La Luna de Octubre (VIII)

VIII

Desde su preciado balcón a Montalcino, la tarde fue poco a poco dejando paso a una oscuridad silente.
- ¿Servicio de Habitaciones?.
- Si, que desea señorita.
- Querría solicitar una cena ligera.
- ¿En que ha pensado?.
- Tráigame unos huevos revueltos y un poco de jamón San Danielle… también un yogur natural de la casa, y algo de pan.
- ¿Algo de beber?.
- No, no, está bien. Gracias. Si, tráigame una botella de agua mineral también.
- En veinte minutos lo tendrá señorita.
Giselle aprovechó para darse una ducha. Dejó correr el agua caliente y escogió ropa de la maleta aún sin deshacer. Sorbió un poco de vino. El vapor había inundado todo el baño dejando una espesa atmósfera de vaho caliente. Sentir aquel manantial templado esparciéndose sobre su cuerpo se le antojaba un placer con efectos medicinales. Sin embargo, algo llamó su atención. Tras la mampara observó cómo el espejo dibujaba lo que podría ser un mensaje. Atónita permaneció inmóvil pegada al cristal, dudando de si su imaginación estaba yendo más rápido de lo necesario, aún así claramente se podía leer “sueños de la tierra y el cielo”. Aquella frase podía haberla escrito cualquier turista y quedar oculta en el espejo. No era magia, tan solo el  efecto que la condensación del agua. Aunque no sería la primera vez que se aprovechaba esta facultad para transmitir mensajes secretos. Giselle trató de ejercitar su lógica científica y despertar de aquella abstracción. No había acabado de secarse el pelo, cuándo llamaron a la puerta.

Suavemente de nuevo, tres golpecitos reclamaban su atención.
Ya no recordaba que era algo habitual en Roma, que el Servicio de Habitaciones adelantará algunos minutos el plazo dado, sobre todo si se trataba de habitaciones ocupadas por chicas. Cosas de Italia y de los Italianos o de la fantasía mediterránea de los turistas.
- Un momento, espere por favor.
- Servicio de Habitaciones señorita, ¿dónde se lo dejo?.
- Allí mismo gracias.
Su apartamento no presentaba precisamente el mejor aspecto, apenas llevaba unas horas allí y estaba desordenado, su maleta medio deshecha y ella desnuda y embutida en un albornoz celeste, algo que daría que pensar al mozo del Hotel.
- Su cena señorita.
- Gracias.
Deparó que junto a la bandeja había dejado un paquete del tamaño de un libro de bolsillo.
- Espere ¿Qué es esto?.
- Es una atención de la casa. La Historia de Montalcino.
- Muchas gracias, Buona sera.
- Buenas noches señorita.



2 comentarios:

  1. Parece un buen comienzo para una historia, una de esas que empiezan con algo trivial, un libro dejado al lado de una bandeja, y acaban con algo siniestro y lleno de crímenes :)

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  2. Saludos B, el (VIII) significa que es el escenario o capítulo VIII de esta historia en desarrollo. Al pié de la entrada tienes una flecha y el título, que es un link que te llevará al comienzo y se extiende hasta lo último publicado. Saludos.

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