Un Winchester, un Colt y un viejo sombrero eso es todo.



Podría llamarse James, Billy o tal vez Edward, quien sabe. Lo cierto es que aquel muchacho fue fotografiado en un ataúd a su medida con todas sus pertenencias de campo: el Winchester, el Colt, su viejo sombrero. Bien podría estar muerto o tal vez solo jugase a hacérselo. En cualquier caso si no fuera ese su momento, otro lo ocuparía sin lugar a dudas más tarde o más temprano, y él mismo también preguntaría al sepulturero si ya tenía su billete o aún no era su turno. Una cuestión de tiempo le contestó. Y así sucedió, James, Billy o tal vez Edward abandonó su papel en el lejano Oeste, sus trampas para castores, el viejo saloon con las alegres y viejas putas, el ron, el whisky, y las largas jornadas transportando el ganado, masticando tabaco, contemplando las estrellas, o escupiendo la sangre envenenada por alguna serpiente. No supo de Internet ni de las redes sociales, ni de ipad,s ni de primas de riesgo, ni que un negro ocuparía el papel de Presidente allí en los Estados Unidos, ni de escándalos, amiguetes, favores o influencias. Ahora solo quedan sus cuencas vacías y secas, su pellejo estirado, sus viejas pertenencias, y el olvido.


María, creo que ese debió ser su nombre, vivió aquel día la mayor de las amarguras. Su nieto Jacinto muerto por el tifus no sin antes casi volverse loco y volverla loca a ella misma con sus angustiosos dolores, con su angustiosa desesperación. María ya no cree en Dios, ahora solo espera su turno. Jacinto era un muchacho muy vivaz y buen hijo, ayudaba en la casa, estudiaba, y era muy responsable. Jacinto le traía manzanas cuándo se acercaba a la ciudad, unas manzanas endiabladamente rojas. Muerto "su niño", María repudia la vida y solo desea ir a su encuentro lo antes posible. Poco tiempo después María murió de tristeza, eso dicen en la aldea. No pudo resistir tanta desazón, tanta lastima. María y Jacinto no tuvieron oportunidad de escribir en Facebook, ni de tener un Blog, ni de manifestarse un Uno de Mayo. Vivían olvidados en una aldea olvidada de un país olvidado. Solo se tenían a ellos mismos. Por allí no pasaron ni promesas, ni se hicieron mítines, incluso el mismo dios no les había bendecido con su propia capilla.


Aquella niña murió siendo una linda flor del campo, fugaz y pasajera, por los avatares de una discusión familiar. Un disparo fortuito, una bala que rebota, la curiosidad por el ruido de las voces y el encuentro con lo que el cura denominó "designios". Amelia o Amalia escribieron en su blanco ataúd. Nunca más supo, de veranos con los primos, de navidades con chimeneas, de hermanos y novias, de crecer, de aprender la lógica de las matemáticas, ni contar versos, ni reflexionar sobre el siglo XIX, ni muchos menos encontró el amor, ni el desamor, ni la soledad. Mientras Amelia o Amalia duerme serenamente, eternamente, recogida para si, con su lacito blanco, solo el olvido viene cada día a besarle en la mejilla.

Cuando mueres, ¿a donde vas?.
¿Acaso nos servirá para algo en ese otro lado el Colt, el Winchester, el viejo sombrero, las lagrimas de María o el lacito de Amelia o Amalia?.

¿Para que sirve morir?
¿Para que vivir?.

Fotos: Comunidad La Petite Ecole.

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