasión, la envidia o la avaricia. Unos lo escriben, otros los interpretan.
Aún guardo una vieja foto tomada en la playa de Isla Cristina, instantes antes de la aparición de un tremendo remolino. Con aquellos escasos años y con aquella escueta hechura -quién podría decirlo-, un sencillo bañador de algodón y un pequeño balón, aquel niño con escasa facultades para el balompié, trasteaba trás el objeto cilindrico, teniendo como oponente al mismo señor viento, cuyas ráfagas cruzaban la playa en aquella jornada matinal, al mismo tiempo que impulsaba el balón siempre más atrás con que la fuerza del niño podía devolver en su turno el objeto al fantasmal oponente.

En estas idas y venidas, el juego hizo que la distancia con respecto al campamento base familiar, fuese mayor de la prudente, cuando de pronto una concentración enorme de aire, girando sobre si mismo comenzó a levantar arena, conchas, papeles... trazando una trayectoria en línea entre su ubicación y mi familia, quedando yo exactamente justo en medio.
Lo que ocurrió a partir del momento, en que el monstruo elevó su forma sobre la playa, y la inmediatez de que en su camino me absorbiera, solo provocó momentos de angustia y confusión entre mis padres y hermanas, que contra el viento se afanaban en darme instrucciones para que saliera de aquella zona, mientras que la circunstancia hacía imposible que les oyera.

El drama parecía inevitable dado que el frágil balón fue reclamado por la espiral, y resulto de lo más curioso verlo girar hasta perderlo de vista. Durante unos instantes todo se enturbió y todos los allí presentes tuvimos que cerrar los ojos para evitar que la tierra entrara en ellos.

Lo extraordinario fue que aquel fenómeno, atravesó por el punto mismo en el que me encontraba, incluso me permitió pasar sobre su mismo corazón, dónde había silencio y contrastaba la enorme claridad central frente a la nube de polvo, formada de pequeñas particulas que giraban formando u circulo subrreal. En unos pocos segundos fui arrebatado del poder de aquel diablo por mi padre que placando me sustrajo y tan agitado como nervioso me devolvió al escenario familiar ya preso de la histeria, los gritos, sollozos y la consternación por lo que se había vivido hacía unos instantes.

Mi madre no paraba de decir que estuve a punto de salir volando, y aunque ella no lo creyese, la experiencia no fue tan dramática cómo la imaginaba, al fin y al cabo, no estás todos los días en el ojo del huracán, aunque tenga el tamaño de un remolino grande. Estoy convencido que siendo como soy, durante aquellos escasos instantes, aproveché para curiosear cuanto pude, de hecho tengo la percepción de haber visto desde el interior, una especie de cilindro que se alargaba hacia las nubes y cuya verticalidad la perdía por tramos, imitando a las bailarinas que hacen del vientre en conjunción con las caderas, una cadencia en el ritmo. Creo que ese instante me hizo ser diferente o acentuó aún más mi modo natural de ser.

Por lo general las playas de cualquier punto geográfico del planeta, guardan en su memoria historias, leyendas, o la presencia de barcos fantasmas que en alguna ocasión transitaron por sus costas.

Cuando las tardes del verano, invitan y paseo por las playas que discurren entre Punta Umbría y el Rompido, ya sea el Portil, La bota o la misma Punta Umbría, siempre me sustrae el recuerdo de la aventura que aquellas aguas oceánicas vivieron en la primavera de 1943.


Álvaro Otero supo documentarlo muy bien y El Pais Semanal lo publicó el 7 de Noviembre de 2004.

"Era el amanecer del 30 de abril de 1943 cuando el marinero José Antonio Rey, que pescaba el boquerón en su patera frente a la playa de La Bota, en Punta Umbría (Huelva), divisó un bulto flotando en la mar encalmada. Al descubrir que se trataba de un cuerpo, lo izó a bordo y se lo llevó a la orilla. “Tenía la cara ennegrecida, como si estuviera chamuscada”, habría de contar luego, “vestía uniforme militar, calzaba botas y llevaba una cartera atada al uniforme”.

Un pequeño grupo de curiosos se arracimó alrededor del cadáver, de cuyo hallazgo se dio conocimiento a las autoridades. Sin saberlo, José Antonio Rey acababa de aportar su involuntario grano de arena a una de las operaciones más sagaces y secretas de la II Guerra Mundial: tan sagaz que logró cambiar el rumbo del conflicto a favor de las tropas aliadas, y tan secreta que, 61 años después, sigue rodeada de misterios sin resolver. El gran desembarco del sur. El gran desembarco aliado en el sur de Europa fue aprobado por Churchill y Eisenhower en la Conferencia de Casablanca, celebrada en enero de 1943. Se llevaría a cabo en el mes de julio de ese mismo año a través de Sicilia, por lo que el primer ministro británico dio instrucciones a sus servicios de inteligencia para que tratasen de despistar al enemigo con la idea de que tendría lugar en Grecia y Cerdeña.

El comandante Ewen Montagu, miembro de la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo británico, decidió diseñar un plan que engañase por completo a los alemanes. Consistiría en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un supuesto piloto que habría muerto ahogado tras estrellarse su avión. El piloto portaría información confidencial en la que se identificaría claramente a Grecia y Cerdeña como objetivos del desembarco aliado, y esa información tendría que llegar a manos de los alemanes.
Eligieron la costa onubense por tres razones fundamentales: la primera porque quedaba en la ruta aérea entre Inglaterra y el cuartel general aliado en Argel; la segunda porque, aunque en teoría España era un país neutral, en la práctica el régimen del general Franco apoyaba a Hitler y daba cobertura a sus servicios secretos, y la tercera porque precisamente en Huelva operaba Adolf Clauss, el mejor espía alemán del sur de Europa.

El 007 alemán. Todo un personaje, Adolf Clauss. Tras estudiar agronomía, de joven había trabajado en plantaciones de café y cacao en la Guinea Española. Después se afincó en Huelva, se afilió a la Falange y durante la Guerra Civil se alistó en la Legión Cóndor. Al estallar la II Guerra Mundial se convirtió en jefe de la Abwehr (inteligencia militar alemana de la época) en Huelva, donde su padre ejercía de cónsul, y se instaló en una finca de La Rábida para crearse una cobertura de técnico agrícola y organizar comandos de sabotaje que salían de noche desde allí para colocar minas retardadas en las quillas de los mercantes británicos atracados en los muelles. Alto y delgado, osado y aventurero, culto y reservado, sin amigos, pero con multitud de contactos, a Clauss no se le podía escapar un cadáver como el del falso piloto. Y en efecto, como habría de reconocer Montagu años después de la guerra, “no nos defraudó”.
Otro punto delicado de la operación, que pronto fue bautizada por el equipo de inteligencia británico como Operation Mincemeat (literalmente, Operación Carne Picada), era el del cadáver. Según cuenta Montagu en su libro The man who never was, que publicó en 1953 con la autorización de su Gobierno, el eminente patólogo forense sir Bernard Spilsbury le aconsejó utilizar el cuerpo de un fallecido por neumonía. Los cadáveres de personas así fallecidas presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados, provocado, en el caso de los primeros, por líquido pleural. La diferencia, a juicio de Spilsbury, sería muy difícil de detectar. “No hay nada que temer de una autopsia española”, sentenció el soberbio forense inglés. “Para descubrir el engaño se necesitaría un patólogo de mi experiencia, y no hay ninguno en España”.

Quedaba, pues, elegir un cadáver, y en este punto es donde, como se verá más adelante, comienzan las medias verdades y los misterios que se perpetúan hasta la actualidad. Según la versión oficial de Montagu, localizaron a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital de Londres, y él mismo se puso en contacto con la familia y obtuvo su permiso para utilizar su cuerpo sin especificar los pormenores de la misión, aunque a cambio de prometer que recibiría cristiana sepultura. Entonces lo metieron en una cámara frigorífica a la espera de presentar el plan ante sus superiores y obtener su aprobación.

El nacimiento de William Martin. Churchill en persona aprobó el plan el 15 de abril de ese mismo año de 1943, y el equipo de Montagu se apresuró a construir una personalidad para el cadáver y definir los elementos que portarían sus ropas y su cartera, los detalles del cebo que haría tragar el anzuelo a los alemanes. Le llamaron William Martin y le dieron el rango de capitán de la Royal Marine en funciones de mayor. Adscrito al Cuartel General de Operaciones Combinadas, William Martin era hijo de John y de la difunta Antonia Martin, de Cardiff (Gales). Había nacido en marzo de 1907 y, por tanto, contaba 36 años recién cumplidos en el momento de su presunta muerte. Algo derrochón, le pusieron en los bolsillos una carta del Lloyds Bank fechada el 14 de abril en la que se le instaba a saldar un descubierto de 80 libras, y una factura de 53 libras por la compra de un anillo de boda para su novia, Pam.

También llevaba una foto y dos cartas de Pam que el equipo de inteligencia británico plegó y desplegó una y otra vez para simular que habían sido releídas obsesivamente por el joven piloto enamorado. Entre los efectos personales incluyeron un reloj, cigarrillos, cerillas, llaves, billetes viejos de autobús y dos entradas usadas para la comedia Strike a new note, representada en el teatro Príncipe de Gales de Londres el 22 de abril de ese año. También deslizaron entre sus ropas una factura del Club Naval de Londres por la estancia de seis noches (entre el 18 y el 23 de abril), una invitación a un club nocturno y, finalmente, su tarjeta de identidad, para cuya fotografía tuvieron que utilizar un doble porque el mayor Martin salía en los retratos con un irremediable aire de muerto. Por último, le pusieron una cadenilla con una cruz de plata alrededor del cuello y dos placas de identidad en las muñecas con la inscripción “Mayor Martin, R. M., “. Las siglas significaban Royal Marine, Roman Catholic. Interesaba que Martin fuese católico. Así se aseguraban que, si todo salía bien, sería enterrado en el cementerio municipal de Huelva, donde los espías alemanes se movían a su antojo.
Hasta aquí los aderezos; pero el verdadero cebo, guardado en la cartera de mano, constaba de tres documentos. El primero era una carta del general Nye, subjefe del Estado Mayor Imperial, al general Alexander, responsable de las fuerzas británicas destacadas en Túnez a las órdenes de Eisenhower. Una misiva entre dos amigos salpicada de confidencias en la que Nye hablaba de las playas griegas de Kalamata y Cabo Araxos, en el Peloponeso, como los puntos del gran desembarco, y de algún otro lugar del Mediterráneo que no especificaba. La carta añadía que Sicilia sería utilizada para desviar la atención del enemigo. El segundo documento era una carta de lord Mountbatten, entonces responsable de Operaciones Combinadas y, por tanto, jefe máximo de Martin al almirante Cunningham, comandante en jefe de la flota británica en el Mediterráneo. Escrita también en un tono personal, remataba con una broma envenenada. “Creo que encontrará en Martin al hombre adecuado”, decía Mountbatten, “pero le ruego lo vuelva a enviar apenas haya terminado el asalto. Podría, de paso, traernos algunas sardinas. ¡Están racionadas aquí!”. Los ingleses le llaman Sardinia a Cerdeña.

La broma, pues, le estaba señalando a los alemanes el segundo falso objetivo del desembarco. El tercer documento contribuía a dar veracidad a los otros dos, y se trataba de otra carta de Mountbatten al propio Eisenhower, en la que le solicitaba un prólogo para la edición americana de un folleto sobre operaciones combinadas. Tanto Mountbatten como Nye escribieron las misivas de su propio puño y letra para evitar que los alemanes descubriesen una eventual falsificación. No se podían cometer errores. Rumbo a Huelva. Tras la luz verde de Churchill, el cadáver de Martin se introdujo en un contenedor metálico de dos metros de largo por 60 centímetros de ancho con forma de cilindro y relleno de amianto. Cubrieron el cuerpo del mayor de nieve carbónica para retrasar su descomposición y grabaron en el cilindro la inscripción “Instrumentos ópticos” para disimular su contenido ante la tripulación del Seraph, el submarino elegido para transportarlo hasta la lejana Punta Umbría. Siempre según la versión oficial de Montagu, se decidieron por el Seraph porque su comandante, el teniente Norman Jewell, atesoraba, a pesar de su juventud, un amplio currículo en operaciones arriesgadas; pero luego veremos que quizá ésta no fue la única razón. Como el submarino estaba atracado en ese momento en la base de Holy Loch, en la costa oeste de Escocia, metieron el cilindro en una furgoneta y condujeron sin parar los 800 kilómetros que los separaban de Londres.
El Seraph zarpó finalmente, con el cuerpo del mayor Martin en su interior, a las seis de la tarde del 19 de abril, y navegó durante 10 días sumergido de día y en superficie durante la noche, hasta que el 29 de abril, según lo previsto, se posicionó a 1.500 metros de la costa de Huelva. Mediante el periscopio descubrieron la presencia de pescadores y tuvieron que esperar sumergidos a que llegase la noche. A las 4.15 del día siguiente emergieron finalmente, izaron el contenedor a cubierta y sacaron el cadáver de su interior. Martin había empezado a descomponerse, una especie de moho verde le cubría la cara, y la piel había empezado a despegarse de la nariz y las mejillas. Le inflaron el chaleco, rezaron por él una breve plegaria y lo depositaron con sumo cuidado en el mar. A las 7.15 enviaban, ya desde Gibraltar, una señal confirmando que, por su parte, la Operación Mincemeat había concluido. Espías en acción.

Una de las autoridades que se trasladaron a la playa de La Bota fue Mariano Pascual del Pobil, entonces juez instructor de Marina de Huelva. Tras ordenar el levantamiento del cadáver, Pobil se llevó la cartera de Martin para entregársela a quien, en su opinión, correspondía; esto es, al vicecónsul británico y amigo personal suyo, Francis Haselden. Pero Haselden era una de las pocas personas en España, si no la única, que estaban al tanto de la trama, precisamente porque su objetivo era evitar que le entregasen la documentación y propiciar así que cayese en manos de los espías alemanes.

Según la hija del vicecónsul ya fallecido, Elizabeth, Haselden escurrió el bulto pidiéndole a su amigo Pascual del Pobil que “siguiese los cauces oficiales y se lo entregase antes al comandante de Marina”. Las pertenencias de Martin seguían el camino correcto. La mañana del 1 de mayo, el cadáver fue depositado en la sala de autopsias del cementerio municipal de Nuestra Señora de la Soledad. Se llamó al forense titular de la ciudad, Eduardo Fernández del Torno, quien concluyó que Martin todavía estaba vivo cuando había caído al mar y que había muerto de asfixia por sumersión. Matizó, no obstante, que debía llevar entre 8 y 10 días en el mar, a pesar de que, sorprendentemente, no presentaba las típicas mordeduras de peces y cangrejos en las zonas blandas del cuerpo, como tantas veces había visto en los cuerpos de marineros ahogados. La cuestión era que, si llevaba ya 10 días en el mar, difícilmente podría haber dormido en el Club Naval de Londres el día 23, como atestiguaban sus facturas, e incluso haber ido con su novia, Pam, al teatro el día 22.

Todo un poco raro; pero, al parecer, los alemanes no repararon en ello. Porque Adolf Clauss, mientras el cadáver del mayor era diseccionado en el cementerio, ya estaba fotografiando toda la documentación de Martin con su Leika de alta precisión. Se cree que tomó las imágenes en la propia Comandancia de Marina de Huelva; no en vano, el comandante de Marina y el padre del espía, el cónsul Clauss, eran íntimos amigos. Poco después, la documentación original fue remitida al Estado Mayor de la Armada en Madrid, donde, ante la importancia del asunto, les faltó tiempo para avisar al jefe de la Abwehr en España, Gustav Leissner.

Los sobres y papeles fueron abiertos, fotografiados y cerrados por segunda vez en la Embajada alemana. Aunque no hubiera hecho falta. Clauss ya los había enviado a Berlín. La Embajada británica recibió finalmente la documentación, que fue enviada con urgencia a Londres para verificar si había sido manipulada. Los resultados fueron positivos. Montagu, como tantos otros secretos relacionados con este asunto, se llevó a la tumba el del sistema utilizado para saber si los alemanes habían abierto los sobres, pero se cree que habían puesto pestañas en los cierres. Y las pestañas ya no estaban. William Martin fue enterrado con honores militares el caluroso domingo del 2 de mayo, a las doce de la mañana, y días después se colocó una lápida de mármol sobre la tumba. El Almirantazgo difundió la noticia de su muerte y The Times del 4 de junio la publicó junto a la de otros dos oficiales que realmente habían muerto en accidente aéreo sobre el mar. Montagu comunicó a sus jefes el fin de la operación y éstos enviaron un escueto mensaje cifrado a Churchill, de viaje oficial en Washington: “Mincemeat swallowed whole” (“Carne picada tragada entera”). Ahora sólo cabía esperar al desembarco.

Hitler traga el anzuelo. Cuando, en la mañana del 10 de julio de 1943, las tropas aliadas desembarcan en el sur de Sicilia se encuentran la isla desguarnecida. Dos semanas después, Hitler sigue tan convencido de que el desembarco es una maniobra de distracción que envía al mariscal Rommel al Peloponeso. En efecto, se había tragado entera la carne picada de Martin, y para cuando quisiera darse cuenta, ya sería demasiado tarde. Al finalizar la contienda, las tropas aliadas descubrieron en la ciudad alemana de Tambach los archivos navales secretos del III Reich, y entre ellos aparecieron las fotografías de los documentos que llevaba el cadáver de Punta Umbría en la cartera.

También se descubrió el diario del almirante Doenitz. El 14 de mayo de 1943, tras una entrevista con Hitler, Doenitz escribió: “El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que el punto más probable de una invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido principalmente contra Cerdeña y el Peloponeso”. Mincemeat había sido un éxito, pero ¿había concluido? Es más: ¿ha concluido ya? En absoluto. Papeles desclasificados En 1953, el Comité Conjunto de Inteligencia británico, ante el riesgo de que apareciesen informaciones periodísticas fuera de su control, encarga a Montagu que escriba la versión oficial de la Operación Mincemeat.
El libro se convierte en un éxito de ventas e incluso da lugar a una película, El hombre que nunca existió, protagonizada por Clifton Webb.

Cuando en 1993, transcurridos los 50 años de secreto oficial, se desclasifica la mayor parte de los documentos de la operación guardados en la Public Record Office de la ciudad inglesa de Kew, la decepción de los investigadores es enorme al descubrir que ninguno revela la identidad del mayor Martin. Sin embargo, en 1996, un funcionario local, Roger Morgan, descubre unos papeles recién desclasificados donde se identifica el cadáver con el nombre de Glyndwr Michael, un mendigo nacido en Gales y muerto por suicidio con matarratas. Los periódicos se hacen eco del secreto finalmente desvelado tras cinco décadas de persistente misterio, y el Gobierno británico, apenas dos años después, encarga que se grabe ese nombre en la lápida de Huelva. Todo muy rápido. Demasiado rápido, según algunos, para ser convincente.

Jesús Ramírez Copeiro, ingeniero de minas retirado y residente en la localidad onubense de Valverde del Camino, lleva años estudiando, con el apoyo entusiasta de su esposa, la noruega Elin von Muthe, la Operación Mincemeat. Juntos han pasado meses enteros en archivos británicos y españoles, y él mismo publicó hace ocho años un fascinante libro, titulado Espías y neutrales. Huelva en la II Guerra Mundial, donde recoge el resultado de sus pesquisas. Desde la autoridad que le otorga el ser quizá el mayor experto mundial en este asunto, Copeiro es concluyente: el cadáver no podía ser el de un mendigo suicidado con matarratas. Hubiera sido demasiado burdo y demasiado fácil de detectar por los alemanes. El doctor Luis Concheiro, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Santiago y uno de los más eminentes forenses españoles, también se ha sentido atraído desde hace tiempo por los pormenores de esta operación. Concheiro disculpa a su colega onubense de la época diciendo que “hubiera sido fácil que confundiese el aspecto de un pulmón afectado por neumonía con los pulmones de un sumergido, pues si el análisis microscópico necesario para distinguirlos no se hace de forma rutinaria ni en la actualidad, mucho menos en 1943”. Los especialistas no hacen si no plantear unas dudas sobre la versión oficial que ya subieron de tono hace unos años, cuando otro concienzudo investigador del caso, el inglés Colin Gibbon, consiguió entrevistar al que entonces era uno de los últimos testigos vivos de la operación, el hombre que vio el cadáver antes de depositarlo en el agua: Norman Jewell, ex comandante del Seraph. Jewell “fallecido el pasado verano” fue bastante explícito: era muy improbable, dijo, que el cuerpo de un mendigo suicidado con veneno hubiera sido utilizado en la operación. Pero, entonces, ¿por qué tanto misterio? Las piezas comienzan a encajar.

John Steele era sólo un niño cuando el 27 de marzo de 1943 vio cómo frente a su pueblo, ubicado en el estuario del Clyde, en el noroeste de Escocia, un enorme barco explotaba y se hundía en un suspiro. Aquella imagen le obsesionó durante toda su vida, y cuando le llegó la jubilación se dedicó a investigar el que es uno de los episodios más trágicos y oscuros de la historia naval inglesa: el hundimiento del portaaviones HMS Dasher, que se fue a pique en sólo 18 minutos tras sufrir una explosión fortuita a bordo. Murieron 379 marinos, pero por alguna razón el Gobierno británico se limitó a enviar un telegrama a las familias y sólo enterró oficialmente 12 cuerpos. Ante la lluvia de reclamaciones, la respuesta fue “alto secreto”. Nunca se entregaron los cientos de cadáveres restantes ni se dieron más explicaciones. Cuando Steele publicó en 1995 la primera edición de su libro Los secretos del HMS Dasher todavía no había establecido relación alguna entre ese suceso y la Operación Mincemeat ni sabía que un tenaz ingeniero de minas de un pueblo del sur de España seguía concienzudamente los pasos del mayor Martin. Sus investigaciones causaron cierto revuelo, y, curiosamente, pocos meses después apareció el papel mágico en los archivos oficiales con el nombre del mendigo suicidado.
Estos tres hombres, Steele, Gibbon y Copeiro, entran finalmente en contacto, y, tras varias reuniones en Huelva y Escocia, las piezas del puzzle comienzan finalmente a encajar. Buceando en la documentación desclasificada, reparan en que Montagu se reunió con el comandante del submarino en Londres para comunicarle los pormenores de la operación el 31 de marzo de 1943, esto es, cuatro días después de haberse hundido el Dasher. En ese encuentro se le ordena que lleve el Seraph, que estaba atracado en la base de Blyth, al noreste de Inglaterra, hasta la de Holy Loch, en el noroeste de Escocia y a sólo 18 millas del punto donde acababan de morir, la mayor parte ahogadas, casi 400 personas. Montagu, en su libro, dice que trasladaron el cadáver desde Londres a Holy Loch conduciendo sin parar durante horas en una furgoneta. Pero si el submarino ya estaba atracado en Blyth, mucho más cerca de la capital, ¿por qué hacerle navegar cientos de millas hasta el noroeste de Escocia en plena guerra y en un mar lleno de peligros? “Pues la respuesta”, concluye Copeiro, “es que se utilizó uno de los cuerpos de los fallecidos en el hundimiento del Dasher” Todos los investigadores piensan lo mismo. Sólo así se explicaría la convicción de Hitler. Porque, por otra parte, también están convencidos de que los alemanes hicieron su propia autopsia. El hijo de Adolf Clauss, Federico, que reside en un pueblo sevillano, también lo cree. “Mi padre”, cuenta, “me dijo que se llevaron el cuerpo poco después del entierro, que lo metieron en un submarino alemán que se acercó en secreto a la costa y se lo llevaron a analizar a Alemania”. “Estoy convencido”, añade, por su parte, el doctor Concheiro, “que un patólogo alemán, en una segunda autopsia, habría realizado el análisis histológico de los pulmones y, por tanto, descubierto el engaño”. ¿Está, pues, la tumba del cementerio de Nuestra Señora de la Soledad vacía? “Es posible”, opina Copeiro. Pero por ahora es difícil que lo sepamos porque la voluntad de ocultamiento persiste. El ingeniero español lo sabe bien.

Cuando en 1993 quiso acceder, tras su desclasificación, a uno de los últimos y más secretos documentos de la Operación Mincemeat, el CAB 93/7, le negaron el acceso porque había pasado a situación de “préstamo permanente” (permanent loan). Al interesarse por el destino del préstamo, la respuesta le dejó estupefacto: el 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro. Allí escribió para solicitar una copia. Hasta la fecha no ha obtenido respuesta".

El hombre al que se conoció como Comandante Martin sigue enterrado en el cementerio de Huelva. Al convertirse Mincemeat en una leyenda, seguía el interrogante sobre la identidad de ese hombre. La lápida del cementerio lleva ahora su nombre real, pero seguirá siendo recordado como el Comandante Martin, que con su muerte, salvó miles de vidas y cambió el curso de la guerra.
En cuanto a Even Montagu, por su participación en la operación Mincemeat se le concedió la orden del Imperio Británico.

Una aventura de primer nivel. El espionaje y el contraespionaje durante y a lo largo de la II Guerra Mundial estuvo a la orden del día, y estas costas dibujaron sombras sobre la negra zarpa del fascismo más frío y calculador jamás conocido.

Hoy cuándo los niños se divierten, con las olas en las playas de este trocito del sur, los jóvenes enamorados se acurrucan entre las toallas para contarse sus secretos, las chicas nos deleitan con sus encantos en una apuesta por conseguir el moreno más imposible, y pasear se convierte en un lujo, al mirar al horizonte a veces la juguetona bruma de algunas tardes, te hace imaginar o creer ver el perfil del submarino HMS Seraph de nuevo navegando, girando una última visita a esta costa que les brindó el éxito, de una operación de alto nivel militar, y que sin duda jugó en favor de la victoria aliada y el fin del imperio alemán.

Desde el entierro de William Martin, siempre hay flores frescas en su sepultura, aunque durante años nadie supo quién las colocaba allí. En 2002 se reveló el secreto, era Isabel Naylor, hija de un trabajador inglés de la Rio Tinto Company Limited, que siguió la tradición que su padre inició cuando ella contaba 14 años. Ha sido condecorada por el gobierno inglés por ello.
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2 comentarios:

  1. Es curioso. Comparto contigo dos cosas: una, que a veces me pasan cosas que diría que ya habían pasado antes pero no es cierto. Y dos, el artículo que mencionas de El País que yo leí en su momento.
    Un saludo.

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  2. A Josep.
    Es un orgullo que hayas recalado en este blog tan personal, y es un honor que tengamos coincidencias. Te invito a compartir las causas de interés común y las que nos separan, será todo un gustazo aprender de tu experiencia. Lo dicho muchas gracias por tu visita, espero que se repita. Saludos, Adolfo.

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