La Luna de octubre (II).



La fría mañana de aquel noviembre Parisino se agitó ante un suceso de lo más extraño, despertando la curiosidad de todos los medios provocando toda clase de conjeturas y suspicacias.

Eugene aún conmovida por los acontecimientos que hacía muy poco había vivido, pisaba la calle lo justo para ir al mercado y comprar la prensa, aunque esto último venía siendo un acto mecánico. Le Figaró y Le Monde solían ser sus referentes de la actualidad. Ocupaba su tiempo ordenando apuntes, artículos y libros cuyo eje central no podía ser otro que el enigmático Cusack, sus teorías y sobre todo sus enigmáticos encuentros. Trataba de recordar envuelta en una paz casi monástica las conversaciones que mantuvo con él, esperando comprender algo que todavía no alcanzaba a entender y descifrar el sentido de las desconcertantes palabras escritas en el bloc nº 320-B.

Su estudio se situaba en la rue Berger justo frente a los inmensos jardines de Les Halles, desde el que podía observar también el singular edificio del Sindicato de la Bolsa y el Comercio de París. Su orientación al Este le proporcionaba que desde el amanecer y hasta el mediodía el sol iluminara suavemente la estancia, su mesa de trabajo, los libros, el croissant olvidado. Un cálido abrazo atmosférico la envolvía mientras degustaba una taza de Te humeante bien caliente ceñida en su bata azul, mientras que el constante rondó de la guitarra de su admirado Leonard Cohen interpretando The Partisan o The Famous Blue Raincoat perfumaban el ambiente y le proporcionaba el sosiego que necesitaba en estos momentos. Eugene gustaba de observar tras los ventanales acristalados de su balcón como la gente transitaba de un lado para otro o como lo niños jugaban en el parque de Les Halles.

En uno de esos paseos por el estudio, deleitándose con la música, el placido sol, la taza de Te y los lejanos sonidos de la ciudad cuatro plantas más abajo, observó los titulares de la prensa atrasada que aún no había leído, atraída por la sugerente noticia local que hablaba del descubrimiento en la estación de Saint Lazare en el distrito 8 de París, de un pequeño maletín que contenía diversos paquetes de fotografías antiguas, desconociéndose su autor y cuyo contenido las autoridades no habían aún revelado, pero sobre el que se había desatado todo tipo de especulaciones.

Se informaba que al llevar a cabo trabajos de mantenimiento, una bóveda de la estación cedió, dejando al descubierto una galería inaccesible hasta ahora que comunicaba con la estructura original del edificio que databa de 1837, en ella se encontraron diversos objetos de la época y el singular olvidado maletín sobre el que se centraba toda la atención de la noticia.

La cuestión a decir de algunos pretendía ocultar dos hechos significativos, uno que las placas encontradas estaban registradas en 1940 con patente Norteamericana y dos que al parecer uno de los envoltorios contenía 23 instantáneas, de niños con edades comprendidas entre los 5 y 7 años, que miraban fijamente al objetivo y curiosamente  todos ellos sujetaban lo que bien podría ser un pequeño libro, aunque la calidad de las imágenes no permitía saber a ciencia cierta que era exactamente. Las filtraciones a la prensa indicaban que parecían plasmas muy antiguos captados con objetivos que sufrían trabas en la precisión del enfoque y defectos en la obturación, por lo que las imágenes arrastraban la luz dejando una impronta fantasmal en las mismas. 

         A Eugene Trosác también le sobrecogió la noticia. Los hasta ahora apilados diarios absorbieron todo su interés, algo le decía que ese acontecimiento sujetaba alguna pieza del puzle de dudas por el que transitaba. La noticia la devolvió a la realidad. ¿Cómo llegó ese maletín allí, quién lo había situado en aquel lugar y que significado tienen esas instantáneas, si según desvela el Departamento de Urbanismo de París, aquella galería fue sellada en 1889?, ¿Qué explicación tenía todo aquello,?. París estaba conmocionada por el descubrimiento.

Imágenes: Homenaje a Vivian Maier la fotógrafa-niñera.
Murió en 2009 a los 83 años, pobre y en el anonimato.


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1 comentario:

  1. Y estoy convencida de que Eugene no permitirá que las cosas se queden así y que la historia se pierda en el olvido, así que... ¡te toca mover otra ficha!

    Eva C.

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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