La Luna de Octubre (IX)


Eugene se dispuso para el encuentro con Brunello. Como si de una turista más se tratase, sonriente pasó por la recepción, dejando ver distraídamente la Guía de Montalcino que poco antes le habían facilitado, sin hacer ningún otro comentario, esperando así no levantar ningún tipo de sospechas ni conjeturas ante aquel paseo nocturno.
La vieja localidad, dependiente de Siena, no tenía más historia que la dedicación desde tiempo inmemorial al cultivo y producción de sus excelentes vinos, de los más singulares de la Toscana y los más caros de Italia. Se decía que la curia reclamaba parte de su producción de tinto, y que aquellos caldos habían oficiado las liturgias del Vaticano y las opulentas mesas de Roma durante decenas de años.  
Realmente, para Eugene serían la luz y el paisaje de sus interminables viñedos, además del vino y la serenidad, y sin lugar a dudas su amistad con su ahora misterioso amigo. Una ciudad equilibrada, sencilla, medieval sin estridencias, en la que la piedra tejía calles y fachadas. Sus murallas, plazas e iglesias quedaban perfectamente mimetizadas sin imprimir un espacio típico o una peculiaridad especial. No obstante le resultaba curioso que aquellos campos mucho antes fuesen un bosque de acebos.
La noche hacía ya tiempo que se había echado y ahora una discreta iluminación cada vez más ausente, dejaban ver en el cómplice brillo del empedrado del pavimento las huellas de los carros, que durante años transitaron por ellas.
Finalmente llegó a la Iglesia de San Lorenzo y San Pedro, una osca estructura más románica que gótica. Un silencio ensordecedor y la oscuridad añadían más dramatismo al momento. Su corazón comenzó a bombear más rápido, algo que le ocurría siempre que su intuición se adelantaba a la propia percepción consciente del momento. Ojeó su reloj, había llegado puntual, sin embargo Brunello aún no daba muestras de su presencia. Pasaron unos minutos que le parecieron eternos, al mismo tiempo que ceñía paseos alrededor de la estructura, una especie de gran torre cuadrada rematada con una gran luminaria. Se apostó junto a las escaleras algo impaciente, pensando que pudiera haber sucedido algo durante las horas que la separaron desde su llegada hasta la cita.
Inesperadamente de sus sombras surgió una voz, determinante a la vez que temerosa.
-No te gires Giselle, solo escucha atentamente, tal vez tengamos otra ocasión para aclarar todo esto de una manera razonable. Dirígete al pórtico lateral, a la entrada de la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, un pequeño oratorio, la puerta siempre está abierta, espérame allí.
Diligentemente, tratando de parecer interesada en la arquitectura, se acercó hacía el punto al que la dirigió su mensajero, incluso extrajo el móvil del bolso y efectuó un par de tomas fotográficas, siguiendo en su papel de turista. Una vez allí, en aquella total oscuridad, apoyó levemente la palma de la mano sobre la pequeña puerta y ésta se entreabrió sin esfuerzo. No sin pensárselo dos veces, decidió atravesar el pequeño descansillo del gastado mármol rosa que presentaba unas inscripciones en latín desfiguradas por el transito de feligreses. En la penumbra de la estancia, cuya única luz era el reflejo de la luna entrando desde la misma sacristía por un efecto rebote, se adivinada un pequeño recinto, algunas sillas y reclinatorios, y una reja de gruesas filigranas que comunicaba y dejaba ver en penumbra la nave central y de dónde procedía un amable perfume mezcla de ceras y rosas. Sus paredes laterales rotulaban mensajes que con el tiempo la retina era capaz de interpretar: “El crepúsculo y el recogimiento te acercan a Dios”, “No tengas cuidado, te protegeré, yo soy Rafael, uno de los siete ángeles elegidos”.
Una voz que provenía del interior, susurro a Giselle desde la oscuridad.
-Comprendo tu estupefacción ante esta insólita situación, pero pronto encontrarás razones que lo justifiquen todo. En parte, descubrirás explicación al por qué de mi silencio estos años. Siempre te he querido, desde la primera vez que te vi y si no fuera por… -Brunello tuvo un instante de desfallecimiento antes de seguir-, es difícil de explicar. Soy sacerdote Giselle, no un sacerdote como tú conoces. Desde generaciones mi familia pertenece a la Compañía de los Disciplinados de San Pedro, oficialmente desaparecidos, pero en realidad nunca hemos dejado de existir, somos los guardianes custodios de un secreto ajeno al mundo. Desde niños, se ofician ritos secretos de iniciación que culminan cumplidos los dieciocho años con la consagración, una opción que viene implícita en el adn de mucha gente en Montalcino, Siena o Asís.
Estos años, me mantuve distante para no distraerte de tus investigaciones ni perjudicarte. Si se conociera la relación que mantuvimos podría ser fatal para nosotros. Por una parte, he vivido con esto desde que naciera, estoy plenamente identificado, lo he aprendido junto a mis abuelos, con mis padres, pero hubo un suceso que me alertó, que hizo que toda mi fe se cayese a pedazos. Mi hermano Luciano, comenzó a discrepar ante el Consejo y hace meses que ha desaparecido. La Compañía guarda un absoluto hermetismo. Me temo lo peor y no puedo aceptar la idea de que le haya pasado algo. Aunque no es la primera vez que ocurre algo parecido, pero… mi hermano –vaciló de nuevo- no, no es posible que le haya sobrevenido ninguna desgracia. Sé que estoy en peligro. Cuándo un familiar rompe su juramento de silencio o se muestra hostil, toda la familia está en peligro, nadie sabe quién puede ser el ajusticiador, todos podemos ser presa y jauría a la vez si la Compañía así lo decide. El secreto es tan grande que nuestras vidas no representan ningún valor frente a él. Transgredir la regla de reservare et silencium, solo es posible cuándo crees que el mismo secreto está en peligro, y sospecho que así puede ser.
 Giselle trató de conversar con él, la situación la estaba inquietando y los temores de su amigo ya le habían transcendido.
-Espera, trató Giselle de apaciguar a su amigo, al mismo tiempo que ofreció su mano atravesando la reja.
-No continúes, no digas nada más.
Un Brunello contenido y emocionado respiraba profundamente al amparo de la ausencia de luz. Finalmente tomó la mano de Giselle, y ella pudo sentir el pulso y la debilidad que transportaba, un joven frágil, temeroso y abrumado.
Giselle acarició su mano una y otra vez, tratando de mejorarle el ánimo.
-Tranquilo. Este es un lugar mágico y hay ángeles que te protegen, tú debes saberlo mejor que yo.
Justo cuándo me llamaste, habían aparecido junto al río los hábitos de Luciano perfectamente doblados, puede tener dos significados: bien que renuncia al voto de silencio y reserva o bien que ha sido despurificado, y enjuiciado. Luciano ha luchado desde el principio por ser un hombre más, y la Orden nos relega a meros guardianes, yo soy capaz de aceptarlo siquiera por no comprometer a mis padres, pero él, se volvió loco cuándo conoció a María, una chica de Florencia que suele pasar los veranos y fines de semana en la finca de sus tíos a las afueras de Siena. No fue capaz de contenerse. Mi padre no anda bien de salud, hace meses le detectaron un cáncer que poco a poco lo devora, y ahora con este disgusto…, aún no lo sabe, cree que está de viaje en Roma, y yo… no estoy preparado.
-¿Pero que es todo esto, guardianes de qué?, preguntó Giselle.
-Te resultará una insensatez, pero está iglesia oculta una puerta que conecta con los conocimientos del pasado y del futuro, esa puerta no puede cruzarla nadie, ni guardianes ni preceptos, solo el papa. Nadie pregunta, nadie sabe que hay detrás de ella. Justo en el mismo altar, a la vista de todos, de día y de noche. Pío II en 1506 puso el primer sello a la puerta, a la vez que ordenaba la construcción de la Basílica de San Pedro de Roma y desde entonces 65 papas han conocido al menos una vez su secreto. Curioso cuándo menos. Yo he sido testigo de dos visitas, ambas a las dos de la madrugada. Envueltas en el sigilo y la mayor de las reservas posibles.
-¿Una sala secreta?, ¿pero, que puede contener?.

-La tradición nos transmite que en ella se encuentra el saber perdido y el conocimiento futuro, aunque no se va más allá. La presencia de seres que la protegen desde dentro es bien conocida, en ocasiones se observan vibraciones, luces o sonidos muy atenuados por las paredes de piedra. Nadie que no sea un ángel puede estar allí. Otros dicen que la puerta conduce a un túnel que nadie sabe a dónde puede llevar.
-Brunello ¿ángeles?.
-Necesito decirte algo más Giselle, algo extraordinario…..






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