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Hotel Granada XIII.

Mincemeat, el engaño.
A veces ocurre que tienes la sensación, de que ese escenario en el que te encuentras, crees reconocerlo de otra ocasión, tienes tanta familiaridad con él que te impulsa a pensar que ya estuviste allí, incluso puedes anticipar la acción que se va a desarrollar. Te induce a pensar que no solo vivimos lo que percibimos como real en el instante justo en que ocurre, sino que hay otros niveles de comunicación o de percepción de las cosas.

La magia de la confusión, el aturdimiento de los sentidos, o lo abstracto del pensamiento es lo que de algún modo también nos define como seres humanos. La tendencia a imaginar situaciones irreales como posibles, nos induce a crear nuevos escenarios, que contienen aunque inexistentes todos los argumentos dramatizables de un posible final.
La imaginación así, elabora unos guiones exquisitos cuyo director son unas veces el miedo, el odio, la pasión, la envidia o la avaricia. Unos lo escriben, otros los interpretan.
Aún guardo una vieja foto tomada en la playa de Isla Cristina, instantes antes de la aparición de un tremendo remolino. Con aquellos escasos años y con aquella escueta hechura -quién podría decirlo-, un sencillo bañador de algodón y un pequeño balón, aquel niño con escasa facultades para el balompié, trasteaba trás el objeto cilindrico, teniendo como oponente al mismo señor viento, cuyas ráfagas cruzaban la playa en aquella jornada matinal, al mismo tiempo que impulsaba el balón siempre más atrás con que la fuerza del niño podía devolver en su turno el objeto al fantasmal oponente.

En estas idas y venidas, el juego hizo que la distancia con respecto al campamento base familiar, fuese mayor de la prudente, cuando de pronto una concentración enorme de aire, girando sobre si mismo comenzó a levantar arena, conchas, papeles... trazando una trayectoria en línea entre su ubicación y mi familia, quedando yo exactamente justo en medio.
Lo que ocurrió a partir del momento, en que el monstruo elevó su forma sobre la playa, y la inmediatez de que en su camino me absorbiera, solo provocó momentos de angustia y confusión entre mis padres y hermanas, que contra el viento se afanaban en darme instrucciones para que saliera de aquella zona, mientras que la circunstancia hacía imposible que les oyera.

El drama parecía inevitable dado que el frágil balón fue reclamado por la espiral, y resulto de lo más curioso verlo girar hasta perderlo de vista. Durante unos instantes todo se enturbió y todos los allí presentes tuvimos que cerrar los ojos para evitar que la tierra entrara en ellos.

Lo extraordinario fue que aquel fenómeno, atravesó por el punto mismo en el que me encontraba, incluso me permitió pasar sobre su mismo corazón, dónde había silencio y contrastaba la enorme claridad central frente a la nube de polvo, formada de pequeñas particulas que giraban formando u circulo subrreal. En unos pocos segundos fui arrebatado del poder de aquel diablo por mi padre que placando me sustrajo y tan agitado como nervioso me devolvió al escenario familiar ya preso de la histeria, los gritos, sollozos y la consternación por lo que se había vivido hacía unos instantes.

Mi madre no paraba de decir que estuve a punto de salir volando, y aunque ella no lo creyese, la experiencia no fue tan dramática cómo la imaginaba, al fin y al cabo, no estás todos los días en el ojo del huracán, aunque tenga el tamaño de un remolino grande. Estoy convencido que siendo como soy, durante aquellos escasos instantes, aproveché para curiosear cuanto pude, de hecho tengo la percepción de haber visto desde el interior, una especie de cilindro que se alargaba hacia las nubes y cuya verticalidad la perdía por tramos, imitando a las bailarinas que hacen del vientre en conjunción con las caderas, una cadencia en el ritmo. Creo que ese instante me hizo ser diferente o acentuó aún más mi modo natural de ser.

Por lo general las playas de cualquier punto geográfico del planeta, guardan en su memoria historias, leyendas, o la presencia de barcos fantasmas que en alguna ocasión transitaron por sus costas.

Cuando las tardes del verano, invitan y paseo por las playas que discurren entre Punta Umbría y el Rompido, ya sea el Portil, La bota o la misma Punta Umbría, siempre me sustrae el recuerdo de la aventura que aquellas aguas oceánicas vivieron en la primavera de 1943.


Álvaro Otero supo documentarlo muy bien y El Pais Semanal lo publicó el 7 de Noviembre de 2004.

"Era el amanecer del 30 de abril de 1943 cuando el marinero José Antonio Rey, que pescaba el boquerón en su patera frente a la playa de La Bota, en Punta Umbría (Huelva), divisó un bulto flotando en la mar encalmada. Al descubrir que se trataba de un cuerpo, lo izó a bordo y se lo llevó a la orilla. “Tenía la cara ennegrecida, como si estuviera chamuscada”, habría de contar luego, “vestía uniforme militar, calzaba botas y llevaba una cartera atada al uniforme”.

Un pequeño grupo de curiosos se arracimó alrededor del cadáver, de cuyo hallazgo se dio conocimiento a las autoridades. Sin saberlo, José Antonio Rey acababa de aportar su involuntario grano de arena a una de las operaciones más sagaces y secretas de la II Guerra Mundial: tan sagaz que logró cambiar el rumbo del conflicto a favor de las tropas aliadas, y tan secreta que, 61 años después, sigue rodeada de misterios sin resolver. El gran desembarco del sur. El gran desembarco aliado en el sur de Europa fue aprobado por Churchill y Eisenhower en la Conferencia de Casablanca, celebrada en enero de 1943. Se llevaría a cabo en el mes de julio de ese mismo año a través de Sicilia, por lo que el primer ministro británico dio instrucciones a sus servicios de inteligencia para que tratasen de despistar al enemigo con la idea de que tendría lugar en Grecia y Cerdeña.

El comandante Ewen Montagu, miembro de la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo británico, decidió diseñar un plan que engañase por completo a los alemanes. Consistiría en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un supuesto piloto que habría muerto ahogado tras estrellarse su avión. El piloto portaría información confidencial en la que se identificaría claramente a Grecia y Cerdeña como objetivos del desembarco aliado, y esa información tendría que llegar a manos de los alemanes.
Eligieron la costa onubense por tres razones fundamentales: la primera porque quedaba en la ruta aérea entre Inglaterra y el cuartel general aliado en Argel; la segunda porque, aunque en teoría España era un país neutral, en la práctica el régimen del general Franco apoyaba a Hitler y daba cobertura a sus servicios secretos, y la tercera porque precisamente en Huelva operaba Adolf Clauss, el mejor espía alemán del sur de Europa.

El 007 alemán. Todo un personaje, Adolf Clauss. Tras estudiar agronomía, de joven había trabajado en plantaciones de café y cacao en la Guinea Española. Después se afincó en Huelva, se afilió a la Falange y durante la Guerra Civil se alistó en la Legión Cóndor. Al estallar la II Guerra Mundial se convirtió en jefe de la Abwehr (inteligencia militar alemana de la época) en Huelva, donde su padre ejercía de cónsul, y se instaló en una finca de La Rábida para crearse una cobertura de técnico agrícola y organizar comandos de sabotaje que salían de noche desde allí para colocar minas retardadas en las quillas de los mercantes británicos atracados en los muelles. Alto y delgado, osado y aventurero, culto y reservado, sin amigos, pero con multitud de contactos, a Clauss no se le podía escapar un cadáver como el del falso piloto. Y en efecto, como habría de reconocer Montagu años después de la guerra, “no nos defraudó”.
Otro punto delicado de la operación, que pronto fue bautizada por el equipo de inteligencia británico como Operation Mincemeat (literalmente, Operación Carne Picada), era el del cadáver. Según cuenta Montagu en su libro The man who never was, que publicó en 1953 con la autorización de su Gobierno, el eminente patólogo forense sir Bernard Spilsbury le aconsejó utilizar el cuerpo de un fallecido por neumonía. Los cadáveres de personas así fallecidas presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados, provocado, en el caso de los primeros, por líquido pleural. La diferencia, a juicio de Spilsbury, sería muy difícil de detectar. “No hay nada que temer de una autopsia española”, sentenció el soberbio forense inglés. “Para descubrir el engaño se necesitaría un patólogo de mi experiencia, y no hay ninguno en España”.

Quedaba, pues, elegir un cadáver, y en este punto es donde, como se verá más adelante, comienzan las medias verdades y los misterios que se perpetúan hasta la actualidad. Según la versión oficial de Montagu, localizaron a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital de Londres, y él mismo se puso en contacto con la familia y obtuvo su permiso para utilizar su cuerpo sin especificar los pormenores de la misión, aunque a cambio de prometer que recibiría cristiana sepultura. Entonces lo metieron en una cámara frigorífica a la espera de presentar el plan ante sus superiores y obtener su aprobación.

El nacimiento de William Martin. Churchill en persona aprobó el plan el 15 de abril de ese mismo año de 1943, y el equipo de Montagu se apresuró a construir una personalidad para el cadáver y definir los elementos que portarían sus ropas y su cartera, los detalles del cebo que haría tragar el anzuelo a los alemanes. Le llamaron William Martin y le dieron el rango de capitán de la Royal Marine en funciones de mayor. Adscrito al Cuartel General de Operaciones Combinadas, William Martin era hijo de John y de la difunta Antonia Martin, de Cardiff (Gales). Había nacido en marzo de 1907 y, por tanto, contaba 36 años recién cumplidos en el momento de su presunta muerte. Algo derrochón, le pusieron en los bolsillos una carta del Lloyds Bank fechada el 14 de abril en la que se le instaba a saldar un descubierto de 80 libras, y una factura de 53 libras por la compra de un anillo de boda para su novia, Pam.

También llevaba una foto y dos cartas de Pam que el equipo de inteligencia británico plegó y desplegó una y otra vez para simular que habían sido releídas obsesivamente por el joven piloto enamorado. Entre los efectos personales incluyeron un reloj, cigarrillos, cerillas, llaves, billetes viejos de autobús y dos entradas usadas para la comedia Strike a new note, representada en el teatro Príncipe de Gales de Londres el 22 de abril de ese año. También deslizaron entre sus ropas una factura del Club Naval de Londres por la estancia de seis noches (entre el 18 y el 23 de abril), una invitación a un club nocturno y, finalmente, su tarjeta de identidad, para cuya fotografía tuvieron que utilizar un doble porque el mayor Martin salía en los retratos con un irremediable aire de muerto. Por último, le pusieron una cadenilla con una cruz de plata alrededor del cuello y dos placas de identidad en las muñecas con la inscripción “Mayor Martin, R. M., “. Las siglas significaban Royal Marine, Roman Catholic. Interesaba que Martin fuese católico. Así se aseguraban que, si todo salía bien, sería enterrado en el cementerio municipal de Huelva, donde los espías alemanes se movían a su antojo.
Hasta aquí los aderezos; pero el verdadero cebo, guardado en la cartera de mano, constaba de tres documentos. El primero era una carta del general Nye, subjefe del Estado Mayor Imperial, al general Alexander, responsable de las fuerzas británicas destacadas en Túnez a las órdenes de Eisenhower. Una misiva entre dos amigos salpicada de confidencias en la que Nye hablaba de las playas griegas de Kalamata y Cabo Araxos, en el Peloponeso, como los puntos del gran desembarco, y de algún otro lugar del Mediterráneo que no especificaba. La carta añadía que Sicilia sería utilizada para desviar la atención del enemigo. El segundo documento era una carta de lord Mountbatten, entonces responsable de Operaciones Combinadas y, por tanto, jefe máximo de Martin al almirante Cunningham, comandante en jefe de la flota británica en el Mediterráneo. Escrita también en un tono personal, remataba con una broma envenenada. “Creo que encontrará en Martin al hombre adecuado”, decía Mountbatten, “pero le ruego lo vuelva a enviar apenas haya terminado el asalto. Podría, de paso, traernos algunas sardinas. ¡Están racionadas aquí!”. Los ingleses le llaman Sardinia a Cerdeña.

La broma, pues, le estaba señalando a los alemanes el segundo falso objetivo del desembarco. El tercer documento contribuía a dar veracidad a los otros dos, y se trataba de otra carta de Mountbatten al propio Eisenhower, en la que le solicitaba un prólogo para la edición americana de un folleto sobre operaciones combinadas. Tanto Mountbatten como Nye escribieron las misivas de su propio puño y letra para evitar que los alemanes descubriesen una eventual falsificación. No se podían cometer errores. Rumbo a Huelva. Tras la luz verde de Churchill, el cadáver de Martin se introdujo en un contenedor metálico de dos metros de largo por 60 centímetros de ancho con forma de cilindro y relleno de amianto. Cubrieron el cuerpo del mayor de nieve carbónica para retrasar su descomposición y grabaron en el cilindro la inscripción “Instrumentos ópticos” para disimular su contenido ante la tripulación del Seraph, el submarino elegido para transportarlo hasta la lejana Punta Umbría. Siempre según la versión oficial de Montagu, se decidieron por el Seraph porque su comandante, el teniente Norman Jewell, atesoraba, a pesar de su juventud, un amplio currículo en operaciones arriesgadas; pero luego veremos que quizá ésta no fue la única razón. Como el submarino estaba atracado en ese momento en la base de Holy Loch, en la costa oeste de Escocia, metieron el cilindro en una furgoneta y condujeron sin parar los 800 kilómetros que los separaban de Londres.
El Seraph zarpó finalmente, con el cuerpo del mayor Martin en su interior, a las seis de la tarde del 19 de abril, y navegó durante 10 días sumergido de día y en superficie durante la noche, hasta que el 29 de abril, según lo previsto, se posicionó a 1.500 metros de la costa de Huelva. Mediante el periscopio descubrieron la presencia de pescadores y tuvieron que esperar sumergidos a que llegase la noche. A las 4.15 del día siguiente emergieron finalmente, izaron el contenedor a cubierta y sacaron el cadáver de su interior. Martin había empezado a descomponerse, una especie de moho verde le cubría la cara, y la piel había empezado a despegarse de la nariz y las mejillas. Le inflaron el chaleco, rezaron por él una breve plegaria y lo depositaron con sumo cuidado en el mar. A las 7.15 enviaban, ya desde Gibraltar, una señal confirmando que, por su parte, la Operación Mincemeat había concluido. Espías en acción.

Una de las autoridades que se trasladaron a la playa de La Bota fue Mariano Pascual del Pobil, entonces juez instructor de Marina de Huelva. Tras ordenar el levantamiento del cadáver, Pobil se llevó la cartera de Martin para entregársela a quien, en su opinión, correspondía; esto es, al vicecónsul británico y amigo personal suyo, Francis Haselden. Pero Haselden era una de las pocas personas en España, si no la única, que estaban al tanto de la trama, precisamente porque su objetivo era evitar que le entregasen la documentación y propiciar así que cayese en manos de los espías alemanes.

Según la hija del vicecónsul ya fallecido, Elizabeth, Haselden escurrió el bulto pidiéndole a su amigo Pascual del Pobil que “siguiese los cauces oficiales y se lo entregase antes al comandante de Marina”. Las pertenencias de Martin seguían el camino correcto. La mañana del 1 de mayo, el cadáver fue depositado en la sala de autopsias del cementerio municipal de Nuestra Señora de la Soledad. Se llamó al forense titular de la ciudad, Eduardo Fernández del Torno, quien concluyó que Martin todavía estaba vivo cuando había caído al mar y que había muerto de asfixia por sumersión. Matizó, no obstante, que debía llevar entre 8 y 10 días en el mar, a pesar de que, sorprendentemente, no presentaba las típicas mordeduras de peces y cangrejos en las zonas blandas del cuerpo, como tantas veces había visto en los cuerpos de marineros ahogados. La cuestión era que, si llevaba ya 10 días en el mar, difícilmente podría haber dormido en el Club Naval de Londres el día 23, como atestiguaban sus facturas, e incluso haber ido con su novia, Pam, al teatro el día 22.

Todo un poco raro; pero, al parecer, los alemanes no repararon en ello. Porque Adolf Clauss, mientras el cadáver del mayor era diseccionado en el cementerio, ya estaba fotografiando toda la documentación de Martin con su Leika de alta precisión. Se cree que tomó las imágenes en la propia Comandancia de Marina de Huelva; no en vano, el comandante de Marina y el padre del espía, el cónsul Clauss, eran íntimos amigos. Poco después, la documentación original fue remitida al Estado Mayor de la Armada en Madrid, donde, ante la importancia del asunto, les faltó tiempo para avisar al jefe de la Abwehr en España, Gustav Leissner.

Los sobres y papeles fueron abiertos, fotografiados y cerrados por segunda vez en la Embajada alemana. Aunque no hubiera hecho falta. Clauss ya los había enviado a Berlín. La Embajada británica recibió finalmente la documentación, que fue enviada con urgencia a Londres para verificar si había sido manipulada. Los resultados fueron positivos. Montagu, como tantos otros secretos relacionados con este asunto, se llevó a la tumba el del sistema utilizado para saber si los alemanes habían abierto los sobres, pero se cree que habían puesto pestañas en los cierres. Y las pestañas ya no estaban. William Martin fue enterrado con honores militares el caluroso domingo del 2 de mayo, a las doce de la mañana, y días después se colocó una lápida de mármol sobre la tumba. El Almirantazgo difundió la noticia de su muerte y The Times del 4 de junio la publicó junto a la de otros dos oficiales que realmente habían muerto en accidente aéreo sobre el mar. Montagu comunicó a sus jefes el fin de la operación y éstos enviaron un escueto mensaje cifrado a Churchill, de viaje oficial en Washington: “Mincemeat swallowed whole” (“Carne picada tragada entera”). Ahora sólo cabía esperar al desembarco.

Hitler traga el anzuelo. Cuando, en la mañana del 10 de julio de 1943, las tropas aliadas desembarcan en el sur de Sicilia se encuentran la isla desguarnecida. Dos semanas después, Hitler sigue tan convencido de que el desembarco es una maniobra de distracción que envía al mariscal Rommel al Peloponeso. En efecto, se había tragado entera la carne picada de Martin, y para cuando quisiera darse cuenta, ya sería demasiado tarde. Al finalizar la contienda, las tropas aliadas descubrieron en la ciudad alemana de Tambach los archivos navales secretos del III Reich, y entre ellos aparecieron las fotografías de los documentos que llevaba el cadáver de Punta Umbría en la cartera.

También se descubrió el diario del almirante Doenitz. El 14 de mayo de 1943, tras una entrevista con Hitler, Doenitz escribió: “El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que el punto más probable de una invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido principalmente contra Cerdeña y el Peloponeso”. Mincemeat había sido un éxito, pero ¿había concluido? Es más: ¿ha concluido ya? En absoluto. Papeles desclasificados En 1953, el Comité Conjunto de Inteligencia británico, ante el riesgo de que apareciesen informaciones periodísticas fuera de su control, encarga a Montagu que escriba la versión oficial de la Operación Mincemeat.
El libro se convierte en un éxito de ventas e incluso da lugar a una película, El hombre que nunca existió, protagonizada por Clifton Webb.

Cuando en 1993, transcurridos los 50 años de secreto oficial, se desclasifica la mayor parte de los documentos de la operación guardados en la Public Record Office de la ciudad inglesa de Kew, la decepción de los investigadores es enorme al descubrir que ninguno revela la identidad del mayor Martin. Sin embargo, en 1996, un funcionario local, Roger Morgan, descubre unos papeles recién desclasificados donde se identifica el cadáver con el nombre de Glyndwr Michael, un mendigo nacido en Gales y muerto por suicidio con matarratas. Los periódicos se hacen eco del secreto finalmente desvelado tras cinco décadas de persistente misterio, y el Gobierno británico, apenas dos años después, encarga que se grabe ese nombre en la lápida de Huelva. Todo muy rápido. Demasiado rápido, según algunos, para ser convincente.

Jesús Ramírez Copeiro, ingeniero de minas retirado y residente en la localidad onubense de Valverde del Camino, lleva años estudiando, con el apoyo entusiasta de su esposa, la noruega Elin von Muthe, la Operación Mincemeat. Juntos han pasado meses enteros en archivos británicos y españoles, y él mismo publicó hace ocho años un fascinante libro, titulado Espías y neutrales. Huelva en la II Guerra Mundial, donde recoge el resultado de sus pesquisas. Desde la autoridad que le otorga el ser quizá el mayor experto mundial en este asunto, Copeiro es concluyente: el cadáver no podía ser el de un mendigo suicidado con matarratas. Hubiera sido demasiado burdo y demasiado fácil de detectar por los alemanes. El doctor Luis Concheiro, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Santiago y uno de los más eminentes forenses españoles, también se ha sentido atraído desde hace tiempo por los pormenores de esta operación. Concheiro disculpa a su colega onubense de la época diciendo que “hubiera sido fácil que confundiese el aspecto de un pulmón afectado por neumonía con los pulmones de un sumergido, pues si el análisis microscópico necesario para distinguirlos no se hace de forma rutinaria ni en la actualidad, mucho menos en 1943”. Los especialistas no hacen si no plantear unas dudas sobre la versión oficial que ya subieron de tono hace unos años, cuando otro concienzudo investigador del caso, el inglés Colin Gibbon, consiguió entrevistar al que entonces era uno de los últimos testigos vivos de la operación, el hombre que vio el cadáver antes de depositarlo en el agua: Norman Jewell, ex comandante del Seraph. Jewell “fallecido el pasado verano” fue bastante explícito: era muy improbable, dijo, que el cuerpo de un mendigo suicidado con veneno hubiera sido utilizado en la operación. Pero, entonces, ¿por qué tanto misterio? Las piezas comienzan a encajar.

John Steele era sólo un niño cuando el 27 de marzo de 1943 vio cómo frente a su pueblo, ubicado en el estuario del Clyde, en el noroeste de Escocia, un enorme barco explotaba y se hundía en un suspiro. Aquella imagen le obsesionó durante toda su vida, y cuando le llegó la jubilación se dedicó a investigar el que es uno de los episodios más trágicos y oscuros de la historia naval inglesa: el hundimiento del portaaviones HMS Dasher, que se fue a pique en sólo 18 minutos tras sufrir una explosión fortuita a bordo. Murieron 379 marinos, pero por alguna razón el Gobierno británico se limitó a enviar un telegrama a las familias y sólo enterró oficialmente 12 cuerpos. Ante la lluvia de reclamaciones, la respuesta fue “alto secreto”. Nunca se entregaron los cientos de cadáveres restantes ni se dieron más explicaciones. Cuando Steele publicó en 1995 la primera edición de su libro Los secretos del HMS Dasher todavía no había establecido relación alguna entre ese suceso y la Operación Mincemeat ni sabía que un tenaz ingeniero de minas de un pueblo del sur de España seguía concienzudamente los pasos del mayor Martin. Sus investigaciones causaron cierto revuelo, y, curiosamente, pocos meses después apareció el papel mágico en los archivos oficiales con el nombre del mendigo suicidado.
Estos tres hombres, Steele, Gibbon y Copeiro, entran finalmente en contacto, y, tras varias reuniones en Huelva y Escocia, las piezas del puzzle comienzan finalmente a encajar. Buceando en la documentación desclasificada, reparan en que Montagu se reunió con el comandante del submarino en Londres para comunicarle los pormenores de la operación el 31 de marzo de 1943, esto es, cuatro días después de haberse hundido el Dasher. En ese encuentro se le ordena que lleve el Seraph, que estaba atracado en la base de Blyth, al noreste de Inglaterra, hasta la de Holy Loch, en el noroeste de Escocia y a sólo 18 millas del punto donde acababan de morir, la mayor parte ahogadas, casi 400 personas. Montagu, en su libro, dice que trasladaron el cadáver desde Londres a Holy Loch conduciendo sin parar durante horas en una furgoneta. Pero si el submarino ya estaba atracado en Blyth, mucho más cerca de la capital, ¿por qué hacerle navegar cientos de millas hasta el noroeste de Escocia en plena guerra y en un mar lleno de peligros? “Pues la respuesta”, concluye Copeiro, “es que se utilizó uno de los cuerpos de los fallecidos en el hundimiento del Dasher” Todos los investigadores piensan lo mismo. Sólo así se explicaría la convicción de Hitler. Porque, por otra parte, también están convencidos de que los alemanes hicieron su propia autopsia. El hijo de Adolf Clauss, Federico, que reside en un pueblo sevillano, también lo cree. “Mi padre”, cuenta, “me dijo que se llevaron el cuerpo poco después del entierro, que lo metieron en un submarino alemán que se acercó en secreto a la costa y se lo llevaron a analizar a Alemania”. “Estoy convencido”, añade, por su parte, el doctor Concheiro, “que un patólogo alemán, en una segunda autopsia, habría realizado el análisis histológico de los pulmones y, por tanto, descubierto el engaño”. ¿Está, pues, la tumba del cementerio de Nuestra Señora de la Soledad vacía? “Es posible”, opina Copeiro. Pero por ahora es difícil que lo sepamos porque la voluntad de ocultamiento persiste. El ingeniero español lo sabe bien.

Cuando en 1993 quiso acceder, tras su desclasificación, a uno de los últimos y más secretos documentos de la Operación Mincemeat, el CAB 93/7, le negaron el acceso porque había pasado a situación de “préstamo permanente” (permanent loan). Al interesarse por el destino del préstamo, la respuesta le dejó estupefacto: el 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro. Allí escribió para solicitar una copia. Hasta la fecha no ha obtenido respuesta".

El hombre al que se conoció como Comandante Martin sigue enterrado en el cementerio de Huelva. Al convertirse Mincemeat en una leyenda, seguía el interrogante sobre la identidad de ese hombre. La lápida del cementerio lleva ahora su nombre real, pero seguirá siendo recordado como el Comandante Martin, que con su muerte, salvó miles de vidas y cambió el curso de la guerra.
En cuanto a Even Montagu, por su participación en la operación Mincemeat se le concedió la orden del Imperio Británico.

Una aventura de primer nivel. El espionaje y el contraespionaje durante y a lo largo de la II Guerra Mundial estuvo a la orden del día, y estas costas dibujaron sombras sobre la negra zarpa del fascismo más frío y calculador jamás conocido.

Hoy cuándo los niños se divierten, con las olas en las playas de este trocito del sur, los jóvenes enamorados se acurrucan entre las toallas para contarse sus secretos, las chicas nos deleitan con sus encantos en una apuesta por conseguir el moreno más imposible, y pasear se convierte en un lujo, al mirar al horizonte a veces la juguetona bruma de algunas tardes, te hace imaginar o creer ver el perfil del submarino HMS Seraph de nuevo navegando, girando una última visita a esta costa que les brindó el éxito, de una operación de alto nivel militar, y que sin duda jugó en favor de la victoria aliada y el fin del imperio alemán.

Desde el entierro de William Martin, siempre hay flores frescas en su sepultura, aunque durante años nadie supo quién las colocaba allí. En 2002 se reveló el secreto, era Isabel Naylor, hija de un trabajador inglés de la Rio Tinto Company Limited, que siguió la tradición que su padre inició cuando ella contaba 14 años. Ha sido condecorada por el gobierno inglés por ello.
Si quiere leer todo lo publicado --->

Camille Claudel.

Cuando murió en el manicomio de Montdevergues, en 1943, nadie reclamo su cadáver, ni siquiera su hermano, el escritor Paul Claudel. Fue sepultada en una fosa común.
Inequívocamente la vida de CAMILLE CLAUDEL corre paralela a la del escultor RODIN, cuando adolescente se enamora perdidamente de él (24 años les separan). Le sigue hasta el final, sin perder la esperanza de verse correspondida con la misma intensidad con la que ella le ama. Trabajan juntos, se aman, aunque RODIN nunca dejó a su eterna amante ROSE BEURET. Ni aun con la amistad alcanzada con el músico Debussy, pudo apartarse del influjo de RODIN, en estas circunstancias CAMILLE enloquece, destruye sus obras, y finalmente presa del desequilibrio es encerrada hasta su muerte, durante 30 años en un manicomio.
Rindo humilde homenaje dando color a este formidable retrato de CAMILLE CLAUDEL: escultora, amante y loca. En él se revive su mirada, si fuese posible aun más dulce, apacible y llena de sensualidad.
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"LAS ESCANDALOSAS" de Patrizia Carrano. Ediciones Siruela.
Veinte mujeres que han hecho historia, entre ellas Camille Claudel.
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Premio de Fotografía.

Esta mañana se celebro el acto de entrega de premios del I Concurso de Fotografía Cofrade, teniendo como eje la Semana Santa de Huelva.

Como sabéis tuve la suerte de ser reconocido con el primer premio, algo como supondréis circunstancial, aunque me llena de satisfacción y orgullo, por varias razones: por haber sido reconocida una de mis cinco propuestas entre 1200 fotografías, por de algún modo vincular mi nombre a la Semana Santa de Huelva -aunque sea de un modo anecdótico-, a la que admiro tanto y con la que crecí desde el respeto y la expectación social por este fenómeno, la mayoría ya sabéis dónde vivía y lo que dio de si aquella calle y finalmente porque el año próximo y coincidiendo con la semana de pasión de 2010, habrá una exposición en las nuevas salas de Diputación, que como sabéis se sitúan en uno de mis edificios emblemáticos, el de La Bola.
Así es que como no espero recibir muchos más de esta índole, voy a disfrutar del momento. Inspiración, expiración.... inspiración... expiración.

Mañana la prensa y la tele local ya se harán eco del acto oficial, en los que actuaron como maestros de ceremonias el Diputado y Delegado de Cultura, El director del El Corte Ingles y el Director de la Cope, no pudiendo asistir el representante de la AIQB. El Jurado estuvo compuesto entre otros por los fotógrafos onubenses Javier Rodríguez y Pedro Delgado.

Máquinas.

Una máquina es un conjunto de piezas o elementos móviles y fijos, cuyo funcionamiento posibilita aprovechar, dirigir, regular o transformar la energía.
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Modelo: Soraya.
A.Morales (c) 2009.
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Luna de estrellas.


La curiosidad humana combinada con la capacidad de pensar de una manera abstracta, desarrolla la imaginación y la fantasía, descubriendo paisajes inexistentes que solo están en el subconsciente. La curiosidad mató al gato, pero a nosotros nos hizo adentrarnos en un mundo mágico.


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Modelo: Luna.

A.Morales (c) 2009.

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De viajes.

Modelo: Soraya.
A.Morales (c) 2009.
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Hotel Granada XII.

Entre Fantomas y Hard Day's Night.

Tras la firme decisión de mi padre de salir de Huelva, dejando detrás de sí una familia en plena madurez, rota y sin un horizonte firme hacia el que dirigirse. Las horas, unos tras otras, iban modificando y acomodando el paisaje a la nueva situación.

Cada cual iba imaginando un escenario en el que encontrar el sosiego necesario, la paz que había desaparecido de un modo tan inesperado.
Si algo tiene el minutero, es facilitarte acomodo, y darte la oportunidad de nuevas expectativas.

Mi padre ya estaba situado en la Francia de Charles de Gaulle, mi madre ejercía a toda máquina de modista, y mis hermanas cumpliendo años para convertirse en guapas chicas a las que el vecindario lanzaba piropos. Yo mientras tanto, no dejaba de observar el constante ir y venir de las estrellas y como sucumbían al amanecer con la presencia del astro rey, de la misma manera más aturdido que consciente trataba de encajar cuantos acontecimientos se producían en mi diminuto mundo.
Ya era un hecho que semana si, semana no, emulando a Foucault, con una frecuencia constante, el correo trajese postales de Paris, que mi padre solía usar como medio de comunicación con nosotros, en especial conmigo por ser el más pequeño y por el que supongo tenía más predilección o simplemente era consciente de la desventaja, que su ausencia me había deparado.
Ese espacio entrañable cuyo rastro dejamos en ocasiones ver en nuestras manifestaciones, nunca lo advertí en aquellas palabras que me/nos dedicaba, y el tiempo hizo que solo fuera un modo de decir …me acuerdo de vosotros, pero la vida es así, y esta ha sido mi opción. También la casa se abstuvo de más implicaciones, de segundas lecturas, de más explicaciones.
Así es que las postales poco a poco se volvieron frías, distantes y parecían cumplir solo un propósito más cercano a la formalidad que a un espíritu paternal. No sé si ser tan independiente es más un efecto que parte de mi propia personalidad. Lo que si tengo claro, es que una vez que disfruto de ella, no sabría renunciar a este modo de ser. A veces los padres, sin querer también te protegen.

Para aquella ciudad provinciana en lo esencial, que tuvieses a un familiar en el extranjero, y más aún en Paris, no dejaba de ser ciertamente algo exótico, y tener este "contacto" en el exterior, tenía también su lado bueno. Ya fuese Notre Dame de Paris, les Champs-Élysees, o el Louvre, aquella ciudad fue formando parte de las instantáneas que la retina era capaz de sintetizar y conocer palmo a palmo esa ciudad, fue una cuestión de tiempo.
Superado el instante de la buena nueva, volvías a la misma velocidad al compás de tu nuevo espacio.

Los nuevos hábitos se habían impuesto, y el ajuste de responsabilidades entre mi madre y mis hermanas, habían hecho la casa más amplia y desahogada, y sin lugar a dudas más espontanea e independiente.
No tengo constancia de dependencia alguna, pues una vez roto el corazón en aquella primera y desatinada despedida, éste no se recuperó jamás y tan siquiera la admiración natural por la figura paterna se recobró ni con postales ni con galletas de chocolate y frambuesas venidas del extranjero. Era obvio que así sucediese pues el tiempo que compartí con él, ejerciendo como tal, se acercaba más al papel de progenitor. Debió ser así pues de eso sabe muy bien el corazón y no te adaptas a cualquier cosa a la primera de cambio.

Lo que si era un hecho, es que hasta entonces, le rendía una exclusiva admiración y curiosidad, aunque a veces no entendía ese especial interés por salir a la calle elegantemente vestido y perfumado, una cuestión de la que adolezco y por la que no siento el más mínimo interés.Solo los veranos, por vacaciones y durante una veintena de días al principio, el ámbito familiar quedaba completo, aunque no exento de tensión y discusiones. Reproches y desaires, hacían que el clima estuviese enrarecido, y la dependencia por cuestiones de índole formal se tenía que ajustar por algunas horas al día.

Aparte de esto, no hubo más coincidencias. Ni cumpleaños, ni santos, ni navidades, ni año nuevo, ni final de curso, ni ninguna otra festividad o circunstancia personal propia de cumplir años e ir haciéndote mayor. Mi padre se quedó preso de unas letras escritas en una postal y de allí jamás volvió a salir.

Cuando llegaba navidad, la casa a pesar de todo, cumplía el ritual familiar, y su ausencia en verdad no se hacía notar.
Todo dibujado, en el punto exacto dónde se sitúa una economía no dada a excesos ni a gastos superfluos, era una circunstancia condicional que por aquellos días, no andábamos sino más bien cortos. El ingenio de mis hermanas, su fidelidad y comprensión hacía que los cuatro pudiéramos llevar aquel entorno, con resolutiva dignidad y optimismo, aunque de puertas afuera éramos conscientes de nuestras ausencias y carencias.

El invierno solía coincidir con crisis de crecimiento, y raro era el año que no cayese enfermo de anginas. Así el practicante, a la antigua usanza, llegaba por las tardes-noches, con su diminuto maletín de cuero y en un plis-plas, montaba su oficina. Una caja de aluminio que contenía una jeringuilla de cristal. Otra caja más cuadrada y casi plana, donde estaban aquellas enormes agujas de acero con cabezal de bronce por donde se ajustaba a la jeringuilla, algodón y un bote de alcohol. El procedimiento solía ser, pedir un plato de loza, donde depositaba algunas agujas, después vertía un poco de alcohol y le prendía fuego. Unos segundos bastaban para desinfectar las agujas. Inmediatamente después encajaba aguja y jeringuilla, para clavarla sobre el bote con la penicilina y extraer la cantidad exacta. Expulsar el aire sobrante era la cuestión más importante, por cuanto se decía que si se escapaba una burbuja de aire en las venas, morirías en minutos entre grandes convulsiones, y además de no ser descabellado parecía posible que así fuera, por lo que solo había ojos para ese momento. Finalmente aplicaba un poco de alcohol sobre la zona a lidiar y después de unos galetes con los pulgares a modo de engaño, pinchaba e inoculaba la medicina en tu interior. Esta escena debido a aquella debilidad natural, de pillar catarros que luego desviaban a neumonías, fueron usuales y muy frecuentes, casi siempre en el mes de Diciembre una semana antes de la Navidad.
El reloj genético tenía esa manía.Durante los Inviernos, solía llover con fuerza, y anegarse las calles y amplias zonas cercanas al puerto era algo muy frecuente y una cuestión que solo se pudo corregir mucho tiempo después.

Así es, que si la noche anterior estuvo lloviendo y coincidía con la marea alta, lo normal era que a pocos metros de mi casa, ya aparecían las calles simulando una Venecia de temporada.

A pesar de los inconvenientes y los destrozos que la humedad causaba, en esta zona de la ciudad todo se reducía a su aspecto más bien estético, no así en los barrios más humildes, situados a las afueras, que si que vivían un auténtico drama, aumentando las diferencias y su nivel de penurias.
Esta cuestión del agua, resultaba muy dañina según en qué clase social te encontraras, a la vez que divertida para los niños.

En mi caso disfrutaba de una situación privilegiada y cuarenta y cuatro escalones me separaban de la calle y algunos metros más del nivel del mar. Aunque esa misma altura, también hacía que el cielo con sus nubes estuviesen más cerca, de modo que tener "goteras" en nuestro caso, fue un accidente climatológico que terminó en caos con los años y la falta de mantenimiento en los tejados.
Una especie de maldición que apega a los más humildes a tener una relación de parentesco con el agua venga por arriba o por abajo.
Si los inviernos eran así de peliagudos, atmosféricamente hablando, los veranos solían ser tórridos y muy calurosos, a la vez que festivos y alegres, al mismo tiempo que lentos, tediosos y sugerentes. Una estación abocada a la calma durante el día y a la vida social con la puesta de sol.La ciudad a mediados de junio se preparaba en parte, para el gran despliegue hacía las playas.
La clase social dominante, industriales, funcionarios y adscritos al Régimen, ya habían descubierto que pasar los veranos en la costa, era además de saludable una manera de marcar el territorio, como cuándo lo hacen los perros orinando de esquina en esquina.

Solo una parte de aquella sociedad era continuadora de la tradición que en Huelva, iniciasen por otras cuestiones, los doctores Mackay y Macdonald a comienzos del pasado siglo. Tío y sobrino, oriundos de Escocia, estos médicos reclamados por la Rio Tinto Company Limited , vinieron para atender a la población inglesa residente en la provincia de Huelva. Se instalaron en la zona alta de la ciudad, en las denominadas Viñas San Pedro más tarde conocida como calle Montrocal.
El arquitecto municipal Luis Monteiro diseña, en 1911, las casas para estos doctores siguiendo el canon británico. Más adelante y junto a estas se levantó la que fue la clínica de ambos, que gozó de gran prestigio y consideración.
Inexplicablemente ambos edificios han desaparecido en tiempo reciente, aplicando la máxima de que Huelva no tiene pasado ni a nadie importa, o al menos eso parece.
Lo cierto es que aquellos doctores, descubrieron la costa y las vírgenes playas de La Bota o Punta Umbría, instalando allí las primeras edificaciones, que al principio se utilizaban como balnearios a los que enviar a los afectados por asmas o enfermedades relacionadas con los pulmones.
No tardó en establecerse una vía de navegación que con pequeñas barcazas y finalmente con grandes canoas trasladaban a la gente desde el Puerto de Huelva a la misma Punta Umbría. Esta embarcación de tipo medio, con capacidad para 150 personas, fueron y son muy populares, y sus nombres son recordados en una alegoría entrañable, por aquellos viajes de treinta minutos entre marismas, que nos hicieron descubrir un espacio natural tan sorprendente como lo fuera Punta Umbría, sus inmensas playas, sus dunas o la ría. Así el más famoso de todos fue el Chimbito, y junto a él, el Ángela-Maria, La Pineda, Belleza de Alicante, Gloria, el María Luísa que ardiera en medio de la ría, o los precursores: Montenegro, el Vapor Isla de Saltes, o la canoa “el Rápido”.
La ausencia de infraestructuras hacía difícil que aquella zona fuese emergiendo, como así lo hizo en la misma medida que los avances en las comunicaciones, dispusieron de otras vías que facilitaron su desarrollo. Una sociedad que paralelamente corría la misma suerte y aquellos que mantenían un nivel adquisitivo alto, fueron adquiriendo grandes parcelas donde más adelante se construían enormes chalets en primera línea de playa en dura competencia con los que ya estaban allí establecidos de origen inglés y que hoy son un modelo y referente de arquitectura civil en la costa.
Mientras esa sociedad, despertaba del letargo de la dura posguerra y desviaban sus bienes en la compra de estas tierras, el resto era ajeno a tales beneficios y a tales estímulos.

Así el grueso de la ciudad, veraneaba en el Balneario de la Cinta situado en la Punta del Sebo.
El rio Odiel junto con el Tinto desembocan en Huelva, dibujando una especie de pirámide invertida. Y es de los dos, el Odiel, el más cercano a la ciudad, quién a lo largo de los años, propició que en su recorrido, la ciudad tuviese un fluido contacto con el agua como elemento.
Primero como ría, estableciendo en él, zonas de baños y de esparcimiento y después como vía de comunicación con el cercano Atlántico, siendo un motor generador de riqueza, mientras que el Tinto deambula entre esteros y marismas más abruptas y salvajes, como lo sigue siendo en la actualidad.
Una hermosa carretera discurría entre la ciudad y el punto más equidistante que culminaba con el Monumento a la Fe Descubridora, más conocido como "El Colon", entre enormes eucaliptos de más de 20 metros, cuyas copas convergían entre los árboles dispuestos en paralelo, a ambos lados de la carretera, y que cuándo soplaba el viento ya fuera de poniente o de levante, sus hojas se mecían y al hacerlo emitían un agradable bisbiseo. Llegaron a ser tan tupidos aquellos arboles compuestos de cientos de ramas cuajadas de miles de hojas, que en verano pasar bajo su enorme sombra junto a la fresca ría, a la vez que sonaba aquel concierto te proponía mil y una sugerencias en medio del estío.
Un tren y más tarde una línea regular de autobuses municipales, te acercaba al Balneario o poco más adelante a la playa de la Punta del Sebo, mucho antes, otra “playita” la de la “Gilda” en honor al personaje de la pelicula de su mismo nombre, un film interpretado por los exclusivos: Glenn Ford y Rita Hayworth, cuyo término quiso aceptar la voz popular, en donde no había parada.
Ir al Balneario a pasar el día, aprender a nadar, jugar con la arena, tomar una gaseosa "blanca" sin colorante de La Pitiusa , o coger cangrejos de los que tienen “bocas”, unos cangrejos, que desarrollan enormemente sus patas anteriores a modo de pinzas como elemento de defensa, y que nos limitábamos a quitárselas devolviéndolo al lodo, a sabiendas que este miembro vuelve a desarrollárseles, o participar en aquellos concursos de castillos de arena, en los que solo por concursar tenías derecho a tomar uno o dos refrescos, y así los días, como las horas, unas tras otras iban dando cabida a toda clase de descubrimientos.

Mientras, en la Avenida Francisco Montenegro, como jugando al escondite, entre las ramas, los rayos de sol se escapaban y a saltos iluminaban con desigual dimensión el camino. Una delicia sentenciada a desaparecer por aquellos días, con la aprobación del Plan de Desarrollo.El Gobierno de Franco aprobó el Decreto de 30 de junio de 1964, que apostaba por la construcción del Polo de Promoción Industrial, un proyecto que cambiaría el perfil de la ciudad en términos absolutos. Entre 1964 y 1972 se crearon once polos. Durante el primer plan, siete: Burgos, Huelva, La Coruña, Sevilla, Valladolid, Vigo y Zaragoza; y durante el segundo, cinco: Córdoba, Granada, Logroño, Oviedo y Villa García de Arosa. Despega el sector químico, despega la construcción, sobre todo en zonas turísticas, y despega la industria automovilística con el Seat 600 y la empresa de camiones y tractores Ebro a la cabeza. España se convierte en uno de los 15 países más desarrollados del mundo.
Todavía está por valorar qué de bueno aportó a Huelva el denostado Polo, pues para cuándo se desarrolló y comenzó a funcionar, fueron sobre todo contratados empleados que vinieron de otras provincias, debido a la escuálida formación universitaria de los locales. Por lo que su impacto solo se hizo notar con el tiempo, mientras que de la misma mano el absoluto descontrol sobre los vertidos industriales y contaminantes, hicieron desaparecer la vida de su entorno, volviendo árida y estéril su fértil y admirada ría.
Pero aquella revolución era un mastodonte de difícil comprensión, por lo que la industria que ocupó la avenida Francisco Montenegro con la aquiescencia de las autoridades y prohombres de la ciudad, engulló cual dragón de un solo bocado a la Huelva que hasta entonces existió.
Pero los veranos de este sur, están llenos sobre todo de calor, brisas, granizadas de limón, helados de turrón, contemplar las estrellas de madrugada en las terrazas, oír el silencio de las calles, la radio y los cines de verano.

Mi casa distaba tan solo una manzana del Terraza Palacio, un cine de verano céntrico y muy popular,un eslabón más de la voluntad de un hombre que de la nada, que a base de inteligencia, sacrificios y tesón, supo crear un imperio económico: Sánchez Ramade. Desde mi terraza, podía ver un trozo de pantalla y sobre todo oír los diálogos. A veces el viento era del sur, y las ondas transportaban con más claridad las voces y si cerrabas los ojos podías casi ver la película. Así es que tenía sesión de cine todos los días del verano, a partir de las nueve y media de la noche. Pero fué Fantomas, un personaje francés, quién se haría dueño del cielo, de uno de aquellos veranos. Una estética absurda y provocadora, que lucía una espantosa máscara de escaso gusto para venir de Francia. Aunque descubriéramos tarde, que aquellas historias tenían su origen en Argentina. De Fantomas se hicieron series en televisión y varias películas. Fue tal la repercusión, que en los veranos siguientes, esperaba que, en cualquier momento, Fantomas apareciese por aquel trocito de pantalla con el que los dioses me habían regalado. Jean Marais y Louis de Funes, se hicieron sin pretenderlo entrañables.

El verano de 1965, llegó a Madrid una auténtica revolución. Era además el año de El Cordobés, un torero ajeno a la ortodoxia que llenaba las plazas. Manolo Santana, gana el trofeo de Wimbledon abriéndonos puertas al mundo exterior. Mientras que Franco, ordena que José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván, Mariano Aguilar, Montero Díaz y García Calvo fueran apartados de sus puestos docentes en las Universidades de Madrid y Barcelona acusados de incitar a actividades subversivas. Además muere el celebrado Nat King Cole y es asesinado el desconocido Malcolm X.

Pero aquel verano del 65, pasará a la historia por ser el año en el que la plaza de toros de Las Ventas, vibraba en directo con aquellos melenudos venidos de Liverpool. El 2 de julio, los Beatles nos inundaron de sensaciones hasta entonces desconocidas. La revolución Pop por fin estaba en España y aquella marea de emociones ya sería imparable. Los Beatles componían e interpretaban canciones suaves si se comparaban con el furor de los Rolling Stones. Lennon, McCartney, Starr y Harrison, a fin de cuentas, habían sido reconocidos hasta por la corte británica como emblemas. Personas sensatas y admirables como para ser incluidas en la Orden del Imperio Británico. Pero en España todo se limitaba a llamarles “melenudos”.
Se alojaron en el Hotel Fénix, Situado en el Paseo de la Castellana de Madrid, hoy El Gran Meliá Fénix, en las habitaciones 122, 123 y 124.
Al son de las melodías del Hard Day's Night, los jóvenes y los incipientes proyectos como yo, sintieron la necesidad de saltar y agitarse, aquello sí que fue una revolución, ¿quién necesitaba nada más?.

Los veranos con sus sonidos son una mezcla de sensaciones, y además del calor, la brisa al atardecer, las granizadas de limón de La Ibense, los primeros helados de turrón, contemplar las estrellas de madrugada en las terrazas, oír el silencio de las calles, la radio y los cines de verano, tienen algo, que hace que los sueños sean posibles.

Sobre el simbolismo de las esquinas.


Las esquinas por lo general, suelen ser lugares cambiantes y propensos a contener sensaciones muy humanas, tanto como aspiraciones, dudas y expectativas de cualquier tipo.
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Modelo: Soraya.
A.Morales (c) 2009
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Extenuación.

Extenuación: quedarse sin energía para continuar trabajando o incluso seguir despierto.
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Modelo: Soraya.
A.Morales (c) 2009.

En las minas de Tharsis...

Tharsis es una región de Marte, consistente en una enorme altiplanicie volcánica localizada en la zona ecuatorial del planeta, en el borde occidental de Valle Marineris.
La Tierra tiene su paralelo natural que la sitúa, en la localidad de su mismo nombre en la provincia de Huelva.
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Modelo: Soraya.
A.Morales (c) 2009.

Gane quien gane, hemos perdido todos.

Escuchar, mirar, debatir, los tres pilares en los que deberíamos basar nuestra manera de acercarnos a los asuntos que nos diferencian.
En estas Elecciones, una vez más hemos perdido todos.

Hotel Granada XI. La Calle Palacio.


De cómo Sir Arthur Ignatius Conan Doyle descubre a Luisa de Guzmán, Reina de Portugal.


Para cuando quise darme cuenta, había caminado bastante rato ensimismado, más allá de las fronteras hasta entonces conocidas, y aunque no tenía certeza de andar perdido, si era consciente de que ese riesgo no andaba muy lejos, por lo que tuve que agudizar el incipiente sentido de la orientación por entonces en franco desarrollo.

Superar los límites de las calles Puerto y Concepción, y adentrarse en aquella propuesta a modo de laberinto de esquinas, balcones, y calles interminables hasta entonces desconocidas, supuso un gran descubrimiento. La ciudad se pintaba con diferentes colores y distancias, a pesar de tan solo escudriñar en las calles más próximas a las habituales. De cualquier modo, me pareció encontrarme emulando una aventura al mejor estilo londinense.
Por un instante se me antojó que Huelva y Gloucester fuesen una misma ciudad y que Sherlock Holmes podría aparecer tras cualquier esquina, observando como yo tantos detalles, tan complejos como sencillos y que a partir de este momento serían nuevos referentes, o nuevas pistas según sea el caso.

Creo que algo tuvo que ver, en el interés por saber algo más de la ciudad, el formidable edificio llamado de “La Bola” y que en parte alojase al desaparecido Hotel París –en aquellos días ya eclipsado y reconvertido en viviendas-, situado en la esquina suroeste de la Plaza de las Monjas, y que desde la primera vez que lo vi, siempre llamó mi atención.
Su aspecto global recuerda sin pretenderlo, algún tipo de fortaleza medieval, una especie de palacio del que podías esperar que alguna dama se asomase por aquellos balcones y cuya abstracción me obligaba a mirar si ocurría cada vez que pasaba por allí.
En honor a la verdad, sigo esperando que siquiera alguien se asome, sea caballero, padre de la dama o dama de honor, porque no entiendo muy bien, como suele aparecer tan despejado por norma a lo largo de tantos años.
Su diseño (1907) se debe a Francisco Monís y Morales, su fachada conjuga el ladrillo visto y los azulejos en tonos grises, y rematando el edificio en una esquina, una cúpula esférica, que la voz popular bautizó como “la Bola” y desde entonces a nuestros días.

Este notable edificio civil resalta por su estilismo y limpieza en los trazados, siendo además una de las atalayas singulares que fortifican a la susodicha Plaza de las Monjas, junto al soberbio Banco de España de factura neoclásica que fue diseñado por José Yarnoz Larrosa, el propio Convento de las Agustinas ( a quién se debe el nombre de la plaza) cuyo nombre en realidad es el de Iglesia de Santa maría de Gracia del Convento de las Madres Agustinas, que es el único convento religioso que se conserva de los cuatro que tenía la ciudad en el siglo XVI y que fuera fundado por Dª Elvira de Guzmán y Maldonado, junto a otros menos catalogados.
Pues bien, si todas estas construcciones por su volumen y estado de conservación han marcado la fisonomía de esta parte del “centro” de la ciudad, como trasera y formando manzana con el viejo Hotel París, discurre la calle Palacio, siendo calle principal junto a la denominada Concepción, ambas dibujan el bulevar comercial por excelencia, y guarda un secreto que ha pasado muy desapercibido y del que únicamente queda –si es que sigue ahí- un escudo con inscripciones nobiliarias que sitúa en esa finca la que fuese residencia de los Condes de Niebla, el también llamado Palacio del Duque de Medina-Sidonia, tras dejar su residencia del castillo situado en el cabezo de San Pedro.

Huelva ha sido siempre tan abúlica como apática en todo lo que suponga divulgación o mecenazgo, un provincianismo de litoral como así denomino a este fenómeno, que marca el ritmo de la ciudad en función de las estaciones, siendo tan efectivo este reloj, que la ciudad es otra cuando llegan los meses estivales y otra bien diferente en cualquier otra estación y es que la meteorología una veces por el calor, otras por las continuas lluvias y su lucha con las mareas, y otras por su agradable primavera, no dan tregua a más comportamientos que hacer de estos fenómenos atmosféricos eje en el modo de vivir.

Una absoluta dejadez en cuestiones de historia, han concluido al mayor desconocimiento a nivel popular de cuantos personajes nacieron, vivieron o dibujaron en la ciudad algún hecho de singular relevancia.

Es tal este desasosiego que la figura de Alonso Sánchez, denominado y reconocido como pre-descubridor de América, y que tenía al parecer una casa en la zona del Barrio de San Sebastián, una popular tasca-mesón denominada Las Jangarillas que en vez de conservarla fue derruida sin más debate.
La propia y confusa historia de este marinero no es de común uso incluso en estos días, resultando todavía un perfecto desconocido. Solo Cristóbal Colón y su relación con Huelva a través de La Rábida, y la repercusión del “Descubrimiento” han marcado un compás constante, bajo el que han perecido como si no hubiese sido de interés otros muchos. Esta simpleza ha reducido en mucho la natural historia de la ciudad y sigue siendo una asignatura pendiente.
De siempre, pero sin chicha ni consistencia, se hablaba de una Reina de Portugal, que habría vivido en Huelva, aún hoy dudo mucho que en la asignatura de historia, se conozca y mucho menos siquiera se recorra de puntillas éste como otros personajes ilustres, que activa o pasivamente, de algún modo han marcado el carácter genético de la ciudad.

La hija mayor de la Princesa de Éboli, Ana de Silva y Mendoza, - casualmente la que da nombre al Coto de Doñana- se casó con Alonso Pérez de Guzmán, séptimo Duque de Medina-Sidonia. Ana y Alonso fueron padres de Juan Manuel Pérez de Guzmán (el octavo Duque de Medina-Sidonia), cuya hija (y por tanto bisnieta de la princesa) Luisa María Francisca de Guzmán se casó con el Duque de Braganza (Portugal) al que incitó a rebelarse en 1640 contra Felipe IV, llegando él a ser el Rey Juan IV de Portugal, y ella primero Reina y luego regente en la minoría de su hijo.

Pues bien, Luisa María Francisca de Guzmán, es hija natural de Huelva, y así consta su bautismo en el índice onomástico, en su llibro 1º, folio 284, de La Iglesia Mayor de San Pedro de Huelva y con esta reseña que certifica tal hecho.

“En la Villa de Guelva (sic) jueves veinte y cuatro días del mes de octubre año de nuestro Salvador Jesu Cristo de mil y seiscientos y trece años yo el licenciado Diego Muñiz de León visitador General del Arzobispado de Sevilla baptizé a Doña Luisa Francisca hija del señor don Alonso de Guzmán el bueno y de la señora Doña Juana de Sandoval condes de niebla: Fue su padrino el señor don Gaspar Alonso de Guzmán el bueno marqués de Casaza y le advertí de la cognación espiritual y lo firmé fecha tu supra. Diego Muñiz de León=(rubricado))



Los condes de Niebla y duques de Medina-Sidonia eran también Los Señores de Huelva. La idea era que los herederos de los duques (los condes de Niebla) antes de acceder al ducado y a todas las posesiones aprendiesen “el oficio” en Huelva, donde sus decisiones no tendrían tanta repercusión y así podrían prepararse para sus funciones futuras. Este es el modo de cómo, Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga residió en Huelva durante varios años y aquí tuvo la mayor parte de su descendencia: Ana Francisca, Baltasar Enrique, Juana Francisca, Francisco Antonio y Luisa Francisca. Todos ellos bautizados en la iglesia de San Pedro y enterrados (excepto Luisa Francisca) en la cripta de la iglesia del Convento de la Merced, hoy catedral.

Los niños de Huelva siempre hemos corrido con la sombra de que ésta era una ciudad de segunda, sin historia, o al menos sin más de una, sin apenas monumentos, todo ese enfoque promovía que los administradores e industriales carecieran del orgullo necesario y mediasen sin demasiada capacidad de decisión o de gestión ante la vecina y capital de la región, Sevilla. Esto es a lo que nuestros ilustres gobernantes, alcaldes y prohombres por su ignorancia e inercia nos avocaron, y sus prioridades muestran el diseño de la ciudad, sus fiestas y su ritmo, todos ellos pasan casi siempre por lo perecedero y temporal. El provincianismo industrial, que solo buscaba el beneficio personal, fue una clave tanto en el desarrollo industrial como en el social o cultural.

Haber olvidado el circunstancial papel que la historia resolvió a favor de Luisa de Guzmán no tiene excusa. Esta mujer fue precursora de la independencia de Portugal del Reino de España que comandaba Felipe IV. Tales eran las turbulencias en las cortes de España y Portugal, que Felipe IV trató en vano, utilizar la política matrimonial como lo hicieran sus antecesores, para trazar lazos de sangre que aseguraran la Monarquía como cabeza de España.

Ante la falta de infantas reales para casar, por costumbre, se solía acudir a hijas casaderas de la alta nobleza. Una de las uniones que sus consejeros consideraron más importantes fue la de la hija mayor del VIII Duque de Medina Sidonia con Juan, Duque de Braganza. Pensaba Felipe IV que las raíces enlazadas de los linajes de Braganza y de Guzmán servirían para disipar los peligros de hipotética segregación. No era de extrañar que el Duque de Braganza casase con la ambiciosa Luisa de Guzmán y que la propia madre del Duque fuese una española, Doña Ana Fernández de Velasco, hija de los Duques de Frías, nada menos que Condestable de Castilla.

Tal y como certifica entre otros, el también historiador Carlos Núñez Jimenez en su tratado sobre “El Linaje de los Guzmanes”, ” Heredó su hijo Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Sandoval, 9º Duque de Medina Sidonia y 12º Conde de Niebla, era éste hermano de Luisa Pérez de Guzmán, nació ésta en Huelva donde se bautizó el 24 de octubre de 1613, y se casó con Juan de Braganza, el 19 de diciembre de 1632, este matrimonio trajo para España, la separación de Portugal”.
Sólo unos años después de casados, El Rey Juan IV y su esposa Luisa de Guzmán, promovieron la rebelión, dando comienzo con ellos la Dinastía de Braganza y siendo el final del reinando en Portugal de la Dinastía de los Habsburgo.

Esto que cuento en breve, no tiene ni más ni menos importancia, solo la justa, y para mí como niño en aquellos días, hubiese sido importante también percibir que hubo gente muy cerca de donde jugábamos, que tuvieron un papel primordial en la historia de España, alguien que como nosotros éramos de esa ciudad o naturales como se suele decir, en cambio casi siempre todos los referentes eran Colón y los Ingleses, cuando hay muchas otras cosas que deberían compartir ese primer plano, cosas de las que enorgullecerse o avergonzarse según se mire, pero reflejos de un modo de ser.
Siempre pensé que ante el empeño de “otros vecinos” de vernos como “inferiores” había algo que en los genes nos decía que podíamos ser diferentes pero nunca inferiores. Pero estos asuntos, al igual que ahora, no eran de interés preferente y así muchos hijos de esta ciudad, desconocen muchos hechos que en este rincón discurrieron, y tanto esta historia como la mía más pedestre confluyen en los mismos lugares.
La calle Palacio de un modo silencioso da fe de que en sus límites, vivieron estos ilustres huéspedes y que como no puede ser de otro modo, y como en tantos casos, aquella finca, El Palacio de los Duques, el terremoto de 1755, el llamado terremoto de Lisboa hizo desaparecer.

… Las Calles Mora Claros o Botica, Méndez Núñez y Puerto en sus esquinas adyacentes dibujaban un triángulo perfecto, y acceder a la plaza de las Monjas solo era cuestión de andar un par de minutos más en sentido norte.
Ese era el territorio y los caminos permitidos bajo el control de mi madre, no podías salir de estas fronteras virtuales, pero vas creciendo y ganando en confianza y aumentando la curiosidad y gracias a ella ampliando percepciones, ganando en seguridad y orientación.
Así que descubrir la calle Palacio y Concepción como camino alternativo para volver a Mora Claros, no sólo supuso tropezar intuitivamente con la historia de la ciudad sino un modo diferente de escapar de la amenazadora mirada, de alguno de aquellos dulces tontos que tan diezmada tenían las calles con su sola presencia.

De todos es conocido que en la corte, tontos y damas eran comunes y nosotros no íbamos a ser menos.


Mi nombre es Adolfo Morales, este Blog es una especie de caja de zapatos en la que voy dejando cualquier cosa que despierte mi interés: fotografías, opiniones, relatos y algún que otro desvarío. Todo desde la más absoluta originalidad y autoría. Si bien me apoyo mucho en imágenes para uso no comercial colgadas en diferentes comunidades, como LA PETITE ECOLE. Llevo desarrollando la plataforma Blogger desde sus inicios, una experiencia que desde el principio me ha deparado muchas satisfacciones y el encuentro personal y virtual con gente muy interesante.
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