La Luna de Octubre (X)


El desbloqueo metálico de una vieja cerradura retumbó como un diapasón en la nave central. La puerta de barrotes se abrió. Brunello protegido con la escasa luz se advertía cubierto por una cogulla, una especie de hábito monástico de color ceniza, ocultando el rostro bajo la capucha, la invito a pasar.

      -No tienes de qué preocuparte, en estos momentos solo confío en ti Giselle. Debo conocer tu opinión, descubrir la verdad es lo único que importa ahora. Mi vida corre peligro, pero aún más me preocupa más mi hermano, mi fe, todos estos años.

Brunello con sigilo cerró tras de si de nuevo la puerta, no sin antes cerciorarse de que estaban solos. Con sus manos indicó a Giselle que le siguiera sin hacer ruido.

-Hoy es mi noche de custodio, hasta las seis de la mañana no vendrán a relevarme, todas las noches, siempre hay un hermano protegiendo el templo, amortiguado en las sombras. Estamos solos. No digas nada, déjate llevar, solo se testigo del prodigioso misterio que pretendo mostrarte. Tal vez todo esto no te sea tan ajeno como puedas pensar en este momento y tal vez tan solo me haya vuelto loco.

El corazón de Giselle estaba a punto de explotarle, la entereza habitual de la que hacía gala estaba a punto de venirse abajo. La situación la estaba superando. Se limitó a seguir sus instrucciones deseando que acabase pronto aquel encuentro. No pudo evitar sentir miedo aunque no sabía a qué. Brunello ciertamente la estaba preocupando. Apenas era capaz de reconocer a aquel hombre, con el que había compartido joviales noches de universitarios.

-Ya hemos llegado. Musitó algo nervioso.

Después de caminar por el ala derecha, en paralelo a la nave central, y pasar ante varios pequeños altares, advocaciones locales de vírgenes y santos, llegaron al que hacía el número cuatro de un total de cinco. Nada extraño, nada que indicase que fuese especial, al contrario columnas de madera rematadas con yesos de dudoso gusto y en su interior un óleo con una consabida estampa costumbrista religiosa, Juan el Bautista caminaba junto a un rebaño de corderos.

-Siéntate. Lo que voy a mostrarte es un secreto, aunque creemos que el mismo ya fue revelado, desde hace algunos años, no dejan de sucederse visitas y extraños no paran de merodear por Montalcino, haciendo todo tipo de preguntas. Nosotros los custodios, nos encargamos de mantener el templo y todos sus símbolos. Nadie ajeno a la orden añade ni quita nada de él. Hará unos veinte años, estábamos trabajando afanosamente en este pequeño altar, cuándo un hermano detectó un trozo del marco desencajado, pretendiéndolo colocar bien, oprimió un mecanismo, éste ....

En ese instante, la tela de San Juan desapareció y en su lugar otra escena religiosa: clérigos, ángeles y la Santísima Trinidad sobre sus cabezas. Nada que objetar, pensó Giselle.

-Comprendo tu estupefacción, un cuadro religioso más, qué clase de misterio puede encerrar. Eso mismo fue lo que se advirtió a todos los hermanos, pero descubrimos que esta pintura no era tan desconocida como imaginábamos, de hecho algunos libros que la orden custodia bajo llave del prior guardan bocetos y tienen anotaciones manuales de hace decenas de años. No han pasado ni tres, que apareció por aquí un tipo extraño. Era de noche, coincidió con mi vigilia. El hombre que parecía extranjero, del Este diría yo, estaba en la sacristía en silencio, solo, observando todos los rincones, desde la oscuridad del templo lo vemos todo. En un momento dado, se aproximó a la cerradura y comenzó a maniobrar con la ayuda de una pequeña palanca de metal, al mismo tiempo que musitaba lo que parecía un soneto en una lengua extraña, que repetía incesantemente. Traté de persuadirle, le advertí de que llamaría a la policía si no se calmaba. El hombre parecía desesperado. No dejaba de decir, tengo que verlo, tengo que verlo, yo estuve allí, estuve allí, déjeme entrar, estoy perdido, estoy perdido.

-¿De que habla señor?, ¿qué quiere decir?.
-El secreto, el secreto, Giordano lo sabía.
-¿De qué habla?.

De pronto, como si percibiese algún peligro, salió disparado, tropezando con varias sillas que apartaba con cierta virulencia en su huida. A la mañana siguiente el río lo encontró flotando. Todos creímos que era un loco y ahí quedó todo. No obstante aquel nombre Giordano se quedó martilleándome, sin saber a qué obedecía aquella intuición. De pronto recordé, cómo el prior nos explicó el cuadro que se "había descubierto", en palabras de él, no era más que una escena del Colegio Cardenalicio, en el que estaban representados algunos cardenales y el Papa Clemente VIII en una sesión de estudio. Era cierto, todos aparecían con libros abiertos, y parecían debatir sobre algo que la escena no dejaba ver, pero el Papa además dirigía su mirada hacia algo.

- ¿Hacia qué?, se atrevió a susurrar Giselle.
- Fíjate bien y no digas nada.

Giselle solo tardó unos segundo en ver algo que no esperaba ver. Se llevó las manos a la boca para tratar de ensordecer un gemido que le nacía de dentro. ¡Santo dios¡, ¿qué es esto?.

La escena estaba coronada por las tres figuras de la Trinidad: Jesucristo, Dios padre y el Espíritu Santo que rodeaban y sujetaban lo que no podía ser otra cosa que algo similar al satélite de comunicaciones Sputnik o su homologo el Vanguard II. Una esfera metalizada que reflejaba el sol en su parte superior, con dos antenas de comunicaciones perfectamente rematadas y en su parte inferior lo que bien podría ser una cámara, la semejanza era extraordinaria por no decir que caprichosamente escandalosa. Solo había un problema, la tela había sido pintada en 1600 por Ventura di Arcangelo Salimbeni, y casualmente el Papa figurante en ella, Clemente VIII fue quién condenó a Giordano Bruno por hereje a la hoguera no sin antes, haberle retenido 8 años de los que no se saben nada, a pesar de los múltiples encuentros que al parecer mantuvieron.  

Brunello balbuceo..

  -Según consta en el fundamento procesal, no fue la afirmación de que el sol fuera una estrella el motivo de la condena, como tampoco la posibilidad de existencia de vida en otros planetas. ¿Que significado tiene todo esto, el cuadro, la hermandad, la puerta secreta?...

Ambos sobrecogidos, mantuvieron un largo silencio contemplando aquella pintura, hasta que unos acelerados pasos parecían dirigirse a la sacristía....



Salimbeni, Iglesia de San Pedro. Montalcino.

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