Hotel Granada XIX.

Bajo el influjo de las máquinas.

Lo cierto es que no recuerdo que hayan existido demasiados días, en los que no hubiese descubierto algún modo de disfrutar, siempre desde la sencillez y la escasez jesuítica a la que estábamos abocados por cuestiones obvias. Esa es la razón de que observase la road city  o dicho de otro modo, el ajetreo de la ciudad, desde un ángulo diferente.

En contadísimas ocasiones tuve más de lo deseado para hacer con las pesetas, algo que no estuviese perfectamente encuadrado en el capítulo de gastos: ir al cine, y poco más. El resto de las ocasiones, se limitaban a: comprar algo del kiosquillo, jugar a los futbolines o a “las máquinas” y pare usted de contar, y estas actividades lúdicas, se enmarcaban dentro de otro ritual, por decirlo de algún modo. Los sábados y domingos eran días de “paga”, de una paga escuálida pero suficiente. Lo llevaba bien. Me acostumbré a no tener, a no necesitar, por lo que cuando había algo, disfrutaba como el mejor de los cumpleaños.

La escasez de recursos potencia las expectativas, así me encantaba jugar a las máquinas, o mejor dicho, me encantaba ver cómo jugaban otros, apostándome silenciosamente y respetuosamente en un costado de ese mágico tablero, por el que deambulaban aquellas bolas de acero, iluminadas por leds de colores, emitiendo sonidos a cada golpeo.

Aquellos primeros pinball, también llamados flippers, eran para nosotros “máquinas”, y cada cierto tiempo surgían nuevas propuestas, estos magníficos trastos  se apostaban en bares o en salones, compitiendo con mesas de billar o futbolines. De todos ellos, era el único que evolucionaba.

4 comentarios:

  1. Hola navegante:
    Me he leído de un tirón la historia maquinera y al hacerlo en versión completa me he dado cuenta de que ya llevas una buena parte del tejido hecho. Enhorabuena.
    En eso que describes, mi infancia fue parecida a la tuya. A las máquinas las llamábamos "millones" y las "fault" aquí eran "tild" pero tenían exactamente el mismo efecto cabreante.
    Había días que acaba tan cansado de jugar que me dolían los dedos y cuando empecé a fumar ni sé los cigarrillos que se consumieron solos en el borde de la máquina o que se cayeron al suelo. Tampoco fueran pocas las cocacolas que se derramaron sobre el cristal de los millones gracias a los empujones que dábamos a las máquinas.
    Ahora ya casi no quedan y las que hay son tan de otro mundo que paso de ellas. Es más fácil que me haga un billar americano o incluso una partida de futbolín y para eso necesito tener a mano a unos amigos que no les importe aflojarse el nudo de la corbata y echar un rato "a beneficio de inventario".
    Me ha gustado este viaje por el tiempo que, como digo, comparto.
    Un abrazo y muy buen viento aunque sea trasluchando.

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  2. Veo que te ha llegado al alma, jajaja, ¿hace una partidíta?. Saludos Josep.

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  3. aunque nos separen miles de kilómetros parece que nuestras infancias fueron parecidas. Los juegos tenían otro nombre, y el sabor de la merienda dejaba otro gusto en el paladar. Pero los recuerdos, al ponerlos en papel, parecen querer decir lo mismo con otro acento...

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