No hay nada en la caja.

Cuanto antes seamos capaces de aceptarlo, seremos capaces de comenzar a atacar el problema. Es así de simple, no tenemos nada en la caja, y quien nos presta nos explota, y aun en ese estado en el que recorte arriba recorte abajo hacen de esta agonía, una letanía decadente que nos llevará a descubrir que en el fondo del saco apenas quedan unas monedas. Sin crédito, colmados de deudas, sin recursos ni soluciones mágicas que nos arrojen luz siquiera a medio plazo, lo único que descubrimos es que cada vez somos más miserablemente pobres. Como aquellos proscritos de toda la vida, como esos que se acurrucan entre cartones, como esos marginados que siempre tuvieron "otra suerte" y que nada tenían que ver con nosotros. Cada minuto más pobres. Y ahora si hay que hacer tabla rasa, ahora si toca, antes no, ahora si. De aquellos lodos se han hecho estas vasijas.

Este mes se ha superado el nivel de morosidad que se dio en 1994, ocho años después a los intereses y con el volumen de endeudamiento actuales, es para echarse a temblar. La rumología dice que los cartoneros de Madrid visten de "Fred Perry", que los comedores sociales han multiplicado por 12 las visitas y que los almacenes de caridad no paran de gestionar ayudas, incluso siendo de Caritas.

Y en mitad de todo este desasosiego, alguien suman y multiplica y concluye diciendo que en España hay aproximadamente 540.000 políticos, sumando todo hijo de representante, con o sin asignación presupuestaria, pero representante al fin y al cabo, y lo que de colateral supone esta inmensidad.

Ahora, no antes, que estaba vetado moralmente, porque nos tenían cogidos por los huevos de la moral social, de nuestra izquierda sentimental, es ahora cuándo incluso podemos plantearnos que el estado de las autonomías sirve para bien poco, para tan poco que hasta no lo podemos ahorrar, como las Diputaciones y sus estirados representantes públicos, como el número de Concejales de Ayuntamientos, como el número de patéticos Senadores o como el número de Diputados en las Cortes Generales. Sobra mucha calaña, esta casta de estirados, sirve para bien poco, y con la tercera parte ya nos deberíamos de apañar. 

La calle se está calentando, no ya por el polvo del desierto que atraviesa el atlántico y se empeña en jodernos la climatología o las noches estrelladas de verano, se está calentando por la pura inercia de la impotencia, cada día una chispa se une a otra chispa, en algún momento todas juntas provocaran un incendio, yo lo espero y detrás en las sombras aparecerán esos oscuros nuevos amaneceres, padres de los desesperados y sobre todo manipuladores del honor.

Y mientras eso llega, nosotros solo sabemos jalearnos los unos a los otros. Esto es culpa de quien?, y aun no siendo nosotros sus instigadores, acaso el jaleo lo solucionará?. Una parte de la solución pasa por la transformación de nuestra sociedad, y esta sin duda por desvestir a este monstruo en el que hemos convertido la estructura administrativa, la perdida de privilegios sería la segunda cuestión, una economía transparente que promocione a representantes sin prebendas, la igualdad en el sistema de sanidad, los empleados públicos deben asentarse en las mismas bases del sistema de salud nacional, una Seguridad Social única, una sola caja de pensiones. En fin, no seré yo la excepción, aquí cada cual es un estratega, un entrenador, esto de ir por libres dentro de un mismo laberinto es nuestro modo de ser, parte de nuestra personalidad. 

Para mi, hacer ruido, jalear, vociferar, no sirve para nada, ni construyes, ni descubres, ni avanzas un milímetro,  si fuera tan sencillo, pero no es así, es un actividad estéril, inútil, y no estamos para malgastar energías. Ya se, ya se, ¿pero algo habrá que hacer, siquiera para que mi estado de ánimo se sienta alimentado moralmente?, si, algo habrá que hacer, pero hacer ruido, no necesariamente, y calentar demagógicamente a la calle debería ser objeto de repulsa, ya conocemos a estos padres de la patria que solo hacen eso, ruido y no dan soluciones, a estos les pongo en primer lugar en el disparadero que voluntariamente debería ser el despeñadero.

Cuándo caminemos por la calle, y veamos a ese pobre miserable, al enganchado de turno, al africano ofreciendo clinex, a esos abuelos embutidos en pantalones de otras tallas, marginados, pobres de condición, extraciudadános, gentes de otro mundo, nada que ver con nuestra sociedad del bienestar, en una generosa extrapolación podríamos vernos a nosotros mismos en otra fragilidad y en esa reflexión, tratar de pensar que el único arma que nos hace fuerte es la solidaridad, la verdadera solidaridad.

Todavía no es tiempo. Ahora toca limpiar, vaciar los cajones de principios incumplidos, de falsa moral, de antiguos temores, de viejos orgullos, de toda clase de odio, sacudir las alfombras del viejos recuerdos, apagar las voces de los cantos de sirenas que nos han traído hasta aquí. Refundar una nueva sociedad, no puede ni debe basarse en los mismos fantasmas.

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1 comentario:

  1. muchas veces confundimos solidaridad con caridad y, claro, eso nos mete con el diccionario en la mano en la hipocresía :)

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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