Utopia.

¿Es posible que la imaginación encuentre su lugar, o acaso eso de la utopia es ya solo un concepto de la filosofía más agridulce?. Si echamos un vistazo ahí fuera, donde el ruido se hace dueño de los oídos, parece que no fuera posible, son demasiadas las desigualdades, las diferencias, las injusticias, o los desordenes. Encontrar esa solidaridad del conjunto ajeno es tan difícil como corporativista nos volvemos. Solo nos une lo que nos identifica como casta, como grupo de presión, como voz con identidad y todo aquello que no es una prioridad coyuntural para nosotros se nos resuelve ajeno y distante y así, solo sabemos crear clanes, islas, paraísos, soledades, las nuestras incluidas. Y mientras el ruido sigue y sigue intoxicándonos. Las mareas por el contrario mantienen su ritmo inalterable y el atardecer concluye en la noche y esta a su vez en un nuevo día, y vuelta a empezar, con ritmo, integrado, razonablemente natural. Cada día es más difícil mantener la cordura sin tener esa argolla que te lleve de un sitio para otro, cada vez es más difícil congeniar los intereses de unos y otros o eso de encontrar algo bueno en el otro, o algo que defender que me sea ajeno. Ruido, mucho ruido, demasiado ruido.
La utopia pasaba por imaginar paisajes nuevos en los que superar las viejas batallas que nos resultan inoportunamente intransigentes y demoledoramente partidistas. Hay que destruir los corporativismos, las sociedades de pares, y hay que rehacer el instinto de defensa colectiva sin etiquetas. Los clanes son puertas cerradas. Este modelo solo es una copia de esos otros clanes de poder que actúan del mismo modo, solo en defensa de sus putrefactos insaciables intereses. La adhesión a los intereses de los otros es la mejor medicina para este enfermedad que solo crea individualismos. Utopia fue creer en muchos de los que hoy transformaron la sociedad y luego fueron devorados por ella. Utopia es pensar de un modo colectivo. Utopia es tratar de oír el mensaje de las olas para no perder el puto Norte. Utopia es tratar de ser capaz de ser sensibles a esas otras necesidades e injusticias que están ahí fuera en medio del ruido y que a nadie parece importar sencillamente porque no nos afectan. Ni yo mismo soy ajeno a esta incontrolada espiral necrófaga y cruel. Demasiado ruido ya.

Fotografías: A. Morales (C)

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VIII edición de Atlantica Visual-Art
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