Cruce de caminos.

Cuando la noche ocupa todo el espacio que le es posible, otras sombras se abren paso a través de las vacías y silenciosas calles de cualquier ciudad. Las luces y las sombras se mezclan en una ballet con silenciador. A diario esas manchas de color se pasean por todos los rincones de la ciudad. Entre otros universos, les toca el turno a los desheredados, eso que huelen mal, están curtidos por el sol incesante de media mañana, y visten con ropa de invierno en pleno verano.

La estampa la capté por casualidad, pero solo habría sido necesario algo de paciencia, y quedarse a esperar en cualquier ángulo de aquellas calles.

Cuándo nos cruzamos, apenas nos miramos a los ojos, aunque cuándo estaban a una distancia discreta los volví a observar, y fue el momento en que apreté el disparador de mi cámara réflex.

Más tarde supe que aquella pareja decidió unir sus soledades y compartir lágrimas y desperdicios, así como juntar sus sombras y las de Raúl, el pequeño perrito que les acompañaba, un hijo a todos los efectos, o más por su probada lealtad y el cariño que les profesaba.

Al parecer quiso el destino que para ella solo existiera la calle, los soportales, o los cajeros del BBVA como espacios en los que soñar abrazada a si misma, acurrucada entre cartones de DOLCE & GABBANA, olvidándose que un día, fue madre, esposa, que hacía planes, que tenía objetivos.

Un hijo desviado, mal aconsejado, perdido, enganchado, que terminaría pegándola, desvalijando la casa, que hizo huir a su marido, dejándola abandonada en aquellas circunstancias, y que finalmente un día la arrojase a la calle, donde no supo reaccionar. Abatida, quemada, loca, sin fuerzas, no quiso luchar, y así abandonada deambuló por la ciudad, volviendo cada noche a mirar su casa, la luz que encendida iluminaba lo que era el salón, su salón, donde tantas noches ella descansaba, o esperaba, o simplemente cansada se echaba una siestita. Algunas mañana lo esperaba, incluso llegó a cruzarse con él, con su niño, aquel muchacho que fue creciendo entre balones de fútbol y Copas de Europa, un joven que apenas la reconocía, que la apartaba, que no quería saber más de ella, porque andaba más enfermo que cuerdo. No supo aguantar más y comenzó un largo peregrinaje de ciudades, de olores, sonidos y sabores diferentes, en soledad, llena de amargura y lamentando la cobardía que le impedía acabar con todo aquello, con ella misma. En esas conoció a su actual acompañante.

Con tan solo sesenta años, parecía mucho mayor, y es que vivir cambiando de domicilio cada noche, sin saber que comer al día siguiente, deteriora.

Él había sido músico, un hippy en toda regla en un país que no supo de aquella revolución sino años más tarde, cuando el LSD había estropeado a cientos de jóvenes que creyeron que vivir en paz y armonía, compartiéndolo todo podría ser posible y que como era su caso, terminaron enganchados al maldito caballo. Aunque de aquello hacía años que no quedaba ni restos, solo soledad, angustia y una mirada que no esperaba ver nada más que un cartón de vino olvidado en cualquier contenedor de basura o una lata de sardinas en aceite de las de oferta y que algunos solo compran por el regalo de plástico que dan, y que tiran sin ningún pudor.

Ahora aquellos dedos agrietados, hinchados, llenos de marcas, sangre coagulada de mil cortes, no podrían hacer música, ni rasgar aquella guitarra acústica de doce cuerdas, esmaltada en negro con la que entonaba canciones de su admirado Dylan, y su "Just like a woman" que también sabía entonar.

Después de un largo y duro proceso de recuperación para desengancharlo del LSD, paso por todo tipo de drogas menores y la calle y la falta de efectivo, le brindó solo la posibilidad de tomar lo que en ella encontrase. La calle le devolvió la cordura, lo curó a base de frío, hambre, navidades de añoranzas, de tantas carencias.

Ahora estaba equilibrado, desheredado, abandonado pero equilibrado. Sobrevivir era una tarea diaria.

En una de esas noches, en las que huyes de la lluvia, en busca de un mejor refugio, de portal en portal, de cartón en cartón, coincidió con ella, se miraron, permanecieron distantes y en silencio, y la noche les pudo, y fue así como convergieron y decidieron hacerse compañía.

Hace unos meses, del mismo modo, escucharon los lamentos de un pequeño chucho que estaba enganchado a una farola de las afueras de la ciudad, parecía como si estuviese allí varios días, esquelético y tembloroso. Lo soltaron, lo acariciaron y compartieron con él un trozo de pan y mortadela de esas que tiene trozos de aceitunas, un poco de agua y más caricias. El chucho no se despego de ellos, ni hubo necesidad de ponerle ninguna correa. Hoy responde al nombre de Raúl. Uno y otro tienen diferentes razones para llamarlo así, pero os juro que es tan cariñoso como un niño, y que enternece verlos juntos.

Las noches están llenas de sombras con mil historias que contarnos, aunque nuestra debilidad solo nos permita observarlas de lejos.

Fotografía y textos: A. Morales (c) 2009

3 comentarios:

  1. Geniaaal, Denavegantes!!!! Me ha encantado el texto y tu trabajo con la foto... es un post muy sensible y muy bonito... un regalo. Besos enormes de buenos días.

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  2. Ay.. tú lo has dicho Denavegantes: nuestra debilidad nos impide acercarnos. Que amargo! Vivir en la calle es duro porque pesa más el equipaje de la soledad, del desamparo que todos los bártulos que puedan llevar. Es difícil salir de ahí, aún con ayuda. Es difícil volver a confiar en el ser humano, en la propia integridad. La barrera de la cordura es tan frágil y el frío es tan crudo...
    Me gusta como escribes. Un saludico

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  3. Saludos Ginebra y M. Es una historia con un argumento fácil, la realidad me temo que es aún mucha más cruel y los tres lo sabemos. Es la sociedad del "sálvese quién pueda", hemos avanzado realmente poco.

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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