27 mayo 2015

Dolores, abuela de Combarro. (Reed. Agosto 2013)


Todas las casas tienen su historia, sus lagrimas, esos papeles amarillos llenos de recuerdos, la foto de cuándo entonces estábamos en vete a saber que festividad, las vergüenzas que hay que tapar, las miserias que hacen de nuestro cada día un número de circo único e insustituible, los amores perdidos, los recuerdos inalterables, las dudas, las certezas y los sueños que a veces se tornan pesadillas.

Dolores es una abuela como tantas otras, pero ella tiene su peculiar labrado de sentimientos. De niña obligada por aquello de las necesidades domésticas, a llevar pescado a las casas cercanas, por caminos que ni conocía, llena de miedos, sin poder jugar como una niña más, madurando a cada paso, llorando sin que nadie la consolara. Con siete años quien sabe a donde conduce ningún camino. Una luchadora de aquellos años que ahora nadie recuerda, que a nadie importa, un viejo a todos los efectos para nuestra generación de Ipad'ss y wasapp's.

Dolores creció, se enamoró, se casó, tuvo hijos, enviudó y lo peor de todo, tiene un hijo en el fondo del mar. Su barco fue alcanzado por la quilla de otro, lo partió en dos y en minutos el mar, o la mar como ella dice se lo llevó allí abajo, y allí lo tiene. Ésta sin sepultura y la sonrisa de aquel hijo, probablemente el mejor de todos, el más cordial, el más respetuoso, yacen en el mar para siempre. Era tan profunda la fosa que no se tenían medios y aquellos políticos de turno, decidieron que como eran pobres que no se llevasen a cabo ningún otro esfuerzo ni humano ni técnico por recuperar a toda aquella tripulación, de la que solo uno salió con vida. Porque eran pobres, allí se quedaron, allí están con sus ojos mirando el sol y el paso de otros barcos, y es más que posible mirando a su abuela que tanto lo quiere.

Dolores aún a sus noventa y dos años, cada día lleva en su corazón aquella sonrisa que habla a su abuela con gesto amable, y no es capaz de devolverla y solo son lagrimas las que le salen desde dentro, solo lagrimas. Tantas noches, tantas pesadillas, tanta desesperanza, tanta soledad.

Dolores: abuela, hija, madre y esposa de marineros, hizo que nuestra visita a Combarro, coincidiese con su paseo al muelle, allí junto el negocio de su hija, donde asan sardinas, cuecen arroces, y sirven un delicioso pulpo, y allí en el único banco donde sentarse, compartimos unos minutos, donde nos entregó su corazón.

Dolores la abuela de Combarro, una mujer de aquellas de las que hoy nadie se acuerda.

Esta falta de memoria y de reconocimientos nos pasará factura algún día.


DOLORES
Tampoco me dejé la piel allí, un poco de conversación, aceptación, lastima y poco más. El ritmo continuaba. Era otra historia. A saber que fué de Dolores y de tantas Dolores.

A. MORALES (C)

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